Es la historia oficial de Ana María Casanova, la estrella conocida como Moria Casán, y eso queda certificado en su omnipresencia controladora en todos los episodios de Moria, la serie de ocho episodios que acaba de estrenar Netflix.
Casán es la narradora de su propia vida y una suerte de demiurgo que juega con acontecimientos que son vistos siempre desde su punto de vista. Es, principalmente, una hagiografía que reúne los greatest hits de una vida pública que atraviesa más de 50 años.
Moria, así, es una suerte de autorregalo de cumpleaños número 80, un acontecimiento que enmarca la aventura que tiene que ser alguien como ella. Está su camino artístico, su accidentada vida romántica y, principalmente, la relación con su única hija, Sofía Gala Castiglione, que es el puerto en el que siempre termina este barco. Es, también, una declaración de amor entre madre e hija.
Castiglione es una de las cuatro actrices que se necesitan para abarcar tanta mujer y tanto tiempo. Una de ellas es la propia Casán, quien, además de esa presencia de gigantismo sobre el decorado -a lo Anita Ekberg en el episodio de Fellini de Boccaccio 70-, tiene una presencia más terrenal cerca del final.
Su hija la interpreta en sus comienzos y Griselda Siciliani en su adultez, mientras que Cecilia Roth en etapas más cercanas en el tiempo.
La mímesis, una condición indispensable en asuntos como estos, funciona mejor en Castiglione, quien ha tenido oportunidad de investigar a su personaje desde su nacimiento. No solo se le parece, sino que encontró el tono de voz tan característico de su madre.
Debe haber sido todo un viaje interpretar a su progenitora en el período del vínculo amoroso con su padre en la vida real (el cómico Mario Castiglione) e incluso recrear su propio parto. Al final, hace de ella misma, lo que genera un momento metacinematográfico raro.
Siciliani y Roth parecen ir por otro lado. La primera compone a la diva como una suerte de drag queen, lo que puede ser intencional, ya que Casán es presentada como la reina de la comunidad queer. Pero lo que consigue es una relectura de su personaje en el tiempo que abarca su relación con Luis Vadalá y su paso por los talk shows de la tarde (donde, por ejemplo, instauró su “si querés llorar, llorá”, una de sus tantas frases que están en el vocabulario popular) o la inauguración de aquellas Playa Franka. Casán es presentada como la líder de una revolución sexual argentina.
Roth -cuya presencia abarca la etapa de los programas de Tinelli y su pasaje por una prisión paraguaya- no consigue disimular su propia voz detrás de la de Moria y su físico más menudo no se parece a su retratada.
Quizás eso sea parte de la propuesta, que quizás tenga más intenciones lúdicas de las que se notan. En todo caso, la presencia de Siciliani y Roth, dos de las actrices argentinas más importantes junto con Castiglione, habla de la estatura de la propia retratada, solo abarcable con nombres así de importantes y cercanos.
Jugando desde el comienzo con lo artificial, la propuesta del guionista y director de Moria, Javier van de Couter -quien escribió el guion de Alanis, un papel consagratorio para Castiglione, y la miniserie sobre la actriz transexual de la década de 1990, Cris Miró-, es su primer proyecto para Netflix.
Acá construye un mundo pop y kitsch que es propio de Casán, en donde la brillantina y la purpurina, los vestuarios exagerados y los escenarios reflejan el espacio adecuado para contar algo así. Como si lo terrenal no fuera suficiente, hay cuestiones mágicas y místicas que explicarían el nivel de fenómeno del personaje central.
El egotrip es otra característica inevitable que forma parte del encanto de Casán y que cualquier relato que la refiera no puede saltear. No hay fallas en el personaje y sus debilidades son escasas y mostradas con cierto pudor. Eso consigue transmitir lo avasallante de su personalidad, aunque se evita cualquier atisbo de profundidad, sin aventurarse a vericuetos más personales o un poquito más hondos.
Lo mismo pasaba con Coppola, otra miniserie sobre un característico personaje argentino que se limitaba a recrear anécdotas ya contadas. Así, Moria, que llena el ojo gracias a unas ideas interesantes, está presentada con la rutinaria aspiración de los productos de su calaña: no complicarse demasiado y entretener sin exigencias. Termina siendo un retrato vistoso y rutinario de una mujer extraordinaria.
Había, quizás, otra vida para contar, otras motivaciones, otros dolores. Casán es un personaje inabarcable, la niña buena que usó su voluptuosidad y su garra para convertirse en un símbolo argentino, la resiliente, la inalcanzable, la fantasía universal. Quizás por eso cualquier intención de contar su vida, con lo ya sabido, es jugar para la tribuna. Pero así son las cosas en tiempos tan algorítmicos. Es Netflix.
Al final, la serie rompe la ilusión y todo termina en una gran fiesta autocelebratoria con la mismísima Moria bajando a tierra, en la que ficción y realidad se confunden. Aparecen personajes de su vida, reafirma el vínculo con su hija, abraza a sus nietos, aparece Marcelo Polino, su amor de madurez, Pato Galmarini, sus amigos y las actrices que la interpretaron.
Queda claro ahí que este es el mundo de Moria: nosotros solo vivimos en él.