HISTORIAS

Cecilia Navarro: "En el área del movimiento físico, yo era la que ayudaba a los demás"

La primera docente de Educación Física sorda de Uruguay y Sudamérica atravesó varios obstáculos para alcanzar su sueño profesional. Hoy vive en España y enseña a personas sordas de todas las edades. 

Cecilia Navarro
Hace 31 años que vive en España, donde trabaja en un centro especializado en personas sordas.

"Cecilia, ¿querés una moma?”, le dijo su madre cuando tenía 2 años. La niña estaba de espaldas y no contestó a la oferta de caramelos (moma). La madre volvió a intentarlo, pero de frente a la pequeña y esta aceptó. Ese fue el momento en que confirmaron que Cecilia Navarro (57 años) era sorda.

Ocurrió a la salida de una consulta con una psicóloga y maestra que empezó a sospechar el diagnóstico al ver que la niña arrastraba los pies y le miraba la boca de forma extraña. Es que si bien Cecilia es sorda profunda bilateral de nacimiento, siempre tuvo la habilidad de leer los labios.

“La traía conmigo; siempre me llamó la atención el movimiento de los labios cuando las personas se dirigían a mí, por lo tanto les contestaba con un sí o un no, sin más”, cuenta desde España, justificando por qué los médicos creían que solo tenía un grave retraso en la palabra que se superaría con el tiempo.

La noticia no entristeció a los suyos, al contrario, por fin sabían qué le pasaba a Cecilia, única de la familia con esta discapacidad. En ese entonces vivía con sus padres, un hermano mayor, una hermana menor y sus abuelos maternos.

Recuerda que su infancia fue “muy feliz, aunque no exenta de momentos no tan felices”. Fueron claves para que siguiera adelante unos padres a los que define como “increíbles”, a los que siempre admiró (su padre ya falleció). “Fueron personas cariñosas, empáticas, me tuvieron mucha paciencia. Me hablaron muchísimo, pero nunca perdieron la visión y objetividad cuando se trataba de tomar decisiones y ser consecuentes con ello. Iban con la verdad y la realidad por delante”, destaca en diálogo con El País.

Es así que cuando ella perdía la confianza le decían “sos una niña que tiene una dificultad auditiva muy importante, pero no será un impedimento para lo que quieras ser o hacer”, que ellos la ayudarían en todo, pero que ella debía poner de su parte.

Sus maestros y profesores le enseñaron a hacer esquemas, pero con los que realmente aprendió fue con sus padres, que se repartían las materias para estudiar con ella. “Una frase recurrente que me decían era ‘lo que a tus compañeros les entra por el oído a ti te entrará por los ojos, la lectura será tu puerta al mundo’”, resalta sobre un hábito que le fomentaron desde siempre y que hoy considera fundamental para que las personas sordas puedan acceder a la información.

Desde los 10 años su madre la tenía al tanto de las noticias que escuchaba en la radio. “Lo que hacía esto es que yo estuviera en el mundo y no ensimismada en mi problema de la sordera”, acota.

Otro momento clave de su vida fue cuando debió comenzar a socializar con otros niños y era lógico que apareciera el bullying. “Ahí está la sorda” o “con la sorda yo no juego” eran las frases que surgían y Cecilia se ponía a llorar.

“Ahí estaban las sabias, cálidas, reales y positivas palabras de mi madre y mi padre”, dice sobre cómo le explicaban que lo que estaba ocurriendo era normal y que ella debía demostrarles a esos niños que podía jugar con ellos. Cosa que finalmente ocurría y eso la hizo tener siempre muchos amigos.

“Fue para mis padres mucho más importante el hacerme persona primero y paliar las dificultades de la sordera después”, remarca.

También destaca eso en los amigos que tuvo, que siempre trataron de que no se perdiera nada de lo que estaba ocurriendo, ya fuera en los estudios en una época sin intérpretes en las aulas, como en una tarde de salidas para que ella fuera “una más”.

“Así como las lecturas son las puertas al mundo, para las personas sordas los amigos son la conexión con la vida”, apunta y recuerda especialmente a Isabel, su amiga desde los 5 años, clave en Primaria, y a Verónica y Helena, su apoyo en Secundaria.

Vale aclarar que fue a la misma escuela (Barón de Rio Branco) y liceo (San Juan Bautista) a los que iban el resto de los niños y que nunca pidió un trato especial de parte de los docentes. Obviamente debió hacer esfuerzos mayores y contar con ayuda extra, pero logró terminar enseñanza secundaria.

Cecilia Navarro

Obstáculos que debió sortear.

Cuando llegó la hora de elegir qué hacer con su vida, Cecilia pensó en estudiar Medicina, pero lo tuvo que descartar porque no se sentía segura en ciertas funciones. Pensemos que no había los avances tecnológicos que tenemos hoy en día.

