Son contadas las veces que un artista va detrás de un texto. Lo común es ser convocado para un proyecto y amoldarse. En La madre, sin embargo, Leonor Svarcas persiguió a Marco Antonio de la Parra para que le escribiera una obra a medida. Le mandó un boceto inspirado en la madre de La familia, una vieja pieza suya que ya había interpretado más de una vez, y el autor chileno accedió.
Sube los viernes al escenario de El Galpón para encarnar a Paulina, una madre sola y atravesada por la pérdida que anestesia el dolor con pastillas y alcohol. Debido al éxito de convocatoria, se agregaron tres funciones el 5, 12 y 19 de junio. Las entradas se compran en Redtickets. En esta entrevista. Svarcas habló del intenso proceso creativo detrás de uno de los papeles más desafiantes de su carrera.
—El texto de La madre no existía, De la Parra lo creó para vos. ¿Qué te hizo salir a buscarlo?
—Hace muchos años leí La familia, una obra suya, y el personaje de la madre me pareció increíble. Era comedia, pero te clavaba un puñal dramático y te removía fibras del ser hijo desde el humor negro. Era una madre imperfecta, con sus propias necesidades y que no lo podía todo. “Esto es exactamente lo que me gustaría actuar”, pensé. Me quedé con ese personaje en la cabeza, lo usé más de una vez para concursar en la Comedia Nacional y siempre sentía que funcionaba muy bien.
—¿Cómo llegaste al autor?
—Lo contacté por X (exTwitter) y me contestó: “Estoy ocupado, escribime en seis meses”. Se generó un vínculo y finalmente le mandé un boceto de lo que quería: mi versión de lo que la madre decía en su obra. Le gustó y me lo escribió. Durante un año me fue mandando versiones y, cuando estuvo pronto, surgió la oportunidad de hacer la obra con Diego Sorondo y Marianella Morena. Ella me propuso expandir esa historia específica a todo el territorio materno, con fragmentos de todas las madres o de personas que tienen una madre -que somos todos-. Creo que lo logramos.
—¿Hubo algún consejo, indicación o mirada de Morena clave para crear a Paulina?
—Nunca habíamos trabajado juntas y fue una experiencia de muchísimo crecimiento artístico. Siempre trato de salir de mis lugares cómodos y estuvo genial encontrarme con una directora que no concibe el trabajo si no es desde una búsqueda creativa profunda. La combinación de las dos fue una bomba y estamos muy felices.
—¿De qué manera salieron de las zonas de confort?
—Me hizo improvisar y generar mucho material propio. Cuando la directora te pide: “Expandí lo que está escrito y decime qué nace de vos”, te obliga a conectar física, psíquica, moral y emocionalmente con lo que te atraviesa del texto. Surgen cosas verdaderamente originales desde esa conexión con lo visceral. Después me pidió bajar esas improvisaciones a papel y eso me dio la oportunidad de incursionar en la escritura. Ella escribió otra parte y sumó en la dramaturgia. Pusimos mano, corazón, útero y cuerpo.
—El personaje tiene muchas aristas. Paulina pide amor constantemente, siente culpa, cansancio, anestesia el dolor con pastillas y alcohol, está atravesada por la muerte de un hijo...
—Y con un padre que no oficia de red, una realidad muy extendida en nuestra sociedad. Un hombre ausente, que cada vez pasa menos plata, mientras ella además cría a una hija con problemas de movilidad. La soledad en la tarea gigantesca de criar es un desafío enorme.
—¿Qué te interesaba contar a través de ella y qué lugares habitaste durante el proceso?
—Más allá de conectar con mi vida, que es algo que siempre hacemos los actores, veía en el personaje la posibilidad de conectar con muchos seres humanos, no solo con mujeres. Ella dice: “Vivir es incómodo”. Contamos lo desafiante que puede ser sostener la vida desde la maternidad, pero todos podemos conectar con la soledad, la necesidad de aprobación o el llenar vacíos con la sexualidad. Amigos varones que la vieron me decían: “Me vi reflejado en momentos de muchísima vulnerabilidad”. Y me encantó recibir esa devolución. Uno piensa que va a ver a una madre con pañales y mamaderas, pero la obra te lleva a lugares inesperados. Te interpela.
—También se pregunta: “¿Alguna vez la vida les cagó la vida?”. ¿Ahí está el corazón de la obra?
—En ese momento pasa algo increíble. La gente viene riéndose muchísimo, hago esa pregunta y veo cómo se transforman las caras de los espectadores, como buscando en su memoria. Ahí brilla el hecho teatral. Estamos hiperconectados, viviendo en automático, y de pronto aparece este encuentro humano donde cada uno empieza a pensar en su propia vida y en esas cosas que barre abajo de la alfombra para seguir adelante. Ese momento es mágico y me gusta invitar a que la gente se lo regale.
—La obra rompe la cuarta pared y por momentos parece una sesión de terapia colectiva. ¿Qué te permite ese ida y vuelta?
—Lo disfruto muchísimo porque el público te devuelve mucha información aunque no hable. Ves en sus caras lo que les está pasando: la risa, la angustia, las miradas entre quienes fueron juntos. Es un desafío enorme procesar todo eso mientras administrás cuestiones técnicas y la memorización. Salgo de la función y me tengo que comer un chivito porque me consume toda la energía (risas).
—¿Cómo es desprenderte de un personaje así, que incluso fuiste a buscar?
—Desprenderse siempre es un duelo enorme porque uno tiene el corazón puesto. Una amiga actriz bromea con que el personaje es tu novio mientras la obra está en cartel porque no dejás de pensar en él. Yo sigo ensayando, paso letra todos los días y hago ajustes en las escenas. La voy a extrañar muchísimo y me despido deseando que se reponga. Es uno de los trabajos más importantes de mi carrera.
—¿El autor llegó a ver la puesta?
—No, pero todos los viernes le mando un video del saludo, que siempre es una ovación. Nos quiere llevar a Chile a hacerla y nos encantaría.
—Durante años estuviste presente en televisión y radio, con ciclos como Ponete cómodo (Canal 5), Vespertinas (Canal 4) y Monte Carlo a sus órdenes (930 AM) ¿Extrañás los medios? ¿Te han ofrecido volver?
—Enseguida que dejé de estar me ofrecieron volver y no me interesó porque no era mi perfil. Si apareciera algo que tuviera que ver conmigo, me interesaría. No lo extraño particularmente porque vivo de la actuación y la docencia. Tengo mi espacio de formación, doy clases en la EMAD y el Instituto de Actuación de Montevideo (IAM), y me llena mucho. Trabajar en televisión implicaría resignar algo de eso y también volver a un estilo de vida muy exigente, con una exposición masiva donde siempre hay que manejar cierta estética. Es interesante, pero también efímero e inestable. Extraño mucho más la radio.
—Tenés una gran carrera en el cine: Gigante, Mr. Kaplan, Acné, Cruz del Sur, El cuarto de Leo. Ahora que el mercado audiovisual está tan movido por las plataformas y se filma mucho en Uruguay, ¿seguís haciendo castings?
—A Uruguay vienen mucho por las locaciones y porque hay mano de obra más económica, pero tenemos que ponernos más firmes en regular. Está buenísimo porque genera trabajo, pero a los actores con más trayectoria nos ofrecen roles muy chicos. A veces me llaman para cosas que artísticamente no me interesan y termino declinando.
¿Tenés pendiente entrar a la Comedia Nacional?
—Trabajé varias veces como invitada desde muy joven. La primera vez tenía 19 años y pensé que era una broma telefónica cuando me llamaron. Siempre que hay concurso me presento y la última vez quedé finalista. Más allá de entrar o no, el proceso te desafía porque te preguntás qué artista sos hoy y qué te representa. Elegir un texto y prepararlo te pone en espejo con lo mejor de vos.
—¿Qué otros proyectos se viene este año?
—Pulmones, de Duncan Macmillan, junto a Alfonso Tort y también con producción de Diego Sorondo. Se estrena en noviembre en la sala Hugo Balzo. Es un texto increíble sobre una pareja desde el momento en que se preguntan si quieren o no tener un hijo hasta la vejez. Estoy ilusionadísima.
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