Bajo los árboles de Sauce de Portezuelo, donde el bosque abre senderos y el tiempo parece ir más lento que en la agitada Punta del Este, cada sábado ocurre algo que va más allá de una feria. Entre mesas rústicas, sabores, shows a la gorra y vecinos que se saludan por su nombre, El Mercadillo se consolidó como un punto de encuentro cultural y gastronómico que reúne a la comunidad y genera sentido de pertenencia.
Ubicado en el mismo predio donde funciona la sede de la Asociación de Fomento y Turismo de Sauce de Portezuelo, es de lo primero que uno visualiza al ingresar al pueblo. Aun así, hay lugareños que, después de casi seis años, no saben de su existencia.
Nació en pandemia como un proyecto de salvataje para emprendedores y artistas de la zona que de un día para el otro se quedaron sin su fuente laboral y también funcionó como un escape a cielo abierto frente al aislamiento. Primero fueron un par de puestos, instalados con el temor a ser prohibidos, pero el crecimiento fue orgánico y sostenido: al tercer mes ya eran 90, y tras la reactivación económica quedaron más de 30.
“Éramos la única luz encendida en kilómetros a la redonda. La gente llegaba con un desespero de encontrarse, abrazarse y charlar”, resume a El País Alfonso Di Paulo, presidente de la Asociación de Fomento y Turismo de Sauce de Portezuelo y uno de los impulsores de El Mercadillo.
En temporada, el predio se ve colmado y funciona de 20:00 a 0:00. El resto del año abre de 13:00 a 16:00 y su alcance se concentra en la zona de influencia de Laguna del Sauce: un foco poblado de 12 mil habitantes que abarca Sauce de Portezuelo, Ocean Park, El Pejerrey, La Capuera y Bahía del Pinar.
La premisa principal siempre fue ofrecer cultura y dar a la feria una impronta propia: todo debía ser orgánico, natural, artesanal y de producción nacional. Se respira, además, una fuerte conciencia ambiental: no se pueden usar bolsas de nylon ni plásticos, y hay vasos retornables. Así lo explica Gabriela Cures, ideóloga y miembro de la subcomisión de El Mercadillo.
Quienes se acerquen cada sábado se encontrarán con un paseo ideal para hacer en familia, donde los niños pueden correr con libertad mientras los adultos disfrutan de una variedad de propuestas gastronómicas y de producción nacional.
La oferta es bien amplia: vinagres caseros, mermeladas exóticas, ropa para mascotas, flores y plantas, libros usados, artesanías, mates, cuchillos, panificados, quesos y embutidos, además de una pequeña farmacia natural.
En materia culinaria, hay opciones para todos los gustos: comida venezolana, pizzas al horno de leña, tartas, fainá, hamburguesas con pan de masa de papa, pinchos de cerdo y quesos, pescados, chivitos, sándwiches, tortas, helados, licuados y cervezas artesanales, entre otras propuestas.
La experiencia se completa con espectáculos a la gorra. Música en vivo, circo, presentaciones de libros y funciones de cine forman parte de una programación que busca visibilizar a los artistas de los alrededores.
"En invierno la zona no tiene mucho para ofrecer y El Mercadillo siempre regala un espectáculo cultural gratuito para toda la familia", expresa Cures.
La historia del Mercadillo de Sauce
El deseo de crear una feria en Sauce estaba latente desde hacía tiempo, pero fue la combinación del terreno que la Intendencia de Maldonado cedió en comodato en 2019 a la Asociación de Fomento y Turismo y la llegada de la pandemia lo que aceleró su concreción.
“Para colaborar con uno de los vecinos que se había quedado sin trabajo empezamos a dar clases de dibujo en su casa. Ahí nace El Mercadillo”, recuerda Di Paulo.
La rebeldía frente al encierro y la cantidad de emprendedores y artistas de la zona que se quedaron sin ingresos los empujaron a arriesgarse y crear un espacio al aire libre donde dar trabajo, cubrir la demanda interna y ofrecer cultura.
La convocatoria se hizo a través de un grupo de WhatsApp de vecinos, con una condición: todo debía ser de producción propia. El primer puesto fue el de una señora que llevaba las verduras orgánicas que producía y no tenía donde vender porque su restaurante había cerrado. “Era tanto el miedo a que nos corrieran que llegaba en un auto, bajaba los cajones en una esquina y éramos cinco personas”, cuenta Di Paulo.
Luego se sumó un productor del Cerro del Burro con chacinados artesanales, y más adelante otros que ofrecían leche recién ordeñada, yogures, quesos y panes. “Sabíamos que tal día, en la entrada de la placita —que después se convirtió en el centro cultural—, íbamos a tener esos productos. A los 15 días ya eran 15 puestos y llegamos a ser 94”, relata Cures.
Los propios emprendedores y la cuenta de Instagram (@mercadillodesauce) fueron los principales difusores de este proyecto a pulmón, que se financia con la simbólica suma que se le cobra a cada puesto por participar: abonan la cuota mensual de la asociación (200 pesos) y un plus destinado al mantenimiento de la infraestructura y al pago de los artistas.
Todo el que llega se enamora de esta propuesta que es mucho más que una feria. Es un punto de encuentro entre los vecinos, un espacio de reunión y de charla donde reina la paz y la armonía. "Jamás hay un problema y todos tiramos para el mismo lado", remarca Cures.
“Se vive un contacto único con lo sencillo y con lo hermoso del entorno. Un vecino lo resumió muy bien. Dijo que se come muy bien y que además sale lo mejor de cada uno. Es así: no hay discrepancias entre los emprendedores y los padres sienten que sus hijos pueden jugar y correr. Pasa algo mágico”, cierra Di Paulo.
-
Qué se toma este verano 2026: clásicos, coctelería con personalidad y tragos frescos en el Este
Rubén Rada dio cátedra de showman en Medio y Medio: qué famosos lo ovacionaron y por qué se disculpó
Comadreja, el perro callejero de José Ignacio que Cande Tinelli quiso adoptar y hoy tiene su propio monumento