Alejandro Dolina: "Pienso que soy un poco inusual, no una cosa que resalta pero sí que no es frecuente"

El conductor y escritor argentino vuelve a Uruguay con su programa "La venganza será terrible" pero esta vez se presentará en el Antel Arena, su mayor fonoplatea local.

Alejandro Dolina
Alejandro Dolina
Foto: Santiago Filipuzzi - La Nación / GDA

"Me alegra mucho que me diga esas cosas. Imagínese: para mí, como humilde artista, no hay recompensa más grande que ese cariño”, me dice Alejandro Dolina ante mi poco profesional agradecimiento por los momentos regalados. “Es encontrar viejos amigos que uno recién conoce”.

Por eso, seguro que Dolina está lleno de viejos amigos que recién conoce. Están, y se cuentan por miles, los oyentes de La venganza será terrible, el programa que conduce hace más de tres décadas y que hace mucho se volvió una suerte de circo ambulante. La troupe llega a Montevideo el 22 de agosto para su fonoplatea más ambiciosa: un Antel Arena. Quedan entradas en Tickantel y van de 800 a 2.100 pesos.

El programa -que en Montevideo va por FM Del Sol de lunes a viernes a la medianoche- genera complicidades con sus oyentes a partir de una combinación de reflexiones, leyendas, música y pasos de comedia. Lo acompañan los compinches habituales Patricio Barton, Gillespi y El trío sin nombre, que musicaliza los pedidos del público.

—Quiero agradecerle la inclusión del himno de Liverpool en su repertorio. ¿Cómo llegó ahí?

—Nunca lo conté. Estuve muchos años en pareja con una uruguaya y visitaba Uruguay con frecuencia y uno de sus tíos, Washington Martínez, me enseñó todas las tradiciones montevideanas, casi como un maestro de escuela. Me enseñó cantos de murga, barrios pintorescos de Montevideo que el turista no suele conocer y también canciones del fútbol y de la política.

—¿Hay una reivindicación del cuadro chico ahí?

—Sí, claro, pero abre, sin embargo, una discusión sobre qué significa realmente el cuadro chico. Podríamos metaforizar en un sentido directo: es el cuadro pobre, humilde, de barrio, que con mucho esfuerzo enfrenta a las grandes corporaciones, que serían los cuadros grandes. Pero también puede haber una metáfora inversa: los cuadros grandes tienen muchos hinchas. Cuando sale campeón Peñarol hay más gente contenta que cuando sale campeón Liverpool. Esa es una metáfora, por lo menos, admisible. Me he visto defendiendo ambas posiciones.

—¿Cómo lidió con el cambio de ser un periodista gráfico a pasar a este tipo de fama?

—No sé si me di cuenta del todo. Pero tengo que decirle algo muy importante: ni el periodismo escrito ni la radio eran mi vocación. Mi vocación era escribir libros, cuentos, novelas, poesía. Lo que pasó fue que tanto las revistas como la radio fueron hospitalarias con mis modestas habilidades. En la revista Humor me dejaban escribir notas que, más que periodísticas, eran pequeños cuentitos, crónicas ficcionales o ensayos de ficción. En la radio me dejaban ejercer una narrativa oral. Tuve esa suerte y por eso no sentí un cambio entre una cosa y la otra.

—Pero se debe haber notado en la popularidad.

—Eso sí. No es habitual que un periodista escrito sea una figura conocida. Con la radio sí fue una sorpresa y un estupor inicial que a veces se renueva cuando tenemos la revelación de que alguien disfruta lo que hacemos. Cuando hacemos teatro con Cora Barengo (La noche extraviada o los libretistas del mundo) y la gente sale emocionada, eso es muy parecido al estupor que uno siente cuando empieza eso que llaman fama. Uno entra a un teatro lleno y se pregunta: “¿Será cierto?”. Y cuando alguien se acerca de manera individual y dice que lo conmoví, vuelvo a preguntarme lo mismo, con alegría y esperando que ojalá sea cierto, que ojalá haya sido capaz de conmover a esa persona.

Alejandro Dolina y Gillespi en "La venganza será terrible". Foto: Difusión.
Alejandro Dolina y Gillespi en "La venganza será terrible".
Foto: Difusión.

—Un momento tradicional es cuando al final sale a saludar al foyer. ¿Cómo vive esa energía?

—Para mí eso es tan importante como la función. Hacemos la función y después viene ese momento en que el público saluda, conversamos un rato, alguno se saca una foto. No me siento obligado a hacerlo: me gusta. Es ver las caras de aquellos que durante la función apenas se distinguen en la oscuridad del teatro. Desde el escenario apenas se alcanzan a ver los anteojos. A la salida uno piensa “Uy, es el de los anteojos que no se rió nunca y ahora me viene a saludar”. Y allí conocí gente muy valiosa, con la que luego mantuve relaciones de amistad y cercanía.

