Libros
Carmen Posadas sobre Taco Larreta: 100 años de un maestro capaz de cambiar la historia
EXCLUSIVO PARA EL PAÍS Carmen Posadas Al ser el premio literario de mayor dotación económica del mundo después del Nobel (600.000 euros en la actualidad), alrededor del Premio Planeta se han tejido múltiples leyendas. Una de las más curiosas (se non è vero, è ben trovato) tiene como protagonista a Taco Larreta. Sucedió que el año en que él se presentó al certamen, Jesús Aguirre, excura y notorio intelectual, acababa de casarse con la duquesa de Alba. Esto hizo que sobrevolara sobre la editorial la idea de que, tal vez, quizá, al flamante duque, que tenía fama de bromista, se le hubiese ocurrido la idea de adornar más aún sus blasones ganando el Planeta. ¿Porque quién si no, se preguntaban los editores, podría haber escrito con tanta maestría, tanto conocimiento y tanto sentido del humor, el manuscrito presentado semanas atrás al premio con el título de Volavérunt, que remite inexorablemente a la figura de la XIII duquesa de Alba, la musa de Goya? Sucedió además que en aquel año concurría al certamen uno de los pesos pesados de la literatura española. Nada menos que Juan Benet, admirador (los malvados dicen más bien que imitador) de Faulkner y miembro notable de la gauche caviar. Su novela -era fácil adivinar que era suya por su personalísimo estilo- comenzaba con una escena inquietante: un cadáver cuyos pies parecían marcar las once y cinco. Pero ¡quia! Ni siquiera este prometedor arranque ni tampoco el prestigio de su autor podían compararse con el bombazo literario que supondría que, bajo el críptico seudónimo elegido para presentarse, se escondiese el nuevo duque de Alba. La leyenda no cuenta, pero ya lo apunto yo, que el manuscrito en cuestión era sencillamente deslumbrante. Mantenía la tesis de la duquesa de Alba que Goya inmortalizó: había muerto envenenada, ¿pero por quién? Como ocurre sólo con los grandes libros, la resolución del enigma venía a ser lo de menos. Porque lo importante era cómo estaba trenzada la trama, el modo magistral en que se desarrollaba la acción, los diálogos brillantes, las descripciones extraordinarias... Y llegó el gran día. La apertura de la plica reveló que tras el seudónimo con el que se había presentado la obra no se escondía el nombre de Jesús Aguirre sino el de Antonio Larreta. El desconcierto fue grande, pero también de corto alcance. No solo porque nada más salir a la venta Volavérunt se convirtió en un fenómeno editorial, sino también porque su autor, si bien no era conocido del público, entraba cada semana en casa de todos los españoles. Y lo hacía de la mano de otra de sus “criaturas”: Curro Jiménez, el bandido más famoso que ha dado la ficción moderna. Yo nunca llegué a conocer a Taco Larreta. Ni siquiera cuando, diecinueve años más tarde, gané el Premio Planeta. De haber tenido la ocasión, me hubiese gustado que me corroborase si era cierta esta leyenda literaria. Pero sobre todo, le habría preguntado qué se siente al ser padre de dos personajes literarios inmortales. Porque, hasta el día de hoy, si alguien piensa en un bandolero, el primer nombre que viene a la imaginación es el de Curro Jiménez y, en cuanto a la XII duquesa de Alba, el mérito de Taco es aún mayor, porque María del Pilar Teresa Cayetana de Silva y Álvarez de Toledo existió realmente y no murió envenenada, sino víctima de unas vulgares fiebres. Y sin embargo, después del éxito de Volaverunt, en el imaginario general su vida no es la que en realidad tuvo, sino la que él imaginó. Tal es el poder de la buena literatura. Solo ella, de la mano de maestros como Taco, es capaz de reescribir y reinventar la Historia. La uruguaya Carmen Posadas acaba de publicar Licencia para espiar (Espasa). Este es un texto especial para El País por el centenario del nacimiento de Antonio “Taco” Larreta.
Sofía Aguerre, la escritora premiada que es la nueva promesa de la literatura uruguaya
ENTREVISTA nicolás lauber Cuando Sofía Aguerre era niña quería dedicarse a las ciencias. Hoy crea contenidos para juegos y aplicaciones móviles, y es traductora, correctora de estilo y escritora premiada: acaba de lanzar dos novelas, y no para. Su Felicia y los bosques olvidados, presentada bajo el seudónimo “Ivy” obtuvo el segundo lugar en la categoría Obra inédita de Literatura infantil y juvenil en los Premios a las Letras 2022 del Ministerio de Educación y Cultura. El año pasado, también en la categoría infantil y juvenil, había conseguido el Premio Juan Carlos Onetti por Adagio, novela que acaba de editar Sujetos. Y a eso se le suma el flamante lanzamiento de Las lunas de marzo, primera novela de autor uruguayo editada por el sello Puck de la editorial Urano. Aguerre la empezó cuando tenía 16 años, porque la escritura ha sido una constante. “Escribir me gustó siempre”, comenta a El País. “Era de planificar las historias, pero con esa novela quise probar algo distinto y escribí lo que fuera saliendo. Fue un error porque la abandoné un montón de veces. Pero me interesaba esa cosa inquietante que está en el bosque y no conocemos”, dice. Sofía Aguerre firma ejemplares de "Las lunas de marzo". Foto: Gentileza Aguerre, que tiene 29 años, tuvo claro desde el inicio que quería ambientar la historia en Austria. Cuando se vio abrumada por la cantidad de información que tenía que recolectar para la novela, decidió construir un mundo inventado. Al final decidió seguir su instinto y volvió a Austria. Las lunas de marzo se centra en Mina Strolz, una joven a quien conocemos mientras intenta encontrar una bruja para salvar a su madre de una grave enfermedad, pero termina siendo testigo de un asesinato. Para peor, el culpable se muda a su mismo pueblo. Esta historia se publicó en 2015 con una editorial española que cerró en 2020, y ahora se lanza con Urano. Es una reedición que, además de estar revisada, tiene al final cuatro relatos que transcurren tiempo después. “Son contenido extra que une esta novela con la secuela”, avisa. Portada del libro "Las lunas de marzo" de Sofía Aguerre. Foto: Difusión La segunda y tercera parte de esta saga las escribió en 2019 y 2021, luego de unos años en los que se sintió trancada, bloqueada. “Me costaba escribir, lo hacía de a pasitos, y en 2019 me destranqué. Se destapó algo y empecé a escribir un montón”, dice. Las lunas de marzo cuenta con preciosas descripciones de lugares que, Aguerre aclara, recreó con ayuda de la tecnología. “Utilizo referencias e investigo. Uso Google Earth para ver los lugares y caminar por las callecitas. Eso es importante, porque necesito visualizar en mi cabeza lo que está pasando, sino me tranco”, dice. Otro punto importante es encontrar el tono adecuado para la narración: si no, dice, no puede escribir. “Tal vez le pasa a los músicos, pero la nota con la que empezás tiene que ser esa. Si no la encuentro tengo que darle más pienso, porque no es tanto la cabeza de correctora pensando en