Silvana Estrada recuerda bien la última y única vez que se presentó en Montevideo. Cuenta, y parece que está sintiendo todo de nuevo: que estaba enferma, que había un frío extremo en la Sala Zitarrosa, que minutos antes de salir a escena ensayó con el cuarteto de cuerdas con el que estaba a punto de actuar, que estaba “nerviosísima”. Cuenta, y parece que está sintiendo todo otra vez: que hubo magia.
“Como que a veces en esos momentos dices: bueno, esto puede salir muy bien o muy mal. Y de repente el público uruguayo me brindó una atención, un cariño y un cuidado que me fortaleció inmediatamente. Y eso pasa cuando hay una especie de sostén”, dice en videollamada con El País desde el calor de algún hotel de México, en plena gira por su país. “Escuchar no deja de ser un cuidado, y los cuidados sostienen. Y me acuerdo de ese día porque dije: wow, estas personas me sostuvieron desde un lugar muy especial. No era como una histeria avasalladora. Era una cosa de mucho respeto y mucho de estar ahí, conmigo. Me sentía codo con codo con la gente, y eso fue... sanador. Para mucha gente, me imagino, pero también para mí”.
A más de dos años de esa experiencia con entradas agotadas, Silvana Estrada -veracruzana, ganadora del Grammy Latino a mejor artista nuevo en 2022 y una ferviente admiradora de la cultura uruguaya, una tierra en la que estuvo a punto de vivir-, está lista para volver. Pero esta vez será a una sala con el doble de capacidad y, a diferencia de aquella noche, con banda completa. Se presentará el 12 de marzo en el Teatro Solís y quedan entradas en venta en Tickantel.
Ese salto refleja la proyección que viene teniendo su música a nivel regional y, de alguna forma, es espejo del cambio que hubo entre sus discos Marchita y el flamante Vendrán suaves lluvias.
Si en Marchita la voz de la mexicana, tan honda y con tanta historia, tiraba sola de un carruaje con mucho peso, en Vendrán suaves lluvias -un disco marcado, entre otros golpes, por el asesinato de su mejor amigo- hay compañía: una producción maximalista que también funciona de sostén, en un intento de reconectar con la vida. De eso, Estrada conversó con El País. Este es un fragmento de esa charla.
—Una planta se marchita, entre otras cosas, por exceso de agua, porque las raíces se pudren. Y Vendrán suaves lluvias trae la sensación exacta de intentar revivir algo con una palabra que usabas recién: mucho cuidado. ¿Cómo sentís que dialogan esos discos?
—Los dos hablan más o menos de lo mismo, que al final son despedidas, pérdidas y duelos. Pero creo que lo que cambia es el ojo de quien mira. Marchita es una mirada hacia adentro, con una inocencia que permite una oscuridad total. Cuando uno está jovencito y tiernito y todavía no te pasan cosas realmente terribles, es fácil, incluso agradable, ir hacia lo más oscuro, rumiar en lo doloroso. Y Marchita es buscar mi propia luz en medio de una súperoscuridad. Es un agujero negro. Y Vendrán suaves lluvias es otra mirada, que ya no puede ponerse a rumiar en lo doloroso porque es demasiado dolor, entonces hay una búsqueda de hablar de eso desde un lugar en el que pueda avanzar, caminar y liberarme, y que me dé la luz del sol directo a mí.
—La potencia de tu voz ya no tira sola hacia adelante.
—Sí, Marchita es como una soledad muy grande. La voz está todo el rato sola, tirando para adelante, y los demás son apariciones medio fantasmales. Y Vendrán suaves lluvias es esta voz que ya se deja sostener, que quizá ya no puede sola. Para que yo pudiera hacer ese disco tuvieron que pasar muchas cosas, y me pasaron cosas terribles. Me acuerdo de sufrir por amor de jovencita y que mi mamá dijera: aguántate porque luego vienen las cosas fuertes de verdad. Y pues llegaron. El dolor es tan fuerte que si abres un poco los folders de la tristeza no sales nunca, porque a todo el mundo la vida le tiene preparadas cosas brutales. Y Vendrán suaves lluvias es un disco que habla de todo eso, pero con ganas de seguir para adelante, de decir: bueno, pues si esto va a ser la vida, yo igual la quiero vivir. Es una afirmación de amor por la vida con todo y su dolor, que creo que también es una visión más madura. La gente siempre me dice: “Es que Marchita es un disco supermaduro y Vendrán suaves lluvias es más juvenil”. Y claro, porque es muy fácil ser viejo cuando eres joven. Pero es muy difícil ser joven cuando eres viejo. Y a mí se me envejeció el corazón muchísimo en los últimos años, porque perdí personas amadas.
—Cuando vas abriendo carpetas y la tristeza está en todos lados, ¿dónde ponés la mirada para recordar lo lindo de la vida?
—Es algo de todos los días y por suerte es fácil porque me dedico a la música, entonces a veces solo me hace falta poner un disco para sentir que todo vale la pena. Pero como compositora, ese ejercicio existe en mí constantemente, sobre todo desde el querer narrarme desde una perspectiva que me permita sanar. Creo que en ese buscar la belleza también buscamos otras miradas y otras narrativas que nos liberen un poco del peso del dolor. Y yo creo que ese es mi ejercicio como artista hasta ahora. Y en mi día a día las cosas que me sacan de mis tristezas son los amigos, la naturaleza, que creo que en mi música se nota un montón. Yo me vinculo muchísimo con el mundo gracias a la naturaleza. Crecí en el campo y para mí es muy importante cada tanto ir al mar, al bosque, a algún lugar donde pueda como acordarme de lo pequeñita que soy en comparación de un árbol que tiene 100 años. Hay como una mirada hacia afuera y es muy paisajístico también, es un ejercicio de un montón de paisajes. Todo el trabajo que hice con orquesta era una intención de generar espacios amplios, de pasar de lo condensado que era Marchita a lo macro que es este. Es un disco súper maximalista, por lo menos a nivel producción. Pero no deja de ser un disco de canciones, eso no hay que olvidarlo. Me acuerdo en la producción que decía: no olvidemos que lo primero es la canción.
—En la música latinoamericana se está dando una reconexión con la raíz y la identidad -pienso obviamente en Bad Bunny, en el disco de Milo J, en el álbum que está por lanzar Jorge Drexler-, y si bien Vendrán suaves lluvias no es un disco que hable explícitamente de México, en el sonido están muy presentes sus paisajes. No podría ser de otro lugar del mundo.
—(Sonríe) Después de Marchita pasó esto de que todos decían que “Silvana hace folclore”, y yo decía: yo no siento que haga folclore. Aparte soy de un lugar donde el folclore se cuida con los dientes, y quería hacer un disco que me deslindara un poco de esta mirada. Y es superfuerte, porque me pasaron dos cosas. Una es que ahora sí que quiero hacer un disco de folclore. Ya me quité la espina, ahora sí quiero darme con todo. Y la otra que es que no puedes huir de tu raíz. Al final este disco es maximalista, pero sigue siendo guitarra y voz, o cuatro y voz, y sobre eso la construcción. Pero me pasó justo lo que dices, que se aparecen un montón de mexicanidades un poco menos explícitas, pero incluso más profundas. La última canción que se llama “El alma mía”, que yo quería que sonara a Nashville, de hecho suena a un tipo de música mexicana que se llama canto cardenche, una música muy específica, muy de nicho y que está desapareciendo, que cantan los hombres en las cuevas después de caminar muchísimo. Es como una cosa muy mágica. Qué locura este país tan locamente rico en cultura, que cuando uno cree que sale, en realidad está volviendo todavía a lo más profundo.