"Tanto tiempo esperando pa’ verte de nuevo”, canta Chayanne al inicio de su show del jueves en el Estadio Centenario, y la frase sintetiza el espíritu de la noche. Diez años después de su última actuación en Montevideo —y seis del recital cancelado en el Antel Arena por la pandemia—, el artista puertorriqueño sube al escenario para un reencuentro ante 35 mil personas que tanta espera merecía.
Hasta la lluvia que cayó en la tarde no altera los planes: para cuando empieza el recital, el cielo está despejado y hasta se ven las estrellas.
En la previa del show, El País adelantaba que, a los 57 años, la voz y el cuerpo de Chayanne seguían intactos. Faltaba un detalle decisivo para entender lo que ocurriría esa noche en un Estadio colmado: conserva impoluto el arte del encanto.
Desde que irrumpe con el enganchado de “Bailemos otra vez”, “Salomé” y “Boom Boom” —con interpolación de “Don’t Stop ’til You Get Enough”, de Michael Jackson—, se activa un pacto implícito: él lanza el primer paso y el estadio responde de pie, como si nadie hubiera considerado otra posibilidad. El boricua convierte la seducción en columna vertebral del espectáculo. Y no da tregua. El encanto es su instrumento principal: acompaña a la banda de ocho músicos, dialoga con el cuerpo de ocho bailarines y termina por gobernar la escena.
La sonrisa constante. La mirada exagerada, penetrante. Los besos lanzados con lentitud hacia las primeras filas. El movimiento de caderas. Incluso esos amagues de lágrimas cuando la respuesta del estadio lo desborda y redirige la emoción con una arenga que empuja a cantar el estribillo. Hasta la forma de secarse el sudor es coreográfica: se pasa el dorso de la mano con disimulo y luego lo sacude con un gesto seco, casi de látigo, que dispara gotas —a veces chorros— al aire.
Y está, sobre todo, el encanto en el habla. En el agradecimiento. En la pausa para preguntar si hay abuelas, madres e hijas en el estadio —las madres lideran, aunque las abuelas no se quedan atrás—. En el doble sentido que asoma siempre desde el humor: se tienta, se ríe, dosifica. Sabe exactamente qué espera el público y administra esa expectativa.
Basta recorrer con la vista los carteles que copan el campo y la Tribuna Olímpica: “Chayanne, cumplo 15 años de casada y hoy sos mi permitido”; “El morocho más lindo”; “Vine a casarme contigo”. “Esta noche ustedes manden que yo obedezco”, dice, y el estadio responde con un grito cerrado. Finge ruborizarse cuando asegura que escucha todo lo que le dicen. Sube a una fanática para bailar “Bailando bachata”; la besa en el cachete para la selfie y la despide rumbo al camarín con la promesa de darle “todo lo que quiera”. Pausa. Silencio atento. remate inmediato: “Un té, un jugo, un refresco... ¡Agua!”. Y el estadio estalla en una carcajada.
Pero reducir el show a ese juego sería injusto. La seducción es apenas el engranaje más visible de una maquinaria afinada al milímetro. Las coreografías, que protagoniza con precisión atlética junto a un cuerpo de baile de alto rendimiento, sostienen la intensidad. Y, por encima de todo, están las canciones.
En dos horas recorre cuatro décadas de clásicos con una selección calibrada al detalle. La gira Bailemos otra vez apuesta a los enganchados para sostener el pulso: lo deja claro desde la apertura y lo reafirma con el rescate ochentero de “Palo bonito” y “Este ritmo se baila así”, o con el bloque de baladas que encadena “Yo te amo”, “Candela”, “Tu pirata soy yo” y “Completamente enamorados”.
Ahí se revela otra de sus virtudes para el formato estadio: la administración de los climas. Puede desatar la euforia con “Torero”, “Provócame” o “Caprichosa” y, minutos después, bajar la intensidad hasta convertir el campo en un coro multitudinario, una mano en el pecho y la otra en alto, con “Dejaría todo”, “Y tú te vas” o “Si nos quedara poco tiempo”.
A su vez, el show ofrece una prueba de su vigencia. Entre los puntos altos aparecen la adictiva “Bailando bachata” —sí, la que baila con una fan— y la balada “Te amo y punto”, ambas de Bailemos otra vez (2023). De su álbum anterior, En todo estaré (2014), suma el reggaetón “Humanos a Marte” y la luminosa “Madre tierra”.
Esta última merece un párrafo aparte. Apenas empieza a sonar, sobre el final del show, se activa la consigna que los clubes de fans habían difundido en redes: inflar un globo rojo para teñir el Centenario. Mientras invita a cantar el estribillo —“Oye, abre tus ojos, mira hacia arriba, / Disfruta las cosas buenas que tiene la vida”—, una garúa fina empieza a caer sobre el Estadio.
No incomoda; más bien se agradece. Refresca la noche, como un guiño a la lluvia de la tarde. Entonces el campo se tiñe de rojo, el Estadio canta entero y el reencuentro, 10 años después, sella su imagen definitiva.
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