Kany García y el "viaje mágico" a Uruguay que cambió todo: de plaza inconquistable a su salto al Antel Arena

La puertorriqueña dialogó con El País sobre "Puerta abierta", su nuevo disco, y narró su historia con Uruguay. Lo que empezó con un viaje para filmar un video con Abel Pintos terminó en el Antel Arena.

Kany García.
Kany García.
Foto: Difusión.

Kany García se ilumina cuando habla de Uruguay. “Es una de mis grandes satisfacciones, y lo digo porque fuimos de a poquito”, comenta. La puertorriqueña cuenta que hace años, en una entrevista, dijo algo que hoy suena a premonición inversa: que le parecía un lugar difícil de conquistar, una plaza lejana, improbable. Era una confesión honesta sobre cómo funcionan los caminos de la música.

Pero antes de cualquier escenario hubo un viaje. Fue en 2016, en Punta del Este. La cantante de “Te lo agradezco”, “Confieso” y “Para siempre” se instaló en el balneario junto a su equipo para filmar el videoclip de “Aquí”, su primera colaboración con Abel Pintos. Fueron días suspendidos en una especie de burbuja que, con los años, adquirieron otra dimensión. Tanto, que todavía hoy, cuando Kany le pregunta a su equipo cuál fue el viaje más especial en todos estos años de ruta, la respuesta llega sin titubeos: Uruguay. “Fueron días mágicos”, dice.

Tuvieron que pasar tres años hasta que se animó a su primer intento en un escenario. Iba a presentarse en 2019 en Sala del Museo, pero contratiempos logísticos obligaron a posponer el show para marzo de 2020. La pandemia terminó por cancelar la visita. Hasta ahí, su premonición parecía cumplirse: no iba a ser fácil llegar al público local.

Pero en 2023 las cosas cambiaron. Anunció un show en La Trastienda para presentar El amor que nos merecemos, y las entradas se agotaron en cuestión de días. Sumó una segunda fecha. También se agotó. Sin embargo, le revela a El País que ese primer encuentro fue todo menos cómodo. “Fue un show bien retante”, dice. La cercanía del público le jugó en contra. La euforia por el encuentro postergado le impidió escucharse bien. Cuenta que en algún momento tuvo que frenar y pedir un poco de calma para poder cantar y hablar.

Si bien fue una noche exigente, también fue reveladora. Ahí empezó a entender de qué estaba hecho el vínculo con el público uruguayo.

Al día siguiente, fiel a su rutina de cada día que tiene show, salió a correr por Montevideo y, en pleno trayecto por Ciudad Vieja, se topó con el Teatro Solís. Se detuvo, sacó el celular y grabó un video que le mandó a su manager: “aquí es donde quiero tocar”. Esa misma noche volvió a La Trastienda y el mensaje quedó ahí, archivado como tantos otros.

Tiempo después, apenas se confirmó la gira de presentación de García, su disco de 2024, apeló a otra rutina. “Lo primero que hago cuando me llegan las fechas de una nueva gira es mirar los lugares donde voy a tocar”, dice. Y cuando leyó que iba a cantar en el Solís el 28 de abril de 2025, buscó aquel video que había filmado dos años antes y se lo reenvió a su manager. “Mira tú, cómo se cumplen los sueños”, le escribió. Las entradas se agotaron con cuatro meses de anticipación. “Fue tan increíble que el lugar se nos ha quedado pequeño”, comenta.

Kany García.
Kany García.
Foto: Difusión.

El siguiente paso, naturalmente, era elevar la apuesta. Por eso, el viernes 21 de agosto llegará al Antel Arena para su show más grande en Uruguay, aquella plaza que alguna vez creyó inconquistable. Las entradas se venden en Tickantel y los precios van de 1800 a 3500 pesos. Ya hay varios sectores agotados. “Estoy tan contenta de conocer un nuevo lugar”, celebra. “Uruguay ha sido muy generoso conmigo, y este es un crecimiento maravilloso basado en la complicidad”.

