Fue uno de los últimos grandes cantores de la época dorada del tango, murió en el pico de su carrera y su voz se volvió escuela de interpretación. A 100 años de su nacimiento en Las Piedras, que se cumplen este lunes 2 de febrero, Julio Sosa ocupa un lugar central en la historia del tango rioplatense: un intérprete de intensidad extrema, capaz de poner el cuerpo —y la vida— en cada verso, y uno de los cantores uruguayos más influyentes del género.
El tango lo atravesó desde la niñez como un destino ineludible. En el libro Julio Sosa. Pa’ que sepan cómo soy (2024), el investigador Milton Santana recupera una serie de columnas que el cantor publicó un diario argentino. En una de ellas, Sosa vuelve a la infancia y relata la escena inicial: “Los domingos, muy de tarde en tarde, cuando la pobreza aflojaba un poco sus garfios inexorables y parecía olvidarse unos días de nosotros, mi padre depositaba en mi mano el fabuloso tesoro de 15 centésimos que me permitirían presentarme loco de contento en una destartalada butaca del viejo cine Artigas”.
El golpe fue inmediato, corporal. La película era El día que me quieras (1935), la primera estrenada tras la muerte de Carlos Gardel. “Y entonces comprendí el porqué de su profundo arraigo popular. Viéndolo y oyéndolo cantar como si estuviera vivo, con ese arte suyo, maravilloso y único, sentí que el tango se introducía en mis venas como una fuerza poderosa y me prometí en silencio que, cuando fuera grande, yo también sería cantor”.
Tenía 12 años y ya cantaba. La decisión estaba tomada, aunque la vida lo empujara para otro lado. El trabajo vino primero y la voz quedó ahí, de costado, pero siempre latente. Antes de vivir de ella, hizo de todo: fue lustrabotas, canillita, repartidor, podador de árboles y empleado de AFE. “Yo decía que era mensajero, pero limpiaba los coches. ¡Hasta los gabinetes higiénicos!”, recordó.
Con 18 entró a la Marina, donde permaneció dos años. “Cuando ya estaba probado mi ascenso a cabo, solicité la baja y me retiré. Causé con mi decisión un gran disgusto en mi casa. Y comenzó nuevamente la odisea del canto”, relató. “Mi vocación, muerta durante ese tiempo a fuerza de plantones y marchas, resucitó con más ímpetu y comencé a cantar en la orquesta de mi pueblo”.
Bajo la dirección de Carlos Giraldoni, se presentó en distintos bares de Las Piedras hasta que llegó la oportunidad decisiva. Era 1948 y tenía 22 años. El conductor radial Agustín Pucciano lo escuchó cantar y lo llevó a Montevideo para presentarlo en el café Ateneo, donde se realizaba un concurso de cantores con modalidad eliminatoria. Julio ganó la primera jornada. En la segunda, entre el público, estaba Hugo Di Carlo, director de orquesta en busca de una voz. Sosa cantó “La gayola” y “Tengo miedo”. No hizo falta más. Di Carlo lo invitó a sumarse a su orquesta.
Ese mismo año firmó contrato con Sondor y realizó sus primeras grabaciones, acompañado por el cuarteto de Luis “Carusito” Caruso: cuatro tangos y un candombe. Basta escuchar su versión de “Sur” para entenderlo todo: hay hondura, entrega, una dicción impecable y una inmersión total en la canción. El dolor que condensa ese “Todo ha muerto, ya lo sé” tiene espesor actoral.
En 1949 se decidió a dar el salto y se animó a la aventura porteña. La suerte lo acompañó. “Desde que un taximetrero desconocido no quiso cobrarme el primer viaje —con cuatro pesos en los bolsillos, empapado por la lluvia, sin tener la menor noción de dónde iba a comer o dormir— hasta el día de hoy, todo ha sido fácil para mí”, aseguró en una entrevista.
Durante la década siguiente integró tres orquestas y grabó los primeros éxitos que comenzaron a darle nombre propio en el ambiente. Sin embargo, no fue hasta 1960 que su figura terminó de consolidarse: inició su carrera solista y, acompañado por la orquesta del bandoneonista Leopoldo Federico, dio forma a su etapa dorada.
Rebautizado como “El varón del tango” por sugerencia de CBS, el sello con el que trabajaba, lanzó el disco homónimo que redefinió su camino. Incluía clásicos como “La cumparsita” y “Rencor” y, como si fuera un guiño a aquel domingo en un cine de Las Piedras donde descubrió su vocación, una versión desgarradora de “Sus ojos se cerraron”, el tango que Gardel cantó en una de las escenas más conmovedoras de El día que me quieras.
Respaldado por la orquesta de Federico, grabó álbumes fundamentales como El tango lo siento así (1962) y El firulete (1964), en los que despliega todo su potencial interpretativo. Allí están versiones emblemáticas de “Mano a mano”, “Que me quiten lo bailao”, “Cambalache” y “El último café”, que sintetizan su manera de sentir el tango: con la intensidad de quien pone el cuerpo y se entrega en cada verso.
Por esos años, Sosa se embarcó en proyectos que revelan otras aristas de su obra. Publicó el libro de poemas Dos horas antes del alba (1960), en el que afirmaba que la escritura era una válvula para aliviar “la tensión de volcánicos estados anímicos o mortales depresiones morales”; grabó el impecable Milonga triste (1962), acompañado por un cuarteto de guitarras con el que abordó joyas del repertorio criollo de Gardel; y se probó como conductor televisivo en Copetín de tangos (1963), emitido por Canal 13.
En el pico de su fama, un accidente de automóvil resultó fatal. En la madrugada del 25 de noviembre de 1964 chocó de frente contra el pilar de hormigón que protegía un semáforo. Sufrió fracturas en las costillas, una lesión pulmonar y una conmoción cerebral. Murió horas más tarde a los 38 años.
La noche anterior al accidente había cantado su último tango. Fue en Radio Splendid y, casualmente, cantó “La gayola”, el tango con el que había conquistado a Hugo Di Carlo en aquel concurso de 1948. Uno de los versos decía: “Juntaré unos cuantos cobres pa’ que no me falten flores, cuando esté dentro del cajón”.
Y no faltaron. Fue velado en el Luna Park y, bajo lluvia, cerca de 200 mil personas acompañaron un cortejo fúnebre de siete horas hasta el cementerio de la Chacarita. Fue una prueba de ese arraigo popular que solo logran despertar las leyendas.
Un concurso de canto y un recorrido por Las Piedras
En el marco del centenario de Julio Sosa, la organización Todos por el Tango impulsa un concurso de canto que se desarrollará entre el jueves 5 y el sábado 7 de febrero en Las Piedras. Las actividades tendrán lugar en el Pabellón del Bicentenario del Parque Artigas, a partir de las 20.00.
Las dos primeras jornadas estarán dedicadas a las instancias clasificatorias, mientras que la tercera será la final, que incluirá además una serie de conciertos, entre ellos el de la cantante chilena María Paz Parra. Por bases y más información, se puede escribir al 094 105 041 o enviar un correo a certamen-juliososa@gmail.com.
Además, quienes visiten Las Piedras podrán recorrer distintos espacios vinculados al cantor: su mausoleo en el Cementerio Municipal, el histórico monumento ubicado frente a la plaza principal y el museo instalado en el Hipódromo.
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