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Es uno de los grandes actores argentinos, fue un villano inolvidable y llega con un personaje histórico

El País charló con Luis Machín quien el sábado estará en El Galpón con la obra "La última sesión de Freud", en la que interpreta al psicoanalista más famoso

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Luis Machín

Luis Machín es uno de los actores argentinos más reconocidos gracias a una larga carrera en televisión -donde interpretó villanos inolvidables- cine y teatro. Algunos de esos proyectos lo han traído a Uruguay, un lugar en el que dice tiene buenos recuerdos y al que ahora vuelve este fin de semana con La última sesión de Freud de Mark St. Germain con dirección de Daniel Veronese.

La obra -que tuvo siete nominaciones a los premios ACE- ficcionaliza (a partir de documentos reales) un encuentro entre Freud (Machín) y el escritor C.S. Lewis (Javier Lorenzo). Eran dos intelectuales en veredas opuestas que, algo que saluda Machín, se permitían debatir y escucharse.

Va mañana a las 21.00, en la sala Campodónico de El Galpón con entradas, en Tickantel, que van de 1000 a 1500 pesos; ya hay sectores agotados. Y es un gran plan de fin de semana.

-¿Con cuál de sus muchos personajes la gente lo identifica más?

-Varios. Muchos recuerdan aquella novela Padre Coraje y otros el Rocamora de Montecristo. Hay muchos fanáticos de Los Simuladores que se saben y se conocen los personajes mucho más que uno. Y por películas como Un oso rojo o Felicidades. E hice una publicidad de cerveza muy popular. La gente te va recordando dependiendo de la edad.

-¡Hay un Luis Machín para cada generación!

-La verdad que sí. Y a partir de la pandemia muchos volvieron a ver cosas en Youtube. Cosas de los 90 o los 2000, muchas novelas que ahora las descubren chicos jóvenes que después me escriben en Instagram.

-Se decidió a ser actor a los 16 años en Rosario. ¿Qué lo llevó hasta la actuación?

-Siempre la curiosidad. La curiosidad que me despertaban el cine, los circos que llegaban todo el año a Rosario. Ese mundo de los payasos, la ecuyere, el globo de la muerte, el trapecio siempre me produjo mucha curiosidad. En casa se veía mucha ficción de televisión y a mi madre le encantaba el cine, así que película que yo podía ver, ahí iba. Y siempre la curiosidad por saber cómo se hacían una película, una obra de teatro: querer conocer el entretelón. Me despertaba mucha simpatía tratar de meterme atrás cuando la obra terminaba y escudriñar un poco de ese mundo que habilitaba otra cos que no era lo cotidiano, una especie de soñar despierto con pesonajes, historias, situaciones.

-Llegó a Buenos Aires a comienzos de la década de 1990. ¿Cómo se recuerda entonces?

-Vine a estudiar con Alberto Ure y con el deseo no solo de seguir haciendo teatro o intentando formar grupos, sino de llegar a la televisión y el cine con sus formas de expresión que siempre me resultaron conmovedoras. Y empecé a buscar por esos rumbos. Igual siempre fue importante mantener el grupo de teatro y el Sportivo Teatral de Ricardo Bartís fue muy contenedor. Desarrollábamos un lenguaje que compartíamos y empezábamos a hacernos fuertes en un momento en el que el teatro argentino era muy considerado en el exterior. Empezamos a girar con obras que hacíamos con el Sportivo o con Rafael Spregelburd o Alejandro Catalán y aún hay un intercambio muy fuerte con Europa sobre todo en relación a lo teatral y a búsquedas personales de directores de como Veronese, Tantanian, García Wehbi.

-¡Ha trabajado con muchos de los grandes!

-Fueron 10 años en los que yo prácticamente trabajé con todos: Bartís, Spregelburd, con quien hicimos dos obras de Harold Pinter, Catalán con quien hicimos La caja con Catalán que llevamos a una gira muy grande por Francia entera.

-¿De dónde viene la tradición actoral argentina?

-El circo criollo se ha manifestado muchísimo en el teatro, sí, pero también en el tipo de humor de los programas de televisión. Está muy teñido de toda esa corriente “payasa”, del circo de los Podestá. Y la actuación ha tomado mucho por supuesto de lo que ha sido toda la influencia europea, y española y la repercusión que tenían acá los elencos de ópera que nos visitaban.

-¿Esa tradición es distinta a la uruguaya?

-No creo que diste tanto de la de ustedes. Tal vez el desarrollo sea un poco más hiperquinético y entonces quizás haya -sin duda por ser un país mucho más grande- otras aristas que por ahí ustedes no tienen. La otra vez charlaba con Roberto Suárez y me señalaba lo marcados que estamos los actores argentinos por el grotesco a diferencia de los uruguayos que vienen más de la farsa. Él se lo atribuía a los carnavales, al candombe.

-Ahora vuelve a Uruguay con La última sesión de Freud que es una obra que ya había hecho. ¿Qué lo impulsó a volver a por ella?

-La estrené hace 12 años, pero no hice Freud sino C.S. Lewis, el periodista que lo entrevista. Y ya entonces nos habíamos percatado de su contundente vigencia y de que aún es muy conmovedora más allá de que Freud murió en 1939. Pero todos sabemos cuál fue su legado, cómo opera y lo que sigue significando el psicoanálisis para el mundo. Lo sorprendente es ver cómo tiene un anclaje muy fuerte en la gente que tiene incorporada la terminología psicoanalítica que va más allá de la curiosidad por el personaje. Lo maravilloso de la obra, que no está exenta de humor, es desarrollar un diálogo de dos personas tan diametralmente opuestas y que se daban el tiempo de poder discutir más allá de que ninguno de los dos iba a volver sobre sus ideas. Es un diálogo exquisito entre estas dos potencias tan distintas en sus formas de pensar.

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