El Gran Gustaf estrena nuevo espectáculo: "Mi objetivo siempre es conmover: hacer reír y emocionar"

El actor, escritor, "conduactor" y comediante presenta su décimosegundo monólogo, "Crónica de un pequeño milagro" en el Teatro Movie pero antes habló con El País de eso y un montón de otras cosas

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El Gran Gustaf

Conversar, café mediante, con el actor, comediante, escritor y conduactor conocido como El Gran Gustaf siempre abarca un montón de temas, incluyendo la pasión compartida por el cine y por dos cuadros chicos; todo le interesa. Esta vez —on the record al menos— la charla no pasó por ahí sino que Crónica de un pequeño milagro, el decimosegundo monólogo que escribe, actúa y dirige. Se estrena el viernes 22 en Teatro Movie, y va el 29 de mayo, el 5 de junio y, después del parate nacional del Mundial, el viernes 24 de julio.

En todos estos estos años, Gustaf ha llenado escenarios de todos los portes (con su anterior espectáculo, La dimension de la felicidad giro por todo el país y agotó el Teatro de Verano en Montevideo), convirtiéndose en una de las figuras más convocantes de la cultura uruguaya. Lo ha ayudado, además, su presencia en el prime time televisivo, al que llegó hace 20 años y desde 2021 lo tiene como anfitrión de de éxitos como Los 8 escalones y actualmente en la quinta temporada de Ahora caigo, el programa más visto de la oferta de Canal 4 y, a veces, dice, del horario central. “Estoy feliz con lo que pasa con la televisión”, dice Gustaf, quien en persona es exactamente igual de gracioso y ocurrente a lo que se ve en pantalla aunque tiende a ser bastante reflexivo.

Crónica de un pequeño milagro es, adelanta, una obra distinta a lo que ha venido haciendo. Es un monólogo teatral donde evoca, desde la magia de los recuerdos y el humor, su infancia y la vida de su barrio y sus padres a través de un portal en el Parque Capurro. Como siempre, promete risas y emoción, un componente cada vez más presente en su obra.

Sobre eso, la astrología, el tipo de teatro que quiere hacer y cuál sería un pequeño milagro, Gustaf charló con El País.

—Acaba de cumplir 50 años...

—Así es, el 25 de abril. La misma fecha en la que nacieron Al Pacino, René Zelleweger, Johan Cruyff, Carlos Muñoz y Rubén Sosa. Soy taurino.

—¿Y qué significa ser taurino?

—Soy menos terco por ser de abril; el decanato de mayo es más terco. Aunque estoy descubriendo que hay un signo todavía más terco: Libra. Libra es bravísimo. Tauro es divino: ama el proceso. Un ladrillo, dos ladrillos.

—¿Así es usted?

—Sí. Amo hacer las cosas 30 veces hasta llegar a destino. No saltearme el proceso. No me interesa el “polvito efervescente” para que todo salga ya. Voy tres horas antes a la función y hago un ensayo técnico, por ejemplo.

—¿Y qué es lo malo de Tauro?

—Visto desde afuera, tal vez ser muy obstinado. Muy empecinado. Voy con la mía, pero si hay una opinión mejor, voy con esa. Igual nos ven como tercos, “cuadraditos”. Somos muy terrenales. Yo, por ejemplo, si no tengo para comprar algo, no lo compro. No compro primero y veo después cómo pago.

—Eso también es medio de barrio, de otra generación.

—Sí, totalmente. Y también amar cosas simples: comer, tomar un té, un café. Esto me encanta.

—¿Y cómo le pegaron los 50?

—Divino. Mejor que los 40. Quería llegar y tener el certificado: “Usted tiene 50”. Me siento bien, maduro, estable, respondiendo a la edad. Hoy existe una especie de adolescencia permanente, muy ligada a las pantallas y al celular. Está buenísimo conservar cosas jóvenes, pero otra cosa es actuar como si uno tuviera 18 cuando tiene 50. Ahí se pierde responsabilidad. Intento obrar como alguien de 50. Ser coherente también es divertido.

—Hace 20 años arrancó como “conductactor” con Las Grandes Ligas en Canal 10. ¿Cómo recuerda esos tiempos?

—Todo lo que hago hoy lo aprendí ahí. Era un Willy Wonka y mire las coincidencias: gran plató, tribuna, programa de entretenimiento con ingrediente teatral. Aprendí mucho y absorbí de todos lados. También me sirvió mucho la cultura pop de los 80, haber crecido mirando televisión en los 80. Ver tele en familia te enseñaba algo: qué puede conmover o divertir a ese núcleo familiar. Y siempre pienso en eso. Incluso me imagino al tipo que está en un hospital mirando la tele. O al que comparte habitación y dice: “¿Por qué pusiste esto?”. Pienso en esas pequeñas cosas.

—Después de eso volvió a la conducción recién con Los ocho escalones, en 2021.

