Kevin Johansen: en qué se parecen la música y el amor, y por qué la pandemia lo hizo "querer mejor"

Kevin Johansen toca este jueves en el Solís y el sábado en la Zitarrosa con su nuevo disco, "Quiero mejor", y un proyecto paralelo. Antes charló con El País sobre amor, telepatía y el hecho creativo.

Kevin Johansen
Kevin Johansen para el disco "Quiero mejor".
Foto: Nora Lezano

Entre el jueves y el sábado, Kevin Johansen tocará en el Teatro Solís y la Sala Zitarrosa. Una rareza — que se explica estrictamente en términos logísticos—, pero que no está ni cerca de ser algo tan extraño como aquella vez que tocó en Islas Canarias, en un festival en la playa donde no lo conocía prácticamente nadie, y él recuerda esa imagen a lo Flautista de Hamelín, de haber empezado a tocar y que de repente todo el mundo se le fuera acercando. O antes, mucho antes, cuando aún tenía la banda Instrucción Cívica y se presentaron en La Falda, en Córdoba, mientras esquivaban, en vez de pedradas, marlos de choclo y alguna botella.

“Los artistas siempre andamos con esos fantasmas”, dice Johansen en charla con El País, a punto de cruzar el Río de la Plata y volver a una ciudad que siente, también, un poco suya. Ya se sabe: es argentino, nació en Alaska, vivió varios años en Estados Unidos y un tiempo en Malvín, donde aprendió a amar esta tierra y a la vez la guitarra. Desde entonces, fue dándole forma a un repertorio colorido, verborrágico, que juega con la palabra y mezcla ironía, filosofía, amor y melodías dulces, y que entregó su último capítulo en forma de side project o proyecto paralelo.

“Me hago el Damon Albarn y digo cariñosamente que son como mini Gorillaz”, dice para presentar a Feng Shui Project, la formación con la que tocará mañana en el Teatro Solís y, como se agotaron las entradas, el sábado en Sala Zitarrosa (últimas localidades en Tickantel).

Tras 25 años de tocar con los The Nada, un frente en el que sigue atendiendo, el hombre que siempre ha tenido otras ramas por las que trepar —su dupla con el dibujante Liniers, la banda alternativa con la que rodó Tu ve— hizo su último álbum, Quiero mejor (2024), con los productores Panda Elliot y Coca Monte, y salió a tocarlo con ellos en un formato que completan Lucho Milocco y Martín Adler. “Es aire para tu matrimonio. Ser un poco open mind musical también viene bien, ¿no?”, se justifica.

Sobre Quiero mejor, la revelación que le trajo la pandemia y el amor en relación al hecho creativo, Kevin Johansen charló con El País. Este es un extracto de esa charla.

—Tu último disco sienta su base en una frase de la primera canción: “No quiero más, quiero mejor”. ¿En qué momento te diste cuenta de que eso era un lema de vida?

—No me lo propuse. Me parece que fue medio pospandémico esto de querer mejor en vez de más, calidad por sobre cantidad, y pensar en que las cosas simples y hermosas que tiene para ofrecer la vida no atañen lo material. Entonces de ahí nació un poco el “Quiero mejor”: quiero mejor en mis relaciones, en mis relacionamientos, en mis amistades, en el amor, en el día a día.

—“Quiero mejor”, como concepto, ¿tuvo algo de punta de lanza, fue lo que impulsó este disco?

—Absolutamente, y a la vez, como tengo muchos años de ideas que a veces son un atisbo de título o una línea melódica, se te junta rápidamente todo ese material de archivo con el que va sucediendo. Y alrededor se va aglomerando todo. Por ejemplo, el tema que cantamos con Natalia Lafourcade, “Puntos equidistantes”, es un tema de 2008. Habíamos hecho un boceto con ella y Paulinho Moska para una publicidad en castellano y portugués, al final salió otra cosa, no se terminó de grabar, no terminé nunca de hacer la letra. Y Natalia me dijo: “Cuando la tengas la cantamos”. Y la tuve, los productores se entusiasmaron mucho y se te juntan cosas, ganas y una idea de “che, este tema está buenísimo, vamos para adelante”. A la vez el tema habla del símbolo del amante y lo que era la pospandemia, el querer juntarte con alguien y no poder, entonces ahí empecé a jugar con la fantasía, la telepatía, el pensar en alguien. Pensar en alguien es algo muy poderoso, es como un rezo, una plegaria. Y el hecho creativo también tiene bastante de plegaria. Las canciones son grandes deseos muchas veces, entonces hay un acto de fe en el hecho creativo de la canción.

Kevin Johansen
Retrato de Kevin Johansen.
Foto: Nora Lezano

—El disco en general está muy atravesado por el amor. ¿En cuánto se parecen la música y el amor?

—El amor abarca todo y la música también. Entonces ahí hay una cosa yuxtapuesta, interpuesta e intercalada, y muchos de esos deseos están presentes en la canción. Pero sí, inclusive el único cover de este disco es “Amada amante”, de Roberto Carlos, o sea que ahí también hay como un statement de lo abarcativo de la palabra “amor”. Después hay un rap, “Hola Need” (un juego con "All I Need"), que habla de lo que es viajar en modo quieto, la imaginación al poder, como decían los franceses en el 68. Está lo onírico también, porque los sueños son otra manifestación de deseos de pensamientos que muchas veces te traen a alguien. El disco está lleno de hechos creativos, de deseos creativos, de deseos de teletransportación, de toda esa telepatía de la que te hablaba. Así que Querer mejor también es eso: creer en las conexiones, porque en realidad los músicos hacemos esto para conectar, para compartir, y conseguir ese milagro que es tener un público que te sigue o te interpreta es parte de nuestro deseo.

—Todos esos tópicos conviven en un disco que propone un estado de calma, sin climas explícitamente festivos como en otros momentos de tu discografía, y que llega justo en un momento del mundo lleno de ruido, violencia, destrucción. ¿Qué rol jugó ese contexto en vos?

—En plena pandemia me pasó que estaba yendo a mi bar amigo, La Tangente, a grabar los famosos streamings que se hacían entonces, y se hablaba mucho de los trabajadores esenciales. Entonces yo estaba en mi bicicleta en pleno julio, un poco a las puteadas, autoputeándome, porque decía: “¿Qué estoy haciendo? Estoy negando la realidad, con barbijo, yendo a hacer un streaming sin nadie en el bar, a tocar para no sé quién”, y mientras tanto las endorfinas de la bicicleta fueron activándose y empecé a ponerme más positivo. Y cuando llegué dije: no, en realidad estoy tratando de transformar mi realidad en algo más llevadero, y la realidad de aquellos con los que puedo compartir esto que estoy haciendo. Creo que hay algo ahí también. Pensaba que los músicos, los artistas, los actores, no somos trabajadores esenciales: somos trabajadores presenciales y necesitamos esa conexión, esa presencia de un show. Y fijate vos, después de la pandemia, el boom de shows en vivo que hubo, la necesidad de decir: encontrémonos, por favor encontrémonos de vuelta en estos rituales. Entonces sí, hay algo que no sé si es primitivo, primal o qué, una necesidad de conexión fuerte a través de las ideas, a través de cantar juntos. Y todavía, cinco años después, los trabajadores presenciales y el público están necesitados de este tipo de rituales.

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