—Lo escuchaba hablando sobre las acusaciones de racismo a Argentina y pensaba que muchas veces no tienen difusión los discursos que parten del sentido común. ¿Siente que hoy es algo atípico hablar desde la prudencia?

—Pienso que soy un poco inusual. No una cosa que resalta, pero sí que no es frecuente. No sigo las modisterías. Y no lo digo como una virtud, sino como un hecho: no me interesan las modisterías de los agentes mediáticos actuales. No me gusta cómo hablan ni el lenguaje que usan. Hablo de la Argentina; del Uruguay conozco menos y siempre ha habido una tradición un poco más prudente. Entonces parece que yo fuera distinto, no porque sea especialmente sensato, sino por ser un poco más cuidadoso. ¿Qué necesidad hay de expresarse ante un micrófono mucho peor de lo que uno se expresa en una tribuna de fútbol donde lo soez es lo clásico? En Argentina hay foros periodísticos donde lo clásico es lo soez. Para no hablar de la política.

—Justo eso lo hace un rara avis.

—Claro. Sin que uno haga tanta fuerza por convertirse en un rara avis, al final lo es con tan poco. ¡Fíjese cómo estará la laguna, que el chancho la cruza al trote!

—En sus Crónicas del Ángel Gris planteaba el enfrentamiento entre los Hombres sensibles y los Refutadores de leyendas. ¿Están ganando los refutadores de leyendas?

—Creo que el refutador de leyendas, al menos en mis textos, es más bien cientista. Son negadores de mitos y de lo popular, pero no son esencialmente personas crueles. Más bien equivocados o seguidores de las corrientes más prometedoras del pensamiento visible. El hombre sensible aparentemente está más ligado a la pasión. En el fondo hay un conflicto más cercano a entre lo clásico y lo romántico. Aldous Huxley en un ensayo divide a las categorías humanas en tres: los materiales, los intelectuales y los espirituales. Los casos extremos están en los loqueros. Entonces, todos tenemos un poco de cada cosa, en distintas proporciones. Y así uno es un poco refutador de leyendas y un poco hombre sensible. Quiero creer que elijo esa posición, cuando quizá sea algo de destino. Si se trata de describir el universo en términos científicos, es preferible ser un refutador de leyendas. Si se trata de escribir poemas, es preferible ser un hombre sensible.

El equipo de "La venganza será terrible", encabezado por Alejandro Dolina.
El equipo de "La venganza será terrible", encabezado por Alejandro Dolina.
Foto: Difusión.

—¿Va a adaptarse a un lugar tan grande como el Antel Arena?

-Estábamos yendo al Auditorio del Sodre y ahí son 1.500, 1.600 personas, que es un aforo grande pero cercano. Ahora uno lo adapta naturalmente, no previamente. Hay un sentido casi innato de los volúmenes de la comunicación. No es lo mismo saludar a un amigo desde 40 metros que darle la mano. Lo mismo ocurre sobre un escenario: hay una entonación propia de los espacios amplios, parecida incluso a la del discurso político. A veces hay que alargar las palabras para que el verso, la ocurrencia o la frase recorran los 60 metros hasta el espectador más cercano. No hay lugar para el susurro. El discurso, claro que fluye mejor cuando somos pocos, pero también la cantidad acrecienta el entusiasmo del público, que responde mejor cuando es más numeroso. Si usted se presenta en un teatro y van pocas personas, el desengaño del actor es paralelo al del asistente que dice “Qué pocos somos”. Si somos cuatro, cómo me voy a parar a gritar bravo, y si aplaudo de pie, el tipo va a creer que me voy, lo que a veces es cierto: no se para para aplaudir sino para ganar la puerta.

—Aunque sigue al aire, La venganza... ha mutado en otra cosa.

—Aquel fenómeno que era hijo de la radio, hoy es hijo del teatro. No quiero decir que no exista interés radial; por supuesto que lo hay. Pero hoy muchísima gente va a vernos al teatro y no estoy seguro de que todos nos escuchen en la radio. Hoy, La venganza se sostiene independientemente de la radio.

—Desde que Washington Martínez le presentó el Uruguay, ¿qué sigue haciendo cada vez que viene?

—Mucho menos que antes. Siempre hay una visita al Subte a comer pizza y otra al Primuseum. También están las visitas a amigos, aunque antes eran más frecuentes y ahora, directamente, vienen a verme al teatro, lo que no sé si me gusta tanto. Empecé a venir al Uruguay muy seguido ya de joven y por eso tengo costumbres que no son las de un artista que visita una ciudad, sino casi de un muchacho. Hasta hace muy poco no concebía una visita al Uruguay sin armar un partido de fútbol. Pero ahora venimos con más premura y menos gente.

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