—Claro, porque entre medio hice ficción, Abeijón, cosas así pero nunca en el rol de anfitrión o cabeza de compañía. Aunque no me interesa la conducción clásica; me gusta que haya algo actoral. En Los ocho escalones sentí que podía jugar con eso: desarrollar historias a partir de una pregunta, improvisar. Terminó transformándose en otra cosa. Terminé con un delfín inflable, se había desvirtuado (se ríe).

—Y encontró un partenaire en Julio Frade...

—Nos llevábamos bárbaro. Él tenía ese espíritu de troupe desde Telecataplum. Una vez me dijo: “Qué pena que no naciste antes; eras para nosotros”. Fue un halago enorme. Nos amábamos. Me tiraba una y yo seguía. Y tenía historias increíbles y yo amo escuchar historias. De ahí me nutro.

—En otra entrevista decía que soñaba con hacer cine y ser parte de un clásico del cine uruguayo. ¿Sigue con esa idea?

—Sí, pero con historias tipo Luna de Avellaneda, el club de barrio, o algo más tipo Luis Sandrini. Algo que tenga esa emoción popular. Incluso escribí una película. Pero la comedia es todo un tema. Me interesa una comedia que emocione.

—A veces lo popular se mira con desdén, como si fuera menor porque conecta con mucha gente...

—Esa es, justamente, mi batalla: hacer algo popular sin resignar exigencia artística.

—Sus obras fueron ganando emoción con el tiempo. ¿Es así?

—¿Pero eso no está en la vida? Lo que pasa es que hoy hay una moda del arte aséptico: técnicamente perfecto, impecable. Son obras avaladas por un círculo de entendidos que valoran la perfección técnica aunque no conmuevan. Mi padre, que era obrero, pidió para ir a ver La empresa perdona un momento de locura, con Julio Calcagno en el club Universal, en la calle Carlos de la Vega. No le interesaba especialmente el teatro, pero esa obra lo tocó. Eso es lo que yo quiero lograr: que alguien que jamás piensa en teatro quiera ir porque siente que ahí hay algo que le habla.

—¿Conmover es lo principal?

—Sí. Pero también combatir el aburrimiento. Si no lográs captar la atención, no podés emocionar a nadie. Mi objetivo siempre es conmover: hacer reír o emocionar.

—Y eso exige mucha estructura en la escritura, por ejemplo.

—Muchísima. En el texto, en la puesta en escena y en el diagramado de cómo llevar el espectáculo. Para Crónica de un pequeño milagro trabajamos con una escenógrafa argentina que ya en estos días entra al montaje de lo que va a ser la obra.

—¿Es distinto a lo que venía haciendo?

—Sí, es un monólogo teatral. Además de una pantalla, hay, por ejemplo, una recreación teatral de la fachada del Parque Capurro diseñada por Veltroni. Oficia de un portal donde empiezan a mostrarse ciertos milagros y el mundo onírico de ese niño de dos años que era testigo de lo que le pasaba terrenalmente a sus padres: no llegar a pagar el alquiler, mi padre trabajando en una textil, la peluquería, el amigo de mi viejo. Todo eso es mágico a través de la distancia. Es más arriesgada. Quiero estirar el límite, llegar a lo máximo en comedia física, que es mi experimentación, ver hasta dónde puede llegar mi cuerpo en todo lo gestual. Y también en la puesta en escena.

—¿Por qué necesitaba este desafío ahora?

—Es parte de la evolución. Mis obras siempre empiezan siendo otra cosa. Acá arranqué escribiendo una historia de aventuras que ni siquiera me tenía como protagonista y orgánicamente se fue para otro lado. A veces escucho una música y aparece otra escena.

—Entonces es autobiográfica...

—Totalmente y es la primera vez que hago algo autobiográfico de Capurro mismo, pero a través de lo arquitectónico. Caminé por el Parque Capurro y dije: “¿Cómo puede ser que no exista una obra sobre esto?”.

—¿Hay una conciencia de clase en lo que hace con ese rescate de lo barrial?

—Sí, pero no desde lo económico. Mi padre, que fue hasta quinto de escuela, era un rey. Tenía una riqueza espiritual enorme, una forma de hablar. Había una textura que no dependía de cuánto dinero se tiene. La clase no dependía de cuánto tenías.

—¿Y eso aparece en la obra?

—Totalmente. Aparece esa idea del pequeño milagro. Buscar el milagro, provocarlo, no esperarlo es lo que persiguen esos personajes. Para mí es algo muy uruguayo. La metáfora perfecta es el gol sobre la hora: cuando todo parece perdido y de repente sucede. Esa emoción colectiva de abrazarte con cualquiera. Ese es un sello nuestro.

—Y desde lo cotidiano.

—Sí, porque no me sale hablar de “los grandes temas”. Yo no puedo presentar una obra poniendo tres tomos arriba de la mesa y diciendo: “Voy a hablar del poder, la belleza o la libertad”. No sirvo para eso.

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