Alexis Soloski, The New York Times
Nadie le gritó nada a Keira Knightley cuando salió de un lugar de ensayo en el norte de Londres. Ninguna cámara disparó mientras caminaba las pocas cuadras que la separaban de un pub del barrio, se acomodaba en un reservado de una esquina y se sacaba los lentes de sol.
No siempre fue así.
Knightley tenía 16 años cuando filmó la película que la lanzó a la fama, Bend It Like Beckham, y apenas 17 cuando fue elegida para la franquicia de Piratas del Caribe y para Realmente amor. Pasó el final de su adolescencia y los primeros años de sus veinte filmando películas de alto perfil como El rey Arturo y Orgullo y prejuicio (que la nominó al Oscar), mientras vivía bajo la mirada implacable de los paparazzi. Los fotógrafos, a menudo una docena o más, acampaban frente a su casa y la seguían por Londres, gritándole “puta” y “zorra” con el único propósito de provocarla. Los tabloides intervinieron su teléfono.
“Sentí que un día me habían disparado desde un cohete y que el mundo entero se había vuelto completamente loco”, contó una tarde de fines de setiembre, mientras compartía una botella de agua con gas. Recordó que la perseguían hasta el consultorio de su terapeuta y que este le decía que era la única paciente cuya paranoia era completamente real.
En aquella época, Knightley tenía algunas estrategias. Intentaba arruinar las fotografías usando la misma ropa durante varios días o quedándose quieta en la calle. Se volvió cada vez más introvertida. A los 22 años sufrió lo que ella misma describió como un colapso nervioso y abandonó la actuación durante un año. Cuando regresó, tomó decisiones diferentes.
“Di un paso atrás de manera muy consciente”, dijo, mirando por la ventana y jugando con un anillo que llevaba en un dedo. “Definitivamente, eso condicionó mi carrera”.
Eso fue hace casi dos décadas. Por eso es una coincidencia —aunque quizá no del todo— que sus dos proyectos actuales, la serie de Netflix Palomas negras y una adaptación teatral de La vida de los otros, la ganadora del Oscar, aborden explícitamente la vigilancia.
En Palomas negras, que regresa el jueves 5 con su segunda temporada, interpreta a Helen, una espía a sueldo casada con el primer ministro británico. En La vida de los otros es Christa-Maria, una actriz vigilada por un agente de la Stasi.
“Tengo el recuerdo de haber vivido la experiencia de que me siguieran; tengo el recuerdo de haber vivido el escándalo de las escuchas telefónicas”, dijo. “Así que conecto con eso desde un lugar personal”. Pero hay una salvedad: “Pero estas historias son más interesantes que mi conexión personal con ellas”.
Hija de actores, Will Knightley y Sharman Macdonald -quien también es dramaturga-, dedicarse a la interpretación parecía inevitable. “Vengo de una familia de actores y escritores, así que eso fue lo que siempre vi”, dijo Knightley.
Aunque ya era famosa durante la adolescencia, nunca fue a una escuela de arte dramático. Pero sus padres, especialmente su padre, le enseñaron los fundamentos del oficio: el análisis de guion y el trabajo emocional. Incluso entonces tenía un talento particular para interpretar personajes reprimidos, con enormes reservas de sentimientos -deseo, rabia, rebeldía- apenas ocultos bajo sus fachadas imperturbables.
La fachada siempre le resultó natural a Knightley. Es observadora por naturaleza y también reservada. “En mi vida cotidiana, cuando trato con la gente, mantengo bastante distancia”, dijo. “Emocionalmente, si me ponés en una situación de mucho estrés, no vas a ver demasiado de eso reflejado en mí”.
Disfruta de esa distancia, de esos límites. “Es bastante divertido jugar con ellos”, explicó.
Gore Verbinski, director de las tres primeras películas de Piratas del Caribe, conoció a Knightley cuando ella tenía 17 años. Ya era una actriz de una fuerza extraordinaria. “Plutonio”, fue la palabra que utilizó, acompañándola de un exabrupto para darle énfasis. Mientras conversaban sobre el personaje que ella interpretaría, una joven encorsetada que encuentra su libertad a través de la piratería, Verbinski ya podía advertir “la rebelde que estaba incubándose en su interior”, recordó.
No puedo decir que haya visto a esa rebelde durante la hora o las dos que pasamos en el pub. Lo que vi fue algo posiblemente mejor, teniendo en cuenta las turbulencias de los primeros años de su adultez. Vi a una mujer común, de humor seco, aparentemente equilibrada y profundamente involucrada en su vida familiar junto a su marido, el músico James Righton, y sus dos hijas. Tenía cierta tendencia a evitar el contacto visual y prefería mirar por la ventana o recorrer el pub con la mirada. Dadas sus primeras experiencias con la prensa, era comprensible.
Admitió, con amabilidad, que no aceptaría una entrevista como esta si no tuviera que hacerlo. “Si tuviera total libertad para elegir, los únicos que serían públicos serían los personajes”, dijo.
Incluso hoy, Knightley no termina de entender por qué se convirtió en un blanco tan frecuente de los tabloides, aunque reconoce que otras mujeres de aquella época -Sienna Miller, Amy Winehouse, Lily Allen- la pasaron igual de mal o incluso peor.
“Mi vida era muy tranquila”, dijo. “En realidad, y de una manera curiosa, eso fue una especie de salvación. No podías culparte a vos misma”.
Después de haber sido víctima de espionaje, tendría sentido que Knightley quisiera explorar el otro lado de esa experiencia en su trabajo. Pero esa no fue la razón por la que aceptó Palomas negras, y su aproximación al personaje no tiene una relación directamente personal con ella.
“Querés crear un ser que se comporte de maneras extrañas en determinadas circunstancias”, explicó.
La particular extrañeza de Helen —su falta de escrúpulos morales— entusiasmó a Knightley. Y, como madre que trabaja, le interesó la manera en que el personaje compartimenta su vida laboral y familiar. Hasta ahí llega la conexión personal.
En la segunda temporada, los extremos son todavía más violentos. El marido de Helen (Andrew Buchan) se ha convertido en primer ministro. “Ella está más expuesta, lo que significa que hay más en juego, y eso es emocionante”, dijo Knightley. “También significa que tiene un margen de acción un poco más limitado”.
Desde mediados de sus veinte años, Knightley se inclinó por películas más pequeñas y no había tenido un papel importante en una serie desde que protagonizó una adaptación de Doctor Zhivago para la televisión pública estadounidense en 2002. Sin embargo, hace algunos años decidió buscar una serie que se filmara en Londres. Ella y el guionista Joe Barton (Giri/Haji) comparten representante. Barton escribió el episodio piloto de Palomas negras en una maratónica semana de trabajo, justo después de Navidad de 2022, y dos semanas más tarde se reunió con Knightley en una cafetería.
“Me cayó bien de inmediato, era muy sencilla, muy accesible y tenía un sentido del humor muy británico”, recordó Barton.
Esa simpatía era fundamental. Helen, que se casa con un parlamentario por orden de una misteriosa organización de espionaje, hace cosas verdaderamente terribles. Sin embargo, el público necesitaba ponerse de su lado.
“El truco de la serie consiste en conseguir que el público aliente a personas que, objetivamente, son bastante inmorales”, dijo Barton. “Necesitábamos ese carisma de estrella de cine”.