Diego Kuropatwa, el cantautor conocido por el apócope de Kuropa, tiene motivos de celebración: se acaba de publicar De Norte a Sur (a través del sello Bizarro), el registro de su espectáculo a medias con Fabián Severo y este domingo 15 a las 20.00 se presenta con su banda (Betina Chaves, en violín; Andrés Pigatto, en contrabajo; Federico Mujica, en guitarra y Esteban Pesce, en batería, más Lautaro Hourcade de invitado) en la Sala Hugo Balzo del Auditorio Nacional. Quedan pocas entradas en Tickantel.Sobre ambos asuntos habló con El País.
—¿Cómo se dio la parcería con Fabián Severo?
—El primer acercamiento con Fabián se da a través de Rubén Olivera. Me mostró un precioso libro de poemas de Fabián, Noite nu norte. Y quedé prendado. Y Fabián, en su adolescencia artiguense, cuando conectaba la radio, entre todas las cosas brasileñas que le llegaban a Artigas, cazaba alguna radio de acá y llegó a escuchar alguna canción mía. Había un contacto ahí medio a la distancia, sin conocernos. Una cosa muy linda. Y la gente me insistía en que tenía que conocer a Fabián y a él que tenía que conocerme. Y en algún asado decidimos unir su poesía fronteriza con las canciones de acá.
—¿Qué encontraba en esa poesía fronteriza?
—Se parece, fundamentalmente, en cuanto a ciertas emociones que tocan los recuerdos, las infancias de volver hacia atrás, de revisitar el pasado, pero desde otro lugar. Y Fabián en Viralata habla de eso también. Y el tema también de la resiliencia, de salir de un contexto medio complicado y resignificarse. Eso lo tiene mucho Fabián. Mis canciones hablan de la esperanza. Entonces había puntos en común.
—¿Y cómo eso se vuelve un espectáculo y ahora un disco?
—En el momento de cranear el espectáculo, Fabián me dijo: “Dame todas las canciones que tengas y yo voy a encontrar textos que dialoguen con esas canciones”.
—Esa cercanía se nota mucho en Norte Sur...
—Hay un diálogo que está buenísimo. Y cada vez que lo presentamos se genera algo muy emotivo. Es difícil de explicar. Se conectan determinadas antenas emotivas y la gente termina muy conmovida.
—Su carrera tiene más de 20 años y recuerdo verlo entonces como Kuropa & Cia. ¿Cómo se convirtió en Kuropa sin compañía?
—Después del disco, nos presentamos en el “Asado Más Grande del Mundo” — allá en la Rural del Prado, en 2008. Estaba el Pepe Guerra, estábamos nosotros... Después de ese toque ya nos disolvimos. Fue a principios de 2008. El disco había salido hacía seis meses y le estaba yendo bárbaro, muy bien. Los gurises iban por otros canales, y yo tenía claro que lo mío era la música. Quería seguir apostando por eso. Y enseguida me llamó Rubén y en 2009 sacamos Kuropa Olivera grabado en la Zitarrosa.
—Y en 2011 se hizo solista.
—Empecé a armar el disco con varios de los músicos que me acompañan desde entonces: Federico Mujica en guitarra eléctrica y Andrés Pigatto en contrabajo.
—¿De quién se siente compañero de ruta musical?
—Soy hijo de la dictadura, con todo lo que eso conlleva. Fue una generación criada con muchos miedos. No es la de ahora, que es increíble. Voy a ver espectáculos de gurises jóvenes y realmente no lo puedo creer. Porque yo a los 20 años estaba como recién saliendo de un cascarón.Me siento cercano a Diego Presa y a algunos un poquito mayores que yo, como Martín Buscaglia, Samantha (Navarro), Rossana (Taddei). Pero siempre me sentí raro, como que la canción de autor estaba medio rara en aquel entonces. En 2007 aparece Franny Glass, con una propuesta completamente despojada que me llamó mucho la atención porque parecía que se había perdido eso del cancionista solo con la guitarra. Cuando estaba haciendo mis primeras canciones vino un productor que me quiso grabar un disco. Yo tendría 23 años y tenía “Yo no pido”, que habla de mi padre. Me acuerdo que le dije que no. Estaba muy asustado, sentía que no era mi tiempo. Entonces, mirá: ese tipo vino cuando tenía 23, y mi primer disco salió cuando tenía 31. Mi evolución fue bastante tardía.
—¿Qué escuchaba?
—Mi grupo era Canciones para No Dormir la Siesta. El primer cassette que me regalaron fue Pelota al medio de Lazaroff. Después, Pablo Milanés, y la latita de Tontos al natural, Montevideo Agoniza de Los Traidores. Una mezcla brava. En el 83 yo tenía ocho años, en casa se escuchaba mucha trova cubana. Serrat, todo eso. Después vino el boom del punk.
—Ese origen explica su preocupación por lo letrístico...
—Para mí la canción siempre fue un maridaje con el texto. No puedo separar melodía de letra. Es una enseñanza que me quedó de esos cancionistas que admiraba. A los 16 empecé a tocar la guitarra y dije: “yo quiero ir para ese lado”. Mi forma de componer parte de una melodía en la guitarra. Empiezo a escribir a la vez que toco, no es que tengo primero la música y luego pongo la letra. Se van tejiendo juntas. Y corrijo mucho, corrijo palabras, frases, muchas tachaduras.
—¿Y cuándo siente que está lista la canción?
—Todo pasa por la emoción. No dejar una canción simplemente porque la terminé. Tiene que decirme algo tratando de no repetirme, que es lo más difícil. Trato de no repetirme y me repito. En temáticas, en la mano derecha, en mil cosas.
—Eso también se llama estilo, ¿no?
—Sí, pero es importante la búsqueda. No quedarse siempre igual.