Quince años después del inicio de la revolucionaria aventura televisiva de Game of Thrones, el sinsabor de su temporada final todavía se siente en la boca del público. Un cierre por debajo de su grandeza dejó asentada la convicción de que todo debería haber terminado antes. Fueron 73 episodios; se podrían haber ahorrado unos cuantos.
Una suerte de resarcimiento se ensaya con House of the Dragon, que el domingo concluyó su tercera temporada en HBO y confirmó que la cuarta será la última. La idea original del equipo creativo era contarla en cuatro ciclos de 10 episodios cada uno (al final, la 2 y la 3 solo tuvieron ocho); según el escritor y productor ejecutivo George R. R. Martin, es la duración necesaria para hacerle justicia a la Danza de Dragones, la guerra que aquí se narra.
Más que estirarse, el universo GOT hoy apuesta por expandirse. Su otro spin off, El caballero de los siete reinos, tendrá segunda parte en 2027, y Warner acaba de confirmar que habrá una película sobre la conquista de Aegon. Será la primera vez que un derivado de Game of Thrones llegará a la pantalla grande.
Con ese cronograma, la despedida de House of the Dragon saldrá recién en 2028. Y a juzgar por el abrumador episodio del domingo, hay motivos para pensar que la espera puede valer la pena.
Ambientada unos 200 años antes de los hechos de GOT, HOTD cuenta el enfrentamiento por el trono entre Rhaenyra Targaryen, primera reina en la historia de Westeros, y su medio hermano Aegon II. Sus dos primeras temporadas estuvieron dedicadas a preparar, lento —muy lento—, el terreno para la guerra, priorizando el drama sobre la acción. La tercera, finalmente, nos recordó qué era lo que nos gustaba tanto de este universo de intrigas, espadas y dragones. De qué estaba hecha (y dónde estaba guardada) la pasión por Game of Thrones.
La crítica la recibió como la entrega más sólida de House of the Dragon. Las reseñas reparan en un puñado de elogios: un ritmo más ágil, una escala mayor, batallas que tienen consecuencias y una historia que empieza a pagar lo que había sembrado durante horas.
El principal problema que había instalado la segunda temporada tenía que ver con la sensación de que House of the Dragon estaba constantemente preparando algo que nunca parecía suceder, como si no terminara de animarse a dar el salto. La tercera —la penúltima— la hace volar por los aires.
Ese despegue se nota en lo bélico, pero también en los personajes, que no solo mueven sus piezas sobre un tablero, sino que empiezan a quedar atrapados en las consecuencias de sus decisiones. La Danza de Dragones deja de ser una disputa de sucesión y empieza a parecerse a lo que siempre debió ser: una tragedia familiar a escala de reino.
Lejos de abandonar la intriga política, los nuevos episodios se impregnaron de acción para trascender las extensas conversaciones sobre lo que estaba por venir, con los dragones y jinetes desplegándose de un lado al otro y con la lucha cobrándose vidas por doquier. El espectáculo de las batallas se equilibra con el peso de las muertes, que aquí sirven como catapulta para el siguiente paso. Si hay una lógica que impera en esta historia es, más que nunca, la de la causa y el efecto.
Eso acompaña la evolución de los personajes, que recorren arcos cada vez más retorcidos. Uno de los grandes méritos está en Emma D’Arcy, quien encarna a la reina Rhaenyra. La constante tensión entre honrar el legado de su padre, el pacífico rey Viserys, y ser respetada como una verdadera monarca es una bomba a punto de desatar una reacción en cadena. O como se lo advierte una y otra vez su examiga, exmadrastra y ahora rehén Alicent Hightower (Olivia Cooke, siempre sólida), el reino la está cambiando. Y su transformación es una amenaza feroz.
(A continuación, spoilers de la tercera temporada)
La muerte de su hijo Jace en plena batalla en el primer capítulo sumerge al personaje en una angustia de la que solo podrá salir con el impulso de la venganza. Como si fuera poco, su llegada a King’s Landing para finalmente tomar el reinado desemboca en un desbarajuste de miseria y la nula capacidad de gestionar los problemas de la gente, mientras que un nuevo elemento —Ormund Hightower (James Norton)— pone en jaque todos sus avances.
En el juego de tronos, en este tramo de la historia, el pueblo parece absolutamente irrelevante. Y cuanto más tiempo pasa Rhaenyra en el Trono de Hierro, más negro se pone todo a su alrededor.
En ese sentido, el trabajo actoral cobra una espesura importante con variantes en las miradas, los gestos y la composición física que contribuyen a esa atmósfera densa de cada una de las acciones. House of the Dragon no tiene ni un alivio cómico y apenas si le deja un margen al erotismo más que al romance. Esta es una tragedia pura y dura. Y allí no hay lugar para los finales felices.
El otro arco narrativo central —aunque más superficial y acelerado— le corresponde a Aegon (Tom Glynn-Carney), que quemado y malherido por los ataques de la temporada anterior se está dando a la fuga con su servidor, Larys. Sin un dragón que lo haga sentir todopoderoso, su humanidad está reducida al mínimo hasta que un par de situaciones le recuerdan qué sangre corre por sus venas. La repentina resurrección de Fuegosol, desfigurado como él, cierra la temporada con una escena de masacre digna de este universo.
Los dragones se cargan una parte importante de los ocho episodios y varios protagonizan una de las escenas más deslumbrantes de toda la saga Game of Thrones, un duelo a puro CGI capaz de dejar al público con el corazón en la boca. Otro punto alto lo marca el desenlace de la temporada con la traición de Ulf el Blanco, cuya bestia arrasa con todo a su paso en la imponente batalla de Tumbleton, que deja la catástrofe servida en bandeja.
La desesperación de Alicent por proteger a su hija Helaena (Phia Saban), la reconstrucción física y espiritual de Aemond (Ewan Mitchell) e incluso el rol de Daemon (Matt Smith) en esta historia quedan diluidos ante la supremacía de Rhaenyra, que se va devorando a sí misma y acapara toda la atención a su paso. Para cuando termina la temporada, está más firme, sádica y sola que nunca, con otra muerte a sus espaldas y un telar bordado que muestra su futuro, lleno de sangre y fuego.
Nada bueno puede salir de ahí, y sin embargo, hay esperanza: entre tanta muerte, House of the Dragon —la serie— está más viva que nunca. Ahora, la pregunta ya no es cuándo va a empezar la Danza de Dragones. La pregunta es qué quedará en pie cuando termine.