Como si fuera fácil. Así lo hizo parecer Laura Pausini, cuando después de tres horas de un concierto que funcionó, a la vez, como un viaje en el tiempo y el espacio, y como una celebración de la canción toda, se despidió del público uruguayo cantando a capella y envuelta en una bata que llevaba su nombre. Pasaban 15 minutos de la medianoche y ella sonreía con la misma frescura que al inicio, como si así, en ese estado de entrega absoluta, pudiera pasarse la noche entera.
Este viernes, ante una sala repleta —las entradas se agotaron hace meses—, Laura Pausini finalmente debutó en Montevideo. Tuvieron que pasar 33 años desde que ganó el Festival de Sanremo con apenas 18 años y su voz, nacida en un pueblo de poco más de 4.000 habitantes, se convirtió en banda sonora transoceánica de varias generaciones, para que pudiera saldar esta deuda. Pagó con intereses, en una noche en la que su canto —también su carisma— llenó cada rincón del Antel Arena.
La cantante italiana más popular del mundo vino a presentar Yo canto 2, el disco que completa la tarea que había iniciado en 2006, cuando presentó el álbum Yo canto y le rindió tributo a destacados compositores de su patria. Esta vez se dedicó a honrar el idioma español, a través de una selección variopinta en la que versionó desde "Gracias a la vida" de Violeta Parra, a "Antología" de Shakira, "Mariposa Tecknicolor" de Fito Páez e incluso "Turista", del puertorriqueño Bad Bunny.
Las canciones son libres, dijo. Ese fue el mensaje que cimentó el concierto. El otro, reservado para el final: "Hagamos música, no la guerra".
La gira que marcó la segunda presentación de Pausini en Uruguay (la primera fue hace 10 años, en Punta del Este) está apoyada en la celebración de la música como una fuerza suprema. De ahí que el diseño del escenario esté planteado como una fortaleza, un concepto que en el tramo inicial se completa con visuales, un pie de micrófono con forma de Excalibur y bailarines/cantantes ataviados como guerreros medievales.
"En mi castillo no soy yo la reina, la reina es la música y soy yo quien la protege", dijo su voz en un mensaje grabado que fue preámbulo de su salida a escena. Y después: "La música, la única reina, vino a mí, me abrió el pecho y puso mi corazón en mis manos". Entonces emergió de una plataforma y empezó a entonar "Yo canto". Todo lo demás fue una demostración de talento. De lo que hace a un artista más allá de su talento.
Pausini es una cantante descomunal, que combina como pocas el amplio rango vocal con la afinación, la potencia y el manejo de los matices. Puede generar la intimidad más delicada a base de susurros y graves, y romperla de un golpe con agudos imposibles de imitar. Su interpretación es precisa, a la medida de cada palabra. Nunca sonríe si está entonando un verso de desamor, ni exagera la afección si está llevando adelante una letra más liviana. Todo sucede a su tiempo, siempre inclinado a un dramatismo casi teatral que impregna vestuarios, paleta de colores y efectos visuales que pasan de la nieve al fuego, del retrofuturismo al humo.
Verla cantar, escucharla cantar, es el gran atractivo de su recital. Pero Pausini no deja que la historia acabe ahí. En vivo ofrece una experiencia completa, una fiesta que es, a la vez, gigante y familiar. El espectáculo es suntuoso, exagerado, lleno de elementos. En lo visual desfilan un atuendo inspirado en la Virgen de la Soledad para hacer "Hijo de la Luna" con un bebé dorado, un vestido con luces led para ejecutar "En cambio no", una suerte de traje de novia para interpretar "Víveme"; brillos, tules, mariposas, neón. En lo musical, con una banda potente que incluye a su marido, el guitarrista Paolo Carta, va del rock a la balada más grandilocuente y de la salsa a un piano despojado, muchas veces sin escala. Aún así, ella se encarga de mantener todo a tierra con una conversación constante que la hace sentir como una tía con la que una quiere pasar todas las horas. Domina la ternura y la picardía: puede emocionarse al hablar de su padre, que la acompaña en esta noche y en todas las noches de gira, y al rato hacer un chiste sexual sobre la carne, y consigue siempre un efecto cómplice.
El concierto abarcó más de 40 canciones, muchas de ellas presentadas en enganchados efectivos, como "Amores extraños", "La soledad" e "Inolvidable", uno de los momentos más esperados de la noche (en esa última, los fans la conmovieron con una acción al levantar carteles de "Uruguay te ama" con corazones de colores). Sintetizó su propio repertorio con todas estas canciones que hacen a Yo canto y Yo canto 2, y ofreció esencialmente temas en español aunque no se olvidó del italiano, ni del portugués ni del inglés. Llevó al público por Cuba ("Oye mi canto", "La vida es un carnaval"), Santo Domingo ("Bachata rosa"), Perú ("Hoy"), Colombia, Puerto Rico, Argentina, España. Jugó con un viaje a los 70 para hacer su arriesgada versión reggaetonera de "Por qué te vas" y demostró que las grandes canciones no tienen tiempo.
Como si fuera poco, colaboró en una propuesta de matrimonio, cantó a capella con una muchacha y se conmovió cuando detectó, bien al final de la noche, que al fondo del arena había un grupo que llevaba un cartel con el nombre de su pueblo (Solarolo) y otro en el que se leía "familia Montanari", el mismo apellido del Marco al que le dedicó su emblemática "La soledad". Se rió y se conmovió en partes iguales.
En algún momento, en medio de toda esa maratónica entrega, la italiana dijo que nunca había soñado con ser una cantante famosa. Que deseaba hacer piano bar y que lo único que quería, lo que siempre quiso, era cantar. Quizás por eso este concierto es como jugar al piano bar en ligas mayores. Abrir un repertorio popular, casi como prender una radio para dejar, por tres horas eternas, que las canciones los envuelvan a todos.
En ese juego, Laura Pausini demostró de qué está hecha.