Alain Vigneau, el francés que convirtió la vulnerabilidad en un arte y presenta su "Clown Esencial" en Uruguay

El francés llega por primera vez a Uruguay para presentar su método "Clown Esencial" y hablar sobre espontaneidad, heridas de la infancia y el poder transformador de mostrarse sin máscaras.

Alain Vigneau.
Alain Vigneau.
Foto: Difusión.

El francés Alain Vigneau está haciendo las valijas cuando atiende la llamada de El País. En unos días dejará Francia para viajar a Suiza, después España y desde allí cruzará el Atlántico para iniciar una gira que lo llevará por Argentina, Brasil y lo traerá a Uruguay. Tiene 66 años y hace unos 40 que está dedicado al arte del clown, con un camino poco lineal: antes de convertirse en artista fue pastor de cabras y ovejas en la montaña. El escenario llegó después, como una necesidad de catarsis más que como un sueño de infancia.

Ahora ese recorrido lo trae por primera vez a Uruguay como parte de la gira por América del Sur. Aquí ofrecerá actividades dirigidas a públicos diferentes: el jueves, a las 19.00, brindará una charla en la Universidad Católica, destinada a estudiantes de maestrías y a clowns de hospital. El domingo 23, a las 18.00, tendrá una charla para todo público en la Fundación Graciela Figueroa, donde además presentará sus libros.

Reconocido como artista, autor, terapeuta y docente, Vigneau llega para compartir Clown Esencial, el enfoque que desarrolló a partir de décadas de experiencia y que propone utilizar el clown como una vía para explorar el trabajo artístico y el potencial humano. Durante su visita también está prevista la proyección de Brin d’Amour, película sobre su vida, y la presentación y firma de sus libros Clown esencial, Vida de clown y El camino del clown.

Vigneau fue payaso profesional durante 25 años. También hizo teatro convencional, pero encontró en el clown algo que el escenario tradicional no le ofrecía: una exposición mucho más directa frente al público. No hay demasiado lugar donde esconderse cuando cada gesto recibe una respuesta inmediata. El error, la torpeza, la incomodidad y hasta las propias heridas pueden convertirse en parte del espectáculo.

Alain Vigneau.
Alain Vigneau.
Foto: Difusión.

Con los años, esa experiencia escénica empezó a transformarse en una búsqueda personal. Dejó de pensar el clown como una profesión o una técnica y comenzó a utilizarlo como una herramienta para trabajar con otras personas. Su método busca recuperar la espontaneidad, la creatividad, la expresividad y el gozo de vivir. En ese recorrido aparecen también las heridas de la infancia y la necesidad de reconciliarse con aquello que alguna vez hizo que una persona se enfadara con el mundo.

No le gusta llamar terapia a lo que hace —dice que esa palabra le merece respeto—, pero tampoco desconoce el efecto que puede producir su trabajo. Ha visto alumnos y espectadores descubrir algo de sí mismos y salir de una experiencia con la sensación de haber cambiado. Para Vigneau, la transformación no la produce el clown por sí solo: ocurre cuando una persona encuentra el permiso para mostrarse de otra manera y cuando el público deja de ser una amenaza para convertirse en cómplice.

Vigneau lo comprobó en lugares tan diferentes como Indonesia, Gabón o Guatemala. Allí entendió que el humor puede atravesar fronteras cuando no se construye desde la crueldad. Para él, un clown puede burlarse del otro solamente después de haber demostrado que también es capaz de burlarse de sí mismo. La técnica importa, insiste, porque el clown tiene una gramática precisa. Pero hay algo que no se aprende de la misma manera: la entrega.

Ahora llega a Uruguay para compartir esa experiencia. Y mientras termina de preparar el equipaje, habla de la vulnerabilidad, la infancia, la necesidad de recibir permiso para ser uno mismo y la relación del artista y su público.

Alain Vigneau.
Alain Vigneau.
Foto: Difusión.

—Durante años el clown fue visto como un género teatral o una técnica escénica. En su trabajo aparece más como una manera de acercarse a las personas. ¿Cuándo ocurrió ese cambio?
—Yo fui payaso profesional durante 25 años, aunque me dediqué a hacer otra cosa que actuar. El clown es un arte muy directo con el público, muy versátil y profesional. Es adictivo, porque te deja en una cuerda floja: tienes que mover al público, trabajar con los gags, con el ritmo del espectáculo, y todo eso te mantiene en un estado particular. Eso está muy alejado de una manera de vivir, pero uno puede ser clown también en ese sentido. Yo he hecho teatro convencional y me sentía muy protegido. En cambio, en el clown estás como muy desnudo delante del público.

—Usted dice que llegó al arte por necesidad, no por un sueño infantil.
—Sí, me hice artista por necesidad. No era mi sueño de niño. Me tuve que hacer artista para encajar en la sociedad, para encontrar una manera de hacer algo con mis demonios. Fue una necesidad y esta necesidad primaria ya estaba ligada a un malestar, a un hambre de entendimiento, que al final se ha visto reflejado en mi manera de trabajar con las personas.