Entonces se decidió por su otra vocación, la Educación Física. Desde chica le gustaron todos los deportes y además quería enseñar a todos los niños, pero más concretamente a las personas sordas.

“Los podía ayudar a forjar su personalidad a través de una mejora de su autopercepción y autoestima a través del deporte, ya que lo considero como un medio para la formación integral de la persona”, dice.

En las otras áreas Cecilia siempre sintió que eran los demás los que la ayudaban, mientras que en las actividades físicas era ella la que ayudaba a los demás y podía desenvolverse sin pedir ayuda. Esa era la experiencia de vida que quería compartir.

El primer obstáculo fue la prueba de ingreso al Instituto Superior de Educación Física (ISEF), que le negaban por ser sorda. Habló con el entonces director del Consejo Superior de Deportes y consiguió algo que no consideró justo, pero era lo que le ofrecía: la dejaría entrar si estaba entre las 10 primeras mujeres en las pruebas físicas. Salió octava.

El segundo gran obstáculo lo encontró a la hora de recibirse porque se topó con una profesora de la asignatura ritmo que no la consideraba perfecta físicamente, “entonces creía que no podía estar en el cuerpo de profesores del ISEF”, cuenta.

Siempre le dificultó los exámenes y hacía cosas como poner los altavoces en altura y no en el piso, que era la forma de que ella pudiera escuchar las vibraciones de la música. Cecilia llegó al último año debiendo ritmo 1, 2 y 3. Una profesora le dijo que no se preocupara, que se llevaría un certificado de que había estudiado allí.

Aceptó la solución, los que no la aceptaron fueron sus compañeros, que exigieron que le tomaran los exámenes de la materia pendiente. “Aprobando tercero, aprobaba todo; cuán sorpresa recibí al ver que todo el ISEF estaba presenciando mi examen a través de los grandes ventanales”, recuerda.

El examen era de tres partes y le bastaba aprobar dos para salvar la asignatura: un ritmo marcado por la profesora (aprobado), bailar una música asignada (no pudo hacerlo) y reconocimiento del pulso y acento.

“No me salía nada porque no sentía, pero tuve la osadía de hacer el ritmo que me marcaba, sin querer, una profesora por sus piernas debajo de la mesa. ¡Benditas piernas, me salvaron el examen!”, señala quien se convirtió en la primera profesora de Educación Física sorda de Uruguay y Sudamérica.

Pero habría un obstáculo más y era el temor a que no le dieran el título sino solo un certificado. Nuevamente sus compañeros se movilizaron y consiguieron que el periodista Jorge Traverso entrevistara a Cecilia en la radio y además luego fuera invitada a su programa de TV, Hablemos.

“Fue todo un éxito. Me llamó el doctor Julio César Maglione, que estaba al frente de la Comisión Nacional de Educación Física, y personalmente en un acto me hizo entrega del título”, cuenta.

Mudanza a España.

Cecilia dio clases de gimnasia rítmica en el club Defensor Sporting y de mantenimiento y voleibol en la Asociación de Sordos del Uruguay.

Buscando perfeccionarse encontró que en España había un colegio de sordos, se inscribió y la aceptaron para hacer unas prácticas. Viajó con la ayuda del Rotary Club en principio por tres meses, pero le extendieron la estadía a un año.

“En ese tiempo me casé, me puse a hacer la Licenciatura en el INEF de Madrid y me licencié”, relata quien hoy está divorciada y es madre de dos varones, de 29 y 27 años, y de una mujer de 17.

Cecilia vive en Madrid y trabaja en el Centro Educativo Ponce de León, centro referente para las personas sordas desde hace más de 40 años. El lugar cuenta con un proyecto bilingüe en lengua de señas, de inclusión real, que se compone de dos líneas educativas: la línea ordinaria (integración de sordos en las aulas con alumnos ordinarios, con un profesor de lengua oral y otro de lengua de signos) y la línea de educación especial para alumnos con sordera u otras discapacidades asociadas. Desde hace tres años el Centro decidió dar un paso más y unificar esas dos líneas para pasar a armar un proyecto único, uniendo las aulas y contando con tres profesores en cada una (uno de lengua de signos, otro de lengua oral y un especialista en alumnos que necesitan de sistemas alternativos de comunicación). Cecilia es una de las docentes de este proyecto y trabaja en todos los niveles, desde niños a adultos.

Su materia pendiente hoy es poder terminar el doctorado de Educación Física, demorado por problemas personales y profesionales. “Me falta defender la tesis final, que si Dios quiere la retomaré en este próximo curso”, apunta. Después de conocer su historia, es fácil imaginar el desenlace.

Cecilia Navarro
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