Todavía no pasó una semana desde el estreno de Michael, la película sobre Michael Jackson, y el fenómeno ya logró su primer hito. El domingo se convirtió en la biopic con mejor debut de taquilla de la historia: recaudó 217 millones de dólares en todo el mundo.
En Uruguay, según datos del distribuidor local difundidos a El País, vendió 17 mil entradas. Es casi lo mismo que llenar un show frente a la Tribuna Olímpica del Estadio Centenario y, además, es la película no animada con mejor fin de semana de estreno en lo que va del año.
Pero el dato más interesante no está en los cines sino en lo que pasa a la salida de las salas. Porque Michael, una película que elige apoyarse en las canciones más que en las turbulencias personales —y recorre el camino desde los Jackson 5 hasta la gira de Bad sin entrar en las denuncias de abuso—, funciona sobre todo como una máquina de reactivar su catálogo musical.
El viernes se publicó la banda sonora y los clásicos de Jackson tuvieron nuevos picos en plataformas. El caso más evidente es “Billie Jean”, que ayer se había metido en el puesto seis de las canciones más escuchadas de Spotify a nivel global. Más abajo, en el 17, aparece “Beat It”. Las dos pertenecen a Thriller, el disco más vendido de la historia y, también, el que mejor condensa todas sus cualidades como intérprete.
En Michael, “Billie Jean” tiene un rol clave: no solo es un punto de inflexión en su obra, sino también el momento en que su alcance trasciende la música. En 1983, MTV se negó a emitir su videoclip porque no programaba artistas negros. La pulseada escaló hasta que el entonces presidente de CBS Records amenazó con retirar el catálogo del sello y denunciar discriminación racial. La señal cedió, “Billie Jean” entró en rotación y Thriller terminó de explotar. Para cuando llegó el video de la canción que da nombre al disco —el corto de 13 minutos—, el formato ya había cambiado para siempre.
“Billie Jean”, además, es especial porque ese mismo año Jackson la interpretó en el especial por los 25 años del sello Motown y estrenó en televisión el moonwalk, el paso que lo consagró como figura pop.
La canción, contó en su autobiografía Moonwalk (1988), empezó a tomar forma mientras manejaba por la autopista Ventura. “Un músico reconoce el material exitoso. Tiene que sentirse correcto, todo tiene que encajar. Así me sentía con ‘Billie Jean’. Sabía que sería grande mientras la escribía”, aseguró. Iba tan absorto en esa idea que ni siquiera advirtió que su Rolls-Royce se estaba incendiando.
“Un chico en moto se acercó y nos avisó. De repente vimos el humo, paramos y toda la parte trasera del auto estaba en llamas. Nos salvó la vida. Si el auto hubiera explotado, podríamos haber muerto”.
Originalmente, la canción se iba a llamar “Not My Lover”, porque Jackson quería evitar que el público la asociara con Billie Jean King, una de las tenistas más emblemáticas de la historia. El motivo era claro: detrás de esa canción irresistiblemente bailable, Jackson narra la historia de una mujer que asegura que él es el padre de su hijo. El estribillo es una negación que se volvió hit mundial: “Billie Jean no es mi amante, es solo una chica que dice que yo soy el padre… pero ese hijo no es mío”.
En Moonwalk aclaró que “nunca existió” una “Billie Jean”. Es, en realidad, una mezcla de historias. En 1997, durante una conferencia de prensa en Tailandia, dio más detalles. “Es una especie de figura anónima. Representa a muchas chicas. En los años 60 las llamaban groupies: se quedaban merodeando en las puertas de los camarines y, con cualquier banda que llegara a la ciudad, terminaban teniendo algún tipo de relación”, relató.
“Escribí la letra a partir de lo que vi con mis hermanos cuando era chico”, agregó en referencia a su época al frente de los Jackson 5. “Había muchas ‘Billie Jean’ dando vueltas. Todas afirmaban que su hijo era de alguno de mis hermanos. Nunca entendí cómo alguien puede mentir con algo así”.
Musicalmente, “Billie Jean” rankea alto en la obra de Michael Jackson. La canción atrapa de inmediato. Despega con una batería seca que marca el pulso como latido. A los segundos entra el bajo: grueso, insistente, casi obsesivo, repitiendo una línea que no descansa y que se vuelve el alma de la canción. Sobre esa base mínima, el clima se construye en capas —chasquidos, un shaker, sintetizadores que aparecen y desaparecen— y adelanta que algo diferente está por pasar.
Lo decisivo es cómo entra la voz. Jackson, uno de los mejores cantantes de la historia, irrumpe cantando bajo, contenido, como si estuviera revelando un secreto. La canción avanza entre la seducción con Billie Jean y la sospecha de que algo va a salir mal en esta historia: “la mentira se puede volver verdad”.
Para cuando llega el estribillo, canta con desahogo, pero la tensión no se libera. Luego narra cómo el caso deriva en tribunales (“por 40 noches y 40 días, la ley estuvo de su lado”) y vuelve al origen: ella se le acerca, el perfume lo envuelve, todo pasa demasiado rápido y termina en su cuarto. Por eso, ya sobre el final, el desahogo, de impotencia, se vuelve un mantra que se repite hasta el fade: “Billie Jean no es mi amante… ese hijo no es mío”.
La canción, producida por Quincy Jones, tiene estampa de clásico instantáneo. El videoclip de la canción, donde Jackson camina por una ciudad nocturna y cada baldosa se ilumina bajo sus pies mientras es seguido por una presencia invisible, fue crucial para su alcance. Pero también para su intención artística. “Los videos de Thriller —‘Billie Jean’, ‘Beat It’ y ‘Thriller’— formaban parte de mi visión”, escribió en Moonwalk. “Quería llevar la música a lo visual al máximo nivel. No entendía por qué tantos videos eran mediocres. Yo quería hacer algo que atrapara, algo que quisieras ver una y otra vez. No los veía como ‘videos’, sino como cortometrajes”.
Meses después, presentó “Billie Jean” en el especial televisivo Motown 25: Yesterday, Today, Forever, visto por casi 50 millones de personas. No quería hacerlo, pero aceptó. La noche anterior todavía no tenía claro qué iba a hacer: se encerró en la cocina, puso la canción y dejó que el cuerpo siguiera la música. De ahí salió la coreografía. El paso central —el moonwalk— no era nuevo: venía de la calle, del breakdance. “Yo lo perfeccioné”, dijo.
Sin embargo, al bajar no quedó conforme. Era perfeccionista. El impacto le llegó después: un niño de unos 10 años se le acercó y le preguntó quién le había enseñado a bailar así. Al día siguiente lo llamó Fred Astaire, uno de sus màximos ídolos: “Sos increíble, los dejaste en pie anoche”. Fue, escribiría después, el mayor cumplido de su vida. Luego lo visitó y le enseñó el moonwalk.
Esa noche, Jackson se convirtió en mito. Uno que, décadas después, vuelve a encenderse con Michael.
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