Mariana Wainstein vuelve al teatro: "Siempre veo la profesión de director como la del abogado de los ausentes"

La exdirectora Nacional de Cultura estrena el 7 de junio, "Reikiavik", su segunda puesta en escena de una obra del prestigioso dramaturgo español, Juan Mayorga

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Mariana Wainstein

Para su regreso local al teatro tras cinco años como Directora Nacional de Cultura, Mariana Wainstein eligió Reikiavik, un texto de Juan Mayorga, uno de los grandes nombres de las letras españolas. Aquí pone en escena el encuentro entre dos actores que reproducen en una plaza un evento crucial de la Guerra Fría: las partidas de ajedrez del soviético Boris Spassky y el estadounidense Bobby Fischer. La interpretan Moré, Gustavo Bianchi y Santiago Reyes e irá los domingos 7, 14 y 21 de junio en la Sala Zavala Muniz.

—¿Cómo la recibió el teatro?

—Bien, muy bien. Siempre me da la misma sensación de descanso. Y la etapa de los ensayos es puro placer para los directores. Después, cuando se entrega la obra, a los actores les fascina estar con el público, pero ahí ya me retiro, ya hice lo que podía hacer. Dirigir es un momento de análisis, de estudio y también de liberar tu propia poética.

—¿No vuelve a ella?

—No específicamente, pero el público es una parte integral del espectáculo y es muy importante sentirlo y ver qué funciona y qué no, sobre todo en una obra que tiene un dejo de comedia. Siempre es más difícil hacer reír que hacer llorar. Tengo mucha fe en los actores y en el texto, pero sí, la obra se pone a prueba. Ellos la van retocando porque es un diálogo con el público que es el que termina las obras.

—¿Y por qué Mayorga?

—Es posiblemente el escritor más reconocido hoy en lengua española. Es director artístico del Teatro de La Abadía, integra la Real Academia Española, Premio Princesa de Asturias. Tiene una profundidad enorme. Cuando estás con él, es hasta teatral: habla poco y todo lo que dice es interesante. Va a la esencia, a la poética del asunto. Viene de la filosofía y de las matemáticas. Ya dirigí una obra suya (La tortuga de Darwin) y me encanta volver a un autor que ya conozco: me permite seguir profundizándolo.

-—¿Cómo encaró el trabajo?

—De antemano sabés que no va a ser simple. Requiere una tarea arqueológica, porque todo es símbolo de alguna otra cosa. En el caso de Reikiavik, hay una dimensión que alude constantemente al teatro, a lo que es representar, a la vocación de reunirse y poner de pie un hecho teatral. Y está el ajedrez y todo ese mundo de 1972 en ese partido entre Fischer y Spassky en el contexto de la Guerra Fría con dos potencias buscando demostrar su poder. Hay que investigar y profundizar para sacarle brillo. Y ahí aparecen la guerra, el ajedrez y el teatro y hay que buscar qué tienen en común, otro desafío. Me parece que, si uno va a jugar, es lindo jugar en serio. Hasta trajimos un ajedrecista aunque no se vean partidas reales.

—Es una obra muy política..

—Y a mí me interesa mucho la política, la guerra, la paz, la política internacional, las negociaciones. Me da mucho placer encontrar temas y a la vez hallarle la poesía, que es lo que es el teatro. Encontrarle la esencia, lo más chiquito de esta obra, lo que dice, lo que está dentro de cada partecita. Y tiene que ver con ese juego de guerra y las formas de ganar y de perder.

—¿Cómo es como directora?

—Siempre veo la profesión de director como la del abogado de los ausentes. Pensar en el público (si van a entender, a entretenerse, si algo puede resultar denso) y en el escritor, entender qué quiso decir.

—¿Cómo viene todo?

—Empezamos a ensayar en diciembre porque sentí que la obra necesitaba tiempo porque en los ensayos hay espacios de tiempo que lo que hay que hacer es esperar a que todo empiece a hacer más liviano, que no sea un ejercicio de memoria, sino una comprensión del texto. Es muy lindo ver cómo respira la conexión entre los actores.

—Le cambio el tema, ¿cómo evalúa su paso por la administración pública?

—Una experiencia muy interesante por la que todos deberíamos pasar. Lo viví muy intensamente y fue muy enriquecedor. Al principio decía que era parecido a dirigir una obra: también ahí era abogada del público ausente. Aunque quienes estén sentados enfrente sean artistas y gestores, siempre hay que pensar en quienes no están, los ciudadanos. Miro para atrás y pienso: qué bien que algunas cosas continúan, qué pena que otras no lograron el efecto imaginado. Fue una experiencia ligada a mi vocación: sacar obstáculos para que otros hagan y lleguen a su mejor nivel.

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