El Plan de la Mariposa: de tocar para 30 personas al Antel Arena y el deseo de vivir una noche para transpirar

Sebastián Andersen recuerda las primeras giras en Uruguay, cuenta una insólita anécdota con Ruben Rada y habla de sus hermanos, el nuevo disco de 2027 y el show del 19 de noviembre en el Antel Arena.

Cuando El Plan de la Mariposa empezó a visitar Uruguay en 2018, tocaba en playas, calles y bares. Primero los vieron 30 personas, después 80, más adelante 100. Su primera Sala del Museo fue en plena pandemia, con aforo reducido y dos metros de separación entre sillas. Luego agotaron varias funciones, pasaron por el Cosquín Rock Uruguay y llegaron al Teatro de Verano. Ahora el recorrido los lleva al Antel Arena, donde ofrecerán su show más grande en Montevideo.

El grupo nació en Necochea, está formado por cinco hermanos y dos amigos, y tiene una propuesta que cruza rock, psicodelia y folclore. Su vínculo con Uruguay es anterior a aquellas primeras visitas: crecieron escuchando a La Vela Puerca y, en 2015, grabaron con Sebastián Teysera y Sebastián “Cebolla” Cebreiro. Después llegaron los encuentros con Ruben Rada y Hugo Fattoruso, mientras se afianzaba la relación con el público uruguayo.

El próximo encuentro con ese público será el jueves 19. El campo del Antel Arena, que es de pie, ya está agotado y quedan las últimas entradas en Tickantel de 2310 a 3565 pesos. Además, este martes se anunció que la banda integrará la grilla del Cosquín Rock Uruguay 2027, que se celebrará el 10 de abril en la rambla de Punta Carretas.

En diálogo con El País, Sebastián Andersen, cantante del grupo, recuerda sus primeras giras, cuenta anécdotas de sus encuentros con músicos uruguayos, reflexiona sobre la convivencia entre hermanos y adelanta detalles de un nuevo disco previsto para 2027.

-En “Flor de Tilcara”, de su disco Danza de Antalgia (2015), canta el Enano de La Vela Puerca. ¿Qué significó para ustedes tener su voz en una canción propia?

-Estuvo muy bueno. Le mandamos la canción y nos la devolvió con una parte nueva que inventó él y cantó al final. Todavía nos resta hacerla en vivo. En ese disco también grabamos “La lanza de mi fe” con el Cebolla, que después tocamos mucho. Una vez coincidimos en Tandil y la hicimos juntos. Después nos relacionamos con el Negro Rada. Nos invitó a tomar un té y nos mostró temas inéditos. Cuando nos íbamos, le dijo al portero: “Estos son unos hijos que tuve cuando estuve de gira por Alemania” (risas).

-Hay una clave en lo que generan en el escenario, algo que queda resumido en la cantidad de discos en vivo que tienen: esa idea de que alguien los ve y piensa “La próxima vengo con un amigo”.

-Espero que sí. Yo tampoco lo veo de afuera, porque estamos arriba del escenario. Desde que empezamos, lo que más nos llamaba era tocar en vivo. Salimos a tocar antes de saber casi ejecutar los instrumentos. Sigue siendo lo que más disfrutamos: esa espiral donde la energía fluye, donde hay un dar y recibir ascendente. Algunos dicen que eso se siente y ojalá que sí: lo hacemos con mucho corazón. Los siete encontramos esa fuerza del presente al cien por ciento. Cuando tocás no podés pensar en otra cosa; tenés que estar metido en ese flash. Es lo que más nos gusta hacer de la vida.

-Y también importa lo que le pasa al público. En “El cantar de los anzuelos” cantás: “Cantando para recordar que vivir no duele tanto”. Siento que durante esas dos horas todos entran en una misma sintonía

-Sí, es la idea. Me cuesta afirmarlo, pero veo a la gente contenta o, al menos, animándose a entrar en un espacio distinto. La música, más allá de El Plan, invita a entrar en una sintonía emocional y abrir espacios de tu propio ser que no abrís todo el tiempo. Y, si necesitás descargar algo, está el cuerpo a disposición de esas emociones. Por eso creo que la música en vivo sigue existiendo. Nos juntamos en esos encuentros, esos rituales, a descargar una energía y tomar otra. Por ahí va la tarea de la música en vivo.

