No hay forma de perderse. Para llegar al punto de partida del último viaje de Ruben Rada solo hay que seguir la música. Un hombre avanza por Isla de Flores con un parlante, parecido a un megáfono, instalado en la parte delantera de su moto. Es una especie de faro musical. Suena, por supuesto, “Muriendo de plena”. Cuando termina, vuelve a empezar. Y después otra vez. Es un loop sin descanso.
En la esquina de Isla de Flores y Santiago de Chile ya hay cámaras de televisión, una cuerda de tambores que junta a distintas comparsas —C1080, Integración— y un centenar de personas esperando. Muchos llevan alguna prenda roja, un guiño a la canción que desde el miércoles se convirtió, inevitablemente, en el himno de esta despedida.
Porque a Rada se lo viene despidiendo desde hace dos días y siempre de la misma manera: con música. Y, sobre todo, de forma espontánea. El miércoles de noche, apenas unas horas después de conocerse su muerte a los 83 años, los tambores tomaron Isla de Flores y una multitud de varias cuadras avanzó en lenta procesión a ritmo de candombe.
Fue una respuesta popular, casi inevitable: ante la noticia, la gente salió a la calle e hizo lo que Rada había hecho durante toda su vida: música. Era el inicio de un adiós que nadie parecía dispuesto a hacer en silencio.
El jueves se vivió algo parecido en el Salón de los Pasos Perdidos del Palacio Legislativo. Durante siete horas, miles de personas pasaron frente al féretro. Hubo flores, abrazos, lágrimas y canciones. Y hubo un momento en que la solemnidad del lugar cedió definitivamente ante Rada: León Gieco, Natalia Oreiro, Ricardo Mollo, Dante Spinetta y Jorge Nasser se reunieron con su familia y empezaron a cantar “Blumana”. Después llegó “Muriendo de plena”. Las palmas marcaron la clave de candombe y, por unos minutos, todo el salón cantó.
Así que este viernes nadie espera silencio.
Rada tampoco lo hubiera querido. El año pasado, sentado en el living de su casa, lo explicó a El País de una manera mucho más sencilla: “Si no canto, me ahogo; es como taparle la boca a un pájaro... Soy música por todos lados”.
Y ahora que toca acompañarlo en su último viaje, Montevideo parece haber decidido tomarlo al pie de la letra. Nadie quiere que se ahogue.
Minutos antes de las 11.00, la hora prevista para la partida, el coche fúnebre avanza lentamente por Isla de Flores. Sobre el techo lleva varios ramos de flores y, detrás de los vidrios, se alcanza a ver el féretro donde reposa Rada. Detrás llegan varios vehículos negros con su familia y sus amigos.
Entonces la calle reacciona. La gente aplaude, llora, se abraza. Algunos buscan la mirada de Lucila, Julieta y Matías; otros se acercan para darles la mano. Cuando el coche se detiene, los tambores arrancan comandados por Lobo Núñez, emblema del candombe y amigo de Rada durante décadas. Algunos tamborileros aguantan las lágrimas mientras tocan. Varios llevan la bandera uruguaya pintada sobre la madera y, en cuestión de segundos, la esquina entera empieza a marcar la clave.
Unos metros más atrás están el presidente Yamandú Orsi y su esposa, Laura Alonsopérez. No hay una escena protocolar alrededor de ellos. Están prácticamente perdidos entre la gente, aplaudiendo como el resto. Alguna cámara de televisión se abre paso para encontrarlos entre la multitud.
Cuando la familia Rada baja de los vehículos, empieza el desfile de abrazos. La música no se detiene ni siquiera cuando gana el llanto. Durante unos minutos, nadie parece tener apuro por partir.
Hasta que el cortejo vuelve a ponerse en movimiento. Primero irá hasta la Casa de la Cultura Afrouruguaya y después seguirá rumbo al Cementerio del Norte, donde están enterrados la madre y varios hermanos de Rada.
En el recorrido también hay gente aplaudiendo. Algunos sostienen banderas de Uruguay; otros tienen el celular preparado para registrar los pocos segundos en que el cortejo pase frente a ellos. La caravana avanza y el hombre de la moto sigue ahí, con “Muriendo de plena” sonando una vez más. Y después otra.
En el Cementerio del Norte espera otra multitud. Allí, sus restos serán depositados en el panteón de Agadu, pero antes hay una última despedida. Alrededor del féretro se congrega otro centenar de personas y, entre las flores, ahora quedan a la vista varias fotografías familiares.
En una, un Ruben joven abraza a su esposa, Patricia Jodara. En otra, la familia posa reunida durante el cumpleaños de 15 de Julieta. También hay una foto de sus nietos. Son imágenes de una vida privada expuestas, por un momento, en medio de una despedida pública y multitudinaria.
Alguien se acerca al féretro y lo cubre con una bandera de Peñarol. “No se muere nunca el Negro, está con nosotros para siempre”, dice Patricia. A su alrededor están sus hijos, sus nietos, sus amigos. Desde algún lugar se escucha un grito de “¡Ídolo!”. Desde otro llega una frase que parece responderle: “¡Quedan siempre las canciones!”.
Y quedan.
Los tambores siguen tocando y enseguida empieza otro canto colectivo. Primero “Las manzanas”. Después “Mi país”. Luego, “No me queda más tiempo”. Nadie dirige demasiado. Una canción encuentra a la siguiente y la gente las conoce todas.
Entre la multitud está Julia Zenko. La cantante argentina empieza entonces, a capela, “Adiós a la rama”. No necesita acompañamiento. Su voz se impone por unos instantes sobre el murmullo del cementerio: “Me despido de las rosas, me despido del color, / pero nunca me decido a decirte adiós, amor”.
Después, la música sigue. Nadie quiere que gane el silencio.