Faltan más de cuatro meses para que comience el show en el Teatro de Verano, y ya hay varias entradas vendidas para Catarsis, el nuevo unipersonal de Germán Medina. Al comediante le cuesta procesarlo. “Cuatro meses y medio es muchísimo tiempo. En ese lapso puede cambiar el mundo, se puede cursar casi un semestre de facultad. Que alguien ya haya decidido reservar esa noche para venir a verme es una locura y un privilegio enorme”, dice el comediante, todavía sorprendido por la respuesta del público.
No es casualidad. Desde hace años, Medina parece estar en todos lados. Se consolidó como un referente de la comedia en Uruguay antes de ser una de las caras de La culpa es de Colón. Hoy es parte de dos ciclos del prime time de La Tele: Verdaderos culpables (continuación de La culpa… con el mismo elenco) y Caraduras, junto a Leo Pacella. Pasó por Trato Hecho, tuvo un lugar destacado en Carnaval, recorrió el país con sus unipersonales y convirtió al stand up en un fenómeno capaz de llenar escenarios cada vez más grandes.
El 21 de noviembre volverá al Teatro de Verano (entradas en Tickantel desde 525 pesos), un escenario que ya marcó uno de los grandes hitos de su carrera, con un espectáculo que promete ser el más ambicioso de todos.
Y sin embargo, detrás de esa exposición multimedia sigue el mismo humorista que dejó un trabajo estable para apostar por un oficio incierto. Por eso habla de la suerte con la misma insistencia con la que otros hablan del esfuerzo. Agradece a sus compañeros de televisión, a los productores del canal y, sobre todo, al público, al que considera el verdadero responsable de que hoy pueda vivir de hacer reír.
Catarsis también nace de esa filosofía. Después de Inseguro, Gracias e Intenso, Medina vuelve a poner el foco en las emociones, aunque aclara que no piensa dar respuestas ni hacer terapia desde el escenario. “Creo que la risa es una forma de alivio compartido”, dice.
Con ese espíritu se presentará en el Ramón Collazo, donde prepara una producción diferente a todo lo anterior. El show del Antel Arena estaba pensado para dos horas, y se extendió por casi cuatro. Por eso adelanta que Catarsis durará entre dos horas y un fin de semana largo.
—¿Cuándo empezó a tomar forma este nuevo espectáculo?
—Como empiezan todos mis espectáculos: con una locura. Un día estoy en casa y pienso “¿y si hago un Teatro de Verano?”. Después aparece la pregunta de qué quiero contar. Siempre escribo sobre lo que me está pasando. Si mirás los nombres de mis espectáculos anteriores -Inseguro, Intenso- siempre terminan hablando de emociones. Me parece que son las que realmente nos mueven.
—¿Por qué Catarsis?
—No quería hacer un espectáculo sobre los problemas, sino reírnos de ellos. La risa no resuelve nada de raíz, sería irrespetuoso decirlo, pero sí puede aliviar. Siempre sentí que el humor es un vehículo hermoso para sobrellevar muchas cosas. Ojalá salgamos todos un poquito más livianos.
—Has dicho que lo primero en lo que pensás es en el nombre.
—Sí. Durante mucho tiempo se iba a llamar Inútil. Yo hago mucho humor autorreferencial y me parecía una palabra hasta tierna. El inútil es el que intenta y no le sale, y yo me siento bastante identificado con eso. Pero después entendí que el espectáculo necesitaba un paraguas más grande. Ahí apareció Catarsis.
—Da la sensación de que cada espectáculo tuyo sube un escalón.
—No lo vivo así. Yo nunca siento que llegué a ningún lado. Hay que festejar los logros, claro, pero cuidado con creer que existe un destino final. Eso es peligroso. Hoy estamos hablando de un Teatro de Verano y está buenísimo detenerse un segundo para agradecerlo. Mañana habrá que volver a trabajar.
—Y mientras tanto seguís en televisión, donde ya sos una figura instalada.
—Tuve mucha suerte. Debuté en un programa soñado como La culpa es de Colón, con gente que admiraba desde hacía años, y que nunca me hicieron pagar derecho de piso. Me encontré con compañeros generosos que me abrieron la cancha y eso no pasa siempre. Después vinieron otros programas y sigo sintiendo el mismo agradecimiento.
—También pasaste por Carnaval, pero ya decidiste bajarte.
—Fueron años preciosos, pero estos últimos veranos pude disfrutar las vacaciones con mi hijo como nunca. Ya está más grande y empezamos a construir recuerdos juntos. Este Mundial, por ejemplo, fue de esas experiencias en las que mientras las vivía ya sabía que iban a quedar para siempre en la memoria.
—Viviste una odisea con los vuelos que terminó siendo casi un show. ¿Cómo fue esa historia?
—Fue increíble. Se canceló el vuelo de ida y automáticamente también quedó cancelado el de vuelta. O sea, en cuestión de minutos pasamos de tener todo organizado a no tener ni cómo ir ni cómo volver. Ahí empezás a entrar en una especie de espiral donde cada solución genera otro problema. Llamadas, aplicaciones, filas, horas de espera... En ese momento no tenía ninguna gracia, pero mientras lo vivía ya había una parte de mi cabeza que decía: “Esto algún día va a terminar arriba de un escenario”. Me pasa mucho eso. Las cosas que más me desesperan después suelen convertirse en material. Es como un mecanismo de supervivencia: si logro reírme después, siento que todo ese caos tuvo algún sentido.
—¿Te sentís un artista popular?
—No sé qué significa exactamente “ser popular”. Lo que sí sé es lo que busco. Intento escribir espectáculos donde la gente sienta que estamos hablando de cosas parecidas. Cuando alguien se ríe, para mí me está diciendo “te entendí“. No necesariamente le pasa lo mismo que a mí, pero entendió la emoción. Ese encuentro es lo que me interesa.
—¿Qué sentís cuando ves que ya hay gente comprando entradas cuando falta tanto para el show?
—Es rarísimo. Porque implica un esfuerzo enorme. La gente deja otros planes, organiza la agenda, gasta plata, sale de la casa para venir a verte. También soy espectador y sé lo que cuesta. Por eso nunca dejo de agradecer. Si hoy puedo vivir de esto, es porque alguien del otro lado decidió hacer ese esfuerzo. Y sin esa gente, ninguno de estos sueños existiría.
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