—¿Por eso acepta que su trabajo pueda entrar dentro del campo del arte terapéutico?
—El clown tal como lo trabajo con las personas sí se marca dentro del campo del arte terapéutico. Pero le tengo mucho respeto a la palabra terapia. Yo no vendo mi trabajo como una manera de hacer terapia. Mi escuela está en México y estaba trabajando con una alumna argentina que me decía: “Es que tu trabajo va al hueso, directo”. Yo no conocía esa expresión. Me pareció muy acertada.

—¿Qué significa para usted “ir al hueso”?
—Es como un clown que va al hueso, pero no porque desarrolle una cierta técnica o un cierto conocimiento. Son muchos años de mucho trabajo. El clown es un ejercicio de desnudez. Hemos confundido la generosidad de un payaso o una payasa al hacer reír a su público con sus problemas con una imbecilidad vulgar. Pero eso es una confusión. Hay algo mucho más profundo. Sí que es terapéutico, pero hay que tener respeto por la palabra. Es un trabajo que cambia a las personas, que impacta en las personas.

—¿Qué ocurre cuando una persona descubre eso?
—Es como si se viera el backstage, el reverso del decorado. Aunque no nos podamos mantener ahí siempre, porque nuestra conciencia todavía no alcanza para tanto, sabemos que esto es así. Cuando reconquistamos una cierta creatividad genuina, aparece algo muy importante. Venimos de los bufones, de lo muy bajo. Trabajamos a veces con cosas muy bastas, cajas de cartón, hablar, confiamos a partir de nada. Entonces, cuando una persona se da cuenta de que puede ser así delante del público y en contacto con el público, algo cambia. En un teatro convencional estoy delante del público, pero no estoy tanto en contacto con él. En el clown hay una alquimia concreta. Hay una gramática: mostrarme yo de una forma poco común en mí, delante del público, en contacto directo, recibiendo. El público me manda algo a cambio. Eso es lo que transforma a la persona. El público es testigo, es cómplice de la reconquista de la espontaneidad, de la creatividad, de la virtud corporal.

—¿Eso explica que el clown pueda funcionar en culturas tan diferentes?
—Hay situaciones distintas. Pero el arte es un pasaporte hacia la humanidad y los clowns, dentro de los artistas, somos los especialistas, porque somos tontos. Yo digo que la imbecilidad humana no tiene frontera, y nosotros nos ocupamos de celebrarla. Tenemos todo para jugar.

—¿Qué le enseñaron esas experiencias sobre esa “imbecilidad humana”?
—En Indonesia, los niños, que eran asiáticos, tenían el rostro blanco. Yo soy francés y soy muy blanco. La aspirina es más morena que yo. Entonces pregunté, después de unas cuantas funciones, por qué los niños estaban pintados de blanco. Me dijeron que se ponían polvo de talco sobre la cara porque querían ser blancos. Y yo pensé: yo soy blanco y voy a la playa para ponerme moreno, mientras ellos, que son marrones de naturaleza, quieren ser blancos. Hay algo del contrasentido del ser humano, algo de la pequeñez del ser humano que no es nada frente a un universo enorme y que es común en todas partes. Somos tontos. Pero no lo digo en un mal sentido.

—¿Dónde está la frontera entre el clown y ponerse simplemente una nariz roja?
—Meterse una nariz de clown no basta. Hay que ser clown desde el corazón. En mi trabajo, mi método se llama Clown Esencial. Y yo digo que en Clown Esencial la técnica hace maravillas, pero lo que hace los milagros es la entrega. La técnica está y tiene que estar. Como cualquier arte, tiene una técnica. El clown tiene una gramática muy precisa. Es música, es solfeo.

—En su método aparece mucho la idea del niño interior. ¿Qué encuentra cuando vuelve hacia la infancia?
—Mi trabajo tiene mucho que ver con el niño interior o la niña interior. Cuando vamos hacia la infancia para reconquistar esas energías de vitalidad, espontaneidad, creatividad y amorosidad, también nos encontramos con heridas profundas. Entonces parte de mi trabajo es acompañar a las personas en esta reparación de las heridas.

—¿Se puede enseñar autenticidad o solo se puede contagiar?
—Se puede enseñar. Hombre, hay una cuestión de contagio, sí. Pero lo que sí se puede enseñar es el permiso de la espontaneidad. Parte de mi trabajo es darles un permiso a las personas. Y es una parte muy importante. Es como que necesitamos un permiso. Si estuviésemos tú y yo trabajando, de alguna forma yo podría reconquistar mi libertad, mi expresividad y también mi gozo de la vida. De alguna forma necesito tu permiso.

—¿Qué cree que está buscando la gente cuando compra una entrada para verlo o escucharlo?
—Depende de la gente y depende del tipo de entrada. Si hablamos de una forma general, un señor una vez en Santander, en el norte de España, me escribió después de un espectáculo. Yo actuaba para público familiar. Había venido con dos hijos, sin su esposa, él solo con los dos hijos. Me dijo que había vuelto a sentirse niño, porque cuando era niño su padre lo llevaba al circo a ver payasos. Y me dijo algo muy interesante: al ver a sus hijos reírse tanto, no se sintió tan padre. Se sentía feliz de haberles regalado ese espacio de diversión, de poesía, de poder vivir eso con ellos.

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