Juan Toro, El Mercurio/GDA
Hay que mirar dos veces para encontrar a Mercedes Morán detrás de Ema. Canosa, desgarbada, con las manos casi siempre hundidas en los bolsillos, el personaje de Mis muertos tristes se parece menos a la reconocida actriz argentina que lo interpreta que a una Patti Smith mayor: una poeta con actitud de rockstar , desafiante, incómoda dentro de las convenciones y no del todo adaptada a la sociedad de los vivos.
Ema tampoco parece esforzarse por pertenecer. Es una médica recién jubilada que desde niña puede ver a los muertos y que, después de una vida marcada por la incomprensión, termina por sentirse más cómoda con ellos que con las personas que la rodean.
“Hay algo en su carácter que se construyó con el peso de este don al que está condenada”, dice Morán. “Hay algunas emociones que pareciera que no siente, como el miedo, la curiosidad, la sobreadaptación. Y hay una familiaridad con los muertos: a veces se siente más cómoda con ellos que con los vivos”.
Ema es el centro de Mis muertos tristes, una coproducción entre Argentina y Chile de cuatro episodios, dirigida por Pablo Larraín que Netflix estrenó el jueves. Antes se presentó en competencia oficial del Festival de San Sebastián, donde fue presentada como una película de 187 minutos.
Protagonizada también por Dolores Fonzi, Alejandra Flechner y Carolina Álvarez, la producción parte del cuento homónimo de Mariana Enríquez e incorpora personajes y pasajes de otros relatos, como “Julie” y “Un lugar soleado para gente sombría”. La adaptación estuvo a cargo de Enríquez, Guillermo Calderón, Anastasia Ayazi y el propio Larraín.
Morán ya había leído los cuentos cuando recibió la propuesta. “Me había fascinado mucho con el personaje de Ema”, cuenta. “Cuando me ofrecieron el proyecto, la combinación entre Mariana Enríquez y Pablo Larraín me pareció alucinante. Dije: ‘Acá tiene que salir una bomba’. Fui muy feliz y muy confiada a descubrir cuál era el lenguaje de la serie, cuál era el humor, si había humor en esta mezcla de lo fantástico con lo social”.
La historia encuentra a Ema atravesando un duelo anómalo: su madre murió, pero ella puede verla, conversar con ella y prolongar un vínculo que para cualquier otra persona habría quedado interrumpido.
“Fue muy apasionante imaginar un estado de duelo con una madre muerta que sigue conviviendo con ella y con la que puede seguir hablando”, dice Morán. “Puede ser una gloria o una desdicha”.
—La serie toca temas duros, pero Ema no tiene grandes reacciones. ¿Cómo enfrenta ese desafío actoral?
—Mi mayor temor era que todas esas características la hicieran ver como una actriz inexpresiva. Tenía muy claro que todo lo que ella no expresaba estaba como pensamiento dentro de su cabeza, y tenía la tranquilidad de saber que una cámara de Pablo podía leer esos pensamientos. Desde niña, su don le valió acusaciones de locura, castigos y burlas. Cuando aquello que solo ella veía invade la experiencia de los demás, su reacción no es exactamente el terror. “Cuando el resto de las personas empieza a percibir algo de lo que ella ve, eso le genera algún tipo de alivio”, dice la actriz. “Puede compartir una experiencia que hasta entonces había sido solo de ella. Lo que genera terror a los otros, a ella le genera un poco de alivio”.
La serie no se instala completamente en el terror, el drama, la comedia ni el realismo social. Todo permanece, dice Morán, “en el filo”.
“Es muy perturbadora, y esa es una característica que a mí, como espectadora, me resulta muy atractiva”, dice. “También es impredecible: si pausás en cualquier momento y preguntás cómo sigue, no se sabe. Cualquier cosa puede pasar.
—¿Cambia en algo la actuación que el proyecto sea película en San Sebastián y serie en Netflix?
—Nada cambia en la investigación, en la interpretación de la dinámica familiar ni en la búsqueda de la verdad de cada personaje. Probablemente, sea más difícil generar algún tipo de verdad en un género fantástico que en uno hiperrealista. Pero, más allá de lo literal, acá se tocan grandes temas: la vida, la muerte, los miedos, la culpa, la posibilidad del perdón y la necesidad de pedir perdón.
La mayor presencia de autoras, guionistas y directoras amplió, según Mercedes Morán, las vidas femeninas que llegan a la pantalla. Cuando las mujeres comenzaron a contar sus historias, también aparecieron protagonistas que habían dejado de tener 20 años.
