Olga Delgrossi, a los 94 años: una inesperada vuelta al estudio y el asombro de mirar una vida entre canciones

La Dama del Tango dialogó con El País sobre su regreso al estudio para cantar junto a la banda Sirian, recordó sus años con Donato Racciatti y hasta interpretó “Volver” desde la casa de salud donde vive.

Olga Delgrossi. Foto: Marcelo Bonjour.

Minutos antes de atender la llamada de El País, Olga Delgrossi vuelve a escuchar la canción que acaba de publicarse y se emociona. “Está hermosa. Cómo canta ese muchacho”, dice desde la casa de salud donde vive. “Sinceramente me emociona. Me dan ganas de llorar”.

Se refiere a “Eufemismo cheto”, de la banda Sirian, y “ese muchacho” es Bruno Sirian, su cantante y compositor. Olga también participa de la canción, que marca un regreso especial: a los 93 años volvió a plantarse frente al micrófono en un estudio de grabación.

Lo hizo acompañada al piano por Franco Polimeni y para sumarse a lo que Sirian define como un “tango dislocado por la modernidad”: un neo-tango atravesado por el ritmo y “sin lugar para la lentitud”.

Hacia el final, la canción le cede el protagonismo a Olga y conserva parte de lo que ocurrió en el estudio aquella tarde de marzo. Delgrossi agradece la invitación, bromea con que la van a “matar del corazón” y cierra cantando un fragmento de “Hasta siempre amor”, su canción emblema.

Hoy, a los 94, la Dama del Tango es la última sobreviviente de la orquesta de Donato Racciatti y una de las pocas voces que quedan de aquella época dorada del género. Vive cantando y lo hará varias veces durante esta entrevista telefónica. Sin embargo, admite que cuando recibió la invitación de Sirian pensó que no podía hacerlo. Fue su hija quien insistió: “Mamá, él está tan entusiasmado, no le digas que no”.

Meses después de aquella grabación, Delgrossi escucha el resultado y vuelve a sorprenderse. Durante la charla le pasará varias veces. Se sorprende de todo lo que hizo: de haber cantado en París, Estados Unidos y Austria; de haber compartido escenarios y radios con algunas de las grandes figuras del tango; de que, después de toda una vida, todavía haya músicos jóvenes que quieran grabar con ella.

“Me parece mentira todo lo que he conocido por esta voz que tengo”, dice.

La historia empezó en Tacuarembó, donde Delgrossi pasó una “infancia maravillosa”. Antes de cantar quiso recitar y lo hacía en la radio, hasta que empezó a presentarse en concursos de talentos. Los ganaba siempre. “Al otro año venía toda la gente en camiones para votar a la radio y siempre ganaba yo”, recuerda.

Llegó un momento en que sus padres entendieron que, si quería seguir ese camino, tenían que mudarse a Montevideo. La acompañaron y Olga empezó una carrera que tendría un capítulo fundamental junto a Racciatti. Con su orquesta cruzó seguido a Buenos Aires y participó del Glostora Tango Club, el histórico ciclo de Radio El Mundo que reunía a grandes figuras del género.

“Hacíamos todas las noches Glostora Tango Club. Y estaban todas las mejores orquestas: Troilo, D’Arienzo, todos, en la platea”, cuenta. También recuerda a Víctor Ruiz, su compañero en la formación. “Cantaba divino”, dice.

La música también la llevó a conocer el mundo. Estuvo tres veces en París, viajó varias veces a Estados Unidos y cantó en Austria. “¡Lo que habré andado en el mundo por esta boca que Dios me dio!”.

Olga Delgrossi. Foto: Archivo El País.

Entre tantas canciones hubo una que quedó definitivamente asociada a su nombre. “Hasta siempre amor”, su primera grabación con la orquesta de Racciatti, se convirtió en su gran éxito y la acompaña hasta hoy. Asegura que todavía recibe mensajes por aquella interpretación. “Se hizo tan grande que no se olvida nunca”.

Es la misma canción que ahora reaparece al final de “Eufemismo cheto”. Porque Olga nunca dejó de cantar.

Lo hace también en la casa de salud. “Las chiquilinas, las empleadas, me piden que cante”, cuenta. Cuando El País le pregunta qué elige en esos momentos, responde cantando: “Yo adivino el parpadeo de las luces que a lo lejos van marcando mi retorno...”. Es “Volver”, de Carlos Gardel y Alfredo Le Pera. Hace unos versos y enseguida exclama: “¡Ay, qué hermosura! ¡Qué divino, qué hermoso!”.

Esa forma de interpretar la acompañó toda su vida. Olga no sabe explicar de dónde salió. “Yo nací con esto, porque en mi familia no había artistas”, dice. Sí tiene claro qué ocurre cuando canta: “Yo expreso tanto que la gente se emociona, como me emociono yo”.

Hoy sus días tienen otro ritmo. Vive en una casa de salud porque necesita cuidados y habla con cariño de quienes trabajan allí, de sus compañeras y del jardín por el que camina en verano. Extraña su casa, aunque entiende que allí tiene la atención que necesita. Después habla de su hija, sus nietos y sus dos bisnietos. “Yo soy la yaya”, dice. “Y cuando quiero irme, vienen a buscarme”.

Y fue entonces cuando apareció Bruno Sirian con una canción

Para él, convocarla era una forma de homenajear sus raíces. Creció escuchando tango por sus cuatro abuelos y su bisabuela, y mientras trabajaba en “Eufemismo cheto” sintió que necesitaba una voz que viniera de ese mundo. “Mi cabeza y mi corazón se encapricharon con la idea de invitar a Olga”, cuenta a El País. “A nivel artístico me resultó necesaria”.

Primero contactó a su hija y después fue con la guitarra a conocerla. Pasaron una tarde ensayando y hablando de música. “Nos fue contando de toda su vida y de los artistas con los que compartió. Es una charla que me voy a guardar por siempre”, recuerda.

Después llegó el estudio. Olga todavía dudaba. “Pensaba que no lo iba a poder hacer, porque me emociono demasiado”, cuenta.

Olga Delgrossi.

Bruno recuerda otra imagen. La vio llegar con 93 años, pero cuando empezó a cantar sucedió algo. “Se hizo grande, sacó una voz poderosa de sus entrañas y fue como si tomara una espada y cortara el sonido”, relata. “Era una energía poderosa que iba quedando impregnada a través del micrófono”.

Delgrossi habla así de casi toda su carrera: con orgullo, pero también con cierta incredulidad. Cuando se le recuerda que tiene un sol con su nombre en el Paseo de los Soles de la Peatonal Sarandí, vuelve a sorprenderse. “¿Te imaginás cómo me sorprendí cuando me dijeron que iban a poner un sol? ¿A mí? Qué satisfacción tan grande”.

Hay algo de esa misma sorpresa cuando habla de esta grabación. Dudó, hizo el esfuerzo de ir al estudio y terminó encontrándose otra vez con algo que conoce desde niña: las ganas de cantar.

Ahora, cuando escucha el resultado, ya no piensa en aquel “no puedo” con el que recibió la propuesta. “Mirá vos qué cosa”, dice. “Qué recuerdo más lindo queda ahora”.

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