-Y hay algo especial en todo eso: compartirlo con tus hermanos y amigos.

-Sí, la hermandad es algo hermoso, muy especial. Tener un espejo tan cercano es interesante: muchas veces lo que te irrita es aquello en lo que te parecés. Después de estos años cultivamos una amistad, además de ser socios en este viaje artístico. A mí me encanta. Nos vemos un montón, curtimos un montón de cosas. Hacerlo con hermanos es algo maravilloso. Hay valores compartidos, cosas que ni siquiera están en discusión.

-¿Cómo fue la decisión de dejar Necochea e instalarse en Buenos Aires? ¿La vivieron como una apuesta importante?

-Siempre tuvimos un espíritu aventurero. No fue “Uy, ahora hay que mudarse”, sino “Vamos hacia lo desconocido”. Los primeros viajes los hicimos con una guitarra y una mochila, haciendo dedo. Con Vale, mi hermano, y amigos recorrimos el norte argentino, Bolivia y Perú. Tocábamos en la calle y en restaurantes y seguíamos camino. Tocamos por Brasil, hasta el nordeste. En marzo vamos a ir de gira por Australia. Es como decir: “Tiremos todo arriba del bote, remamos y vamos”. Después vemos qué pasa.

El Plan de la Mariposa.
El Plan de la Mariposa.
Foto: Ignacio Arnedo.

-¿Qué te pasa cuando alguien te dice que una frase de una canción de El Plan lo marcó o que incluso la lleva tatuada?

-Me gusta que las canciones se vayan cargando de emociones y de interpretaciones, que lleven cada vez más historias adentro. Vos hiciste la canción, la grabaste y trataste de darle la mejor oportunidad, de ponerle el mejor vestido. Pero después ya está: entra en la esfera de lo incontrolable. La canción viaja sola, anda por ahí cargándose de nuevas energías. La música es mucho más grande que una canción, pero la canción es un gran contenedor.

-A veces empezás por una frase y terminás descubriendo algo, desbloqueando un recuerdo o encontrando una historia, ¿no?

-Me gustan los mantras, encontrar algo en la repetición. Yo compongo así: una frase, una melodía que se va repitiendo. La repito, la repito, y ese mantra me lleva a cierta hipnosis. La cabeza y el alma entran en ese viaje y se abre una puerta por la que aparecen otras cosas. Ahora estamos haciendo el disco nuevo, que va a salir el año que viene. Son canciones de los últimos dos años. Es una búsqueda que me encanta. Antes de ensayarlas nos juntamos en un asado y las tocamos. Ahí empiezan a cargarse de otras fuerzas. Después aparecen la batería, el bajo, las guitarras, los teclados, y surgen cosas nuevas.

-¿Qué podés adelantar del repertorio del Antel Arena y cómo imaginás esa noche?

-Vamos a hacer muchas canciones. Tocamos con dos percusionistas y vamos a sumar violinistas de Uruguay que ya tocaron con nosotros. Hacemos algunas reversiones, pero no cambiamos tanto los temas porque cuando voy a ver a otras bandas, me gusta reconocer la versión que escuché. Les cambiamos algo para cargar las canciones de más energía. Los conciertos son agitados, de celebración y alegría. La última vez tocamos en el Teatro de Verano. Me encantó, pero ahí no se puede hacer pogo. Tengo ganas de encontrarnos en una noche para transpirar. Les digo a los pibes: “Baja expectativa”, pero en realidad la tengo allá arriba. Es una de las fechas que más espero. Hace muy poco el Antel Arena era un lugar gigante al que nunca íbamos a ir a tocar, y ahora está por ocurrir.

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