Morán detecta una recurrencia: muchos cineastas usan su primera película para intentar resolver algo de la relación con sus madres. Ella responde con una broma vuelta casi método de investigación: “Siempre les digo: ‘Presentame a tu madre y creo que voy a entender mejor todo lo que querés contar’.
Es algo común que en el cine las grandes historias suelen ser de personas en sus 20, en el teatro no es tan así.
En los últimos años interpretó a mujeres que envejecen sin volverse secundarias. En Norma revisa los mandatos que organizaron su vida; en Elena sabe, una madre con párkinson busca comprender la muerte de su hija; en Mis muertos tristes, Ema se jubila y atraviesa un duelo. Morán no intenta defenderse de esas edades, incluso cuando le ofrecen personajes mayores que ella: “Algo ha cambiado”.
—¿Lo pudo experimentar?
—Siento que he contribuido, porque no me resisto a hacer personajes de mujeres mayores o mayores que yo. La verdad es que, más allá de que después verme me cuesta, en el momento de hacerlo me resulta más fácil y más cómodo. No estoy pendiente en ningún momento de cómo se me ve, de si luzco de determinada manera o no. Sacarme de encima esa mirada me ayuda mucho a estar presente en el momento de hacer la escena.
Su método de actuación comienza en el cuerpo. Antes de buscar las motivaciones profundas de una mujer, necesita saber cómo ocupa una habitación.
“Nuestro cuerpo expresa lo que pensamos, lo que sentimos, los complejos que tenemos, lo que nos gusta, lo que nos hace sentir cómodos o lo que nos pone tensos”, dice. “Empiezo por el aspecto, el peinado, cómo camina, cómo se sienta, cómo se ríe. Empiezo de afuera hacia adentro, hasta llegar al pensamiento.
—¿Qué fue lo primero que apareció de Ema?
—Tiene una manera de hablar desapasionada. Aun cuando manifiesta hartazgo o enojo, hay algo que no subraya ni enfatiza nunca. En una de las primeras escenas ella insulta. Lo hice, pero no de la manera en que lo habría hecho: lo hice sin ningún énfasis. También aparecía algo del humor. Me hacía gracia que tuviera mejor vínculo con los muertos que con los vivos que la rodeaban.
Morán escritorra con un libro que viene a presentar a Montevideo
La maternidad atraviesa el trabajo reciente de Mercedes Morán. Publicó en Planeta Madre mía, un libro de relatos sobre la educación sentimental y sexual que recibió de su madre, Cuca, y las marcas de esa relación; lo viene a presentar a la feria Internacional de Libro de Montevideo, el 16 de octubre.
A los 70 años, como madre de tres mujeres adultas y abuela de cuatro nietos, dice que ahora le interesa especialmente la maternidad de los hijos adultos. “ Me interesa mucho reflexionar sobre qué es maternar hijos adultos”, dice. “Es un rol que tenemos que aprender cuando ya creímos haber aprendido todo. Ya los chicos se fueron, y resulta que ahora aparece un comportamiento que te pide no intervención, no opinión y seguir estando ahí como siempre”.
Morán cuestiona una construcción social que presenta la maternidad como naturalmente plena y exige una entrega sin contradicciones. Cuando los hijos se vuelven adultos, dice, la tarea es aprender a permanecer cerca sin ocupar todo el espacio: “Es esa cosa de ‘acá está tu madre y siempre estará’, pero más calladita la boca, sin opinar mucho sobre la vida que hacen. Los hijos se convierten en los mejores maestros, pero la maternidad es exigente siempre.
Esa inversión de papeles se volvió concreta durante la escritura de Madre mía. Manuela Martínez, su hija menor, es actriz y escritora. Cuando Planeta propuso que editara el manuscrito, la hija pasó a corregir a la madre. “Compartimos una experiencia que nunca antes habíamos compartido. En el libro hablo de cómo una se va dando cuenta de que los hijos son los maestros, y ella literalmente se convirtió en mi maestra de escritura.
Morán ya había coescrito Las diosas se desnudan, creado el unipersonal Ay, amor divino, participado en el guion de Norma y adaptado obras de teatro. Pero, según explica, hasta ahora había escrito fundamentalmente como actriz y no con la intención de publica. “Yo escribí otras cosas, pero nunca para publicar”
—¿Y qué aprendió de su hija en el proceso?
—Siempre terminaba las historias con un remate. Manuela me decía: “No empieces siempre por el principio, no siempre tenés que rematar. Esto no es para ser dicho ni para ser actuado, es para ser leído”. Aprendí un montón.