De chico, Ricardo Espalter vivía en la zona de Parque Rodó, en las inmediaciones de los Talleres de Don Bosco. Su infancia fue la propia de una familia de clase media de la época. “Cachito”, como le decían en su casa y sus amigos, vivió feliz hasta que su padre murió de un infarto fulminante cuando el actor tenía 7 años. La vida dio un golpe fuerte a él y sus hermanos. Hubo que ayudar a llenar la olla, y “Cachito” no dudaba en subir al carro del verdulero que pasaba por el barrio. Con voz fuerte anunciaba tomates, naranjas, papas y demás. A cambio, Espalter recibía verdura y fruta para su hogar.
La tragedia volvería pronto a la casa. En vísperas de una Navidad, la mamá de Ricardo murió preparando el arbolito y la decoración de la mesa. El masazo fue tremendo, más tratándose en un día en que todos estarían de festejos.
Espalter tenía 13 años cuando quedó huérfano y salió a trabajar para mantener la casa y a sus hermanos. El desamparo y la madurez obligada fueron así forjando el temperamento del futuro gran cómico uruguayo.
Ricardo Espalter era tímido, muy tímido. Quienes no lo conocieron de cerca, pudieron pensar que se trataba de alguien antipático o soberbio. Nada más lejos de su forma de ser. Generoso, muy amable y buen amigo; lo comprobé muchas veces en nuestra charlas.
“No sé por qué soy tímido, pero prefiero estar sin llamar la atención en cualquier lugar, eso me da paz” me dijo más de una vez.
Tenía una veta artística que no terminaba de definir en su juventud. Le gustaban los boleros y los cantaba cuando se presentaba la ocasión. También le gustaba escuchar las carcajadas que nacían tras una frase de Cantinflas en cualquiera de sus películas y decidió imitarlo. Y lo hacía muy bien, aunque no recuerdo haberlo visto en televisión hacer la imitación de la estrella mexicana.
Consiguió trabajar en UTE como mensajero y allí inicia su carrera en el Estado. Pero era sincero consigo mismo: estar detrás de escritorios haciendo trámites o atendiendo asuntos de otros no era lo de él.
A sus 20 años comenzó a vincularse con pequeños elencos de teatro amateur que deseaban ser profesional. Hizo amistad con Cesar Cammarano, un joven artista que actuaba y cantaba y sentía, como Espalter, el llamado de los escenarios. Formaron una compañía de teatro de revistas con actores que estaban en sus primeros pasos: Boys and Girls 1944 era el nombre. En aquellas primeras presentaciones, Espalter cantaba boleros con el seudónimo de Ricardo Moreno, al tiempo que imitaba a Cantinflas con bastante éxito. Alquilaban pequeñas salas de teatro en los barrios y hacían un mes de representaciones los fines de semana. “Sabés que nunca supe por qué me transformaba en el escenario y decía las cosas que en la vida diaria no me animaba a decir jamás”, me contó alguna vez, tomando café con anécdotas graciosas sobre la mesa.
La compañía de revistas tuvo repercusión. Hasta en las publicaciones especializadas como “Cine Radio Actualidad” se la menciona haciendo hincapié en el joven y prometedor artista Ricardo Moreno. “Me puse Moreno en homenaje a Cantinflas”, me confesó una tarde en Atlántida donde tenía una casa de verano. “Además, trabajaba en la UTE y no sabía cómo podía caerle al Directorio que estuviera cantando o haciendo imitaciones con chicas algo ligeras de ropa”, agregó con una sonrisa.
En 1945 la revista armó un nuevo repertorio y comenzaron a actuar en Montevideo como Boys and girls 1945. Era una distracción para Espalter, que ya estaba bastante aburrido de su trabajo gris en el ente estatal de energía. El éxito estuvo de nuevo acompañando a los jóvenes artistas.
En el mes de julio de ese año, su compañero Cammarano trajo una buena noticia: la compañía de revistas recibía la oferta de una gira que empezaba en Salto, en el teatro Larrañaga, y terminaba en el teatro Macció de San José. ¡Todo un logro! Espalter quedó contento pero solo por unos minutos. “No voy a poder ir, tengo que trabajar en la UTE”, se limitó a decir. Su amigo le insistió: “Pedí licencia médica, si todos tienen días de licencia, vos pedilos también” fue el argumento de los integrantes del elenco que sabían que con la ausencia de Espalter, el espectáculo no sería el mismo.
Pensó y repensó qué hacer. Al final, tomando coraje de donde no lo tenía -según me dijo- llegó al médico de UTE, el que certificaba a los funcionarios enfermos. Se miraba en el espejo y ensayaba caras de dolor y muecas de sufrimiento, lo que con el tiempo sería su sello inconfundible: aquellos gestos sin palabras.
“Lo que se me ocurrió fue decirle que estaba con mucho stress, ‘surmenage’ al decir de esa época”, confesó.
Frente al médico, el incipiente actor venció su eterna timidez, puso cara de cansancio y dijo: “Doctor, no puedo concentrarme, tengo fatiga mental, leo y me duele la cabeza, no puedo sacar los expedientes. Creo que lo mío es surmenage” Se hizo un silencio largo.
El médico se sacó los lentes, lo miró a Ricardo fijamente y le dijo: “Espalter, en 20 años como médico en UTE jamás ví a un empleado con estrés. Si quiere tomarse unos días, se los doy. ¿Usted me vió la cara?”.
Ricardo Espalter integró los exitosos elencos de Telecataplúm, Jaujarana, Hupumorpo, Comicolor, Los Rapicómicos, Híperhumor, Decalegrón. Falleció en 2007 a la edad de 82 años.
Por Julio Fablet.