El repertorio estará centrado en Puerta abierta, el álbum que publicó la semana pasada, y que incluye colaboraciones con Juan Luis Guerra, Nathy Peluso y Rawayana. García lo define como el trabajo que más se acerca a lo que es “por dentro”: un ejercicio de honestidad construido a partir de una idea central, la de la adulta que mira hacia atrás para dialogar con la niña que fue.

Puerta abierta también funciona como una celebración de sus raíces en varias capas. Le canta a los paisajes y a las personas que la formaron, se canta a sí misma y vuelve sobre las coordenadas musicales que la definen. Ese viaje introspectivo le aporta nuevas joyas a su repertorio, como “Amor bonito”, “La casita” y “Tierra mía”.

—En “A la niña que fui”, la canción que cierra el disco, cantás: “Hace tanto no me miraba a los ojos sin desear cerrarlos, / Fui esa niña que hoy se da cuenta que ya tiene la llave maestra”. ¿Qué significó para vos cantar esa frase?

—Fue un proceso. No puedo decir que salió de entrada. Este proyecto me llevó hasta esa canción, que terminó siendo la última que escribí y también la última del disco. Primero tuve que volver a casa de mi mamá, mirar fotos de cuando era pequeña, incluso comprarme una VHS para verme en videos de mi comunión y de otras etapas. Ahí empecé a descubrir cosas: algunas que ya sabía, otras que se me habían olvidado y otras que desconocía.Eso fue lo que me permitió escribir “A la niña que yo fui”. Fue bonito pasar por ese proceso y darme cuenta de que muchas veces no me miraba a los ojos y prefería distraerme con otras cosas para evitarlo. Y después entender que muchas de las respuestas a lo que pasaba en mi vida tenían que ver conmigo misma. Fue un proceso bien profundo.

—Tus discos recientes están atravesados por la intención de hacer preguntas: cómo es la relación con los otros, pero también con uno mismo. ¿Qué lugar ocupan esas preguntas en tu forma de escribir?

—Son necesarias. Para mí no hay otra forma de evolucionar. Buscar respuestas en otros es, en cierta manera, evadir un poquito el problema real de tantas cosas que vive uno. Claro que hay canciones donde hablo de alguien más, pero incluso ahí termino hablando de mí. A veces puedo decir: “¿Por qué será esta persona tan poco afectiva o tendrá un lenguaje agresivo o violento? “, y casi siempre la respuesta está en la niñez. Puede ser un niño abandonado, maltratado, no escuchado o a la espera de un abrazo. Recuerdo que hace 15 años tuve una discusión con un amigo, y le dije: “Tú no te ves, tú no te escuchas lo que me estás diciendo”. Y él me respondió: “No, tú no te ves” y no te escuchas”. Me quedé frizada. Él no lo recuerda, pero me regaló algo bien importante: empezar a tener conversaciones conmigo. Verme, escucharme y tener que buscar para atrás, como en el caso de este álbum, buscar a esa niña y hacer los pases con ella.

—¿En qué momento sentiste la necesidad de hablarle a tu niñez? Es un gesto que, además de inspirar varias de las canciones, atraviesa la tapa del álbum y sus videoclips.

—Cuando empecé a trabajar en el álbum. En realidad, la idea no fue mía. Me senté con un chico que se dedica a conceptualizar giras y discos, y empezamos a tener encuentros, a conversar. Me preguntaba por mi niñez, por mis padres, por mi música. Yo venía de terminar García y no tenía claro hacia dónde ir. Estaba en un momento más tranquilo, había hecho una pausa de unos ocho meses, y él me preguntó qué hacía en ese tiempo. Le dije que estaba disfrutando las cosas más cotidianas del mundo: ir al mercado, comprarme un pescado y cocinarlo, lavar mi ropa, tenderla. Son pequeñeces que hoy valoro desde otro lugar, porque cuando estoy de gira no las tengo: en el hotel te hacen la cama, no hay comida casera, no tienes que barrer. Él se reía, entonces empezamos a hacer una cantidad de videos de esas cosas simples de la vida que se nos olvidan, pero vistas desde la perspectiva de un niño. Y cuando me senté a trabajar en el proyecto, volví a la casa de mi mamá y encontré fotos de cuando era pequeña. Yo soy la menor de tres hermanos, así que soy la que menos fotos tiene.

—Cuando empezaste a mirar ese pasado, ¿qué encontraste?

—Varias cosas que se me habían olvidado. Por ejemplo, una foto que me tomó mi hermana desde el asiento de atrás del auto: yo voy adelante, con la cara afuera. Y esa imagen me devolvió un recuerdo muy claro. Yo me sentaba en la falda de mi mamá y sacaba la cabeza por la ventana para inventarme historias sin que nadie me escuchara, porque me daba vergüenza. No fue hasta que vi esa foto que entendí que eso ya estaba en mí. Y pensé: qué triste es que, con la vida y las responsabilidades —hasta por sobrevivir, porque a veces no son los mejores recuerdos—, uno se desconecte tanto de esas grandes conversaciones que debería haber tenido con ese niño.

En ese sentido, "La casita" es una de las más representativas de esa intención. ¿Cómo surgió la canción?

—“La casita” nace de una conversación con un gran amigo. Me acuerdo que hace unos 10 años él me dijo que tenía la idea de que no iba a llegar gente nueva a su vida, porque es muy celoso con sus vínculos. Y me dijo: “Y de momento tú has llegado a mi vida, y me es imposible no hacerte un espacio”. Yo le respondí: “Pero Dios mío, qué hermético eres, no estás para las sorpresas, para improvisar y decir: ‘qué rico que llegue gente y hacerle un espacio’”. Entonces él me dijo: “Yo no quiero una puerta; yo tengo una casita cerrada, hermética, donde están las personas en las que confío y con las que me siento bien”. Yo me reía mucho, pero a partir de ahí construí esa casita imaginaria y la planté en un lugar donde siempre fui feliz: el oeste de Puerto Rico, donde están las playas más hermosas de mi país. Es un lugar que me queda lejos para vivir, pero al que siempre vuelvo pensando que, si tuviera una casa, sería ahí. Y en esa casita meto las cosas realmente importantes. Sí regreso a esa frase de mi amigo de que no cabe mucha gente; están los que deben que estar. Y me encanta porque la canción invita a celebrar no solo desde lo poco, sino de esos lugares que no debemos olvidar que existen. También habla de celebrar los vínculos, que —ya sean muchos o pocos—, son tan necesarios en la vida porque, al final, son un refugio en este mundo tan caótico en el que vivimos.

—Es como pasa con la canción “Puerta abierta”: aunque no vuelvas todo el tiempo al barrio donde creciste, esos valores te acompañan.

—Claro, y a veces no son solo valores. También habla de esas cosas de mi raíz que son mi cable a tierra. Es imposible que yo cambie un caviar en un hotel por el arroz con frijoles de mi abuela o una taza con un buen café (sonríe). “Puerta abierta” también está cargada de imágenes de mi niñez: una nevera donde yo no sabía cómo mi mamá hacía milagros, pero cuando llegaba alguien siempre le preguntaba si se quedaba a comer. ¿Qué iba a hacer? Siempre había un plato, siempre había una puerta que se abría. Hoy no vivimos tanto esa realidad. Siempre había un vecino que podía entrar a pedir lo que fuera. Es lindo volver a esas estampas y pensar que no se nos deberían olvidar.

—Ahora que el disco ya está publicado, ¿qué fue lo más lindo de todo ese proceso de reconstruir tu historia?

—Lo que más disfruto es haber descubierto que la idea que tenía de mí no era del todo cierta. Yo tenía una imagen mía más triste, como de una niña muy solitaria. Y sí, era solitaria, pero no era nada triste. Creo que a veces hemos vinculado la soledad con la tristeza, y no necesariamente es así. Cuando vi los videos y fotos de mi niñez, descubrí que había mucha alegría en mí, mucha plenitud. Quizás no era de muchos amigos —hoy soy más sociable porque mi oficio me llevó a serlo—, pero me sentía plena. Encontrarme con eso me dio mucha paz interior. Me permitió, literalmente, hacer las paces conmigo y con mi yo del pasado. Y también reivindicar la soledad en mi vida: entender que hoy, por mi oficio, paso mucho tiempo sola y me siento muy bien con eso. Ahora lo vivo desde otro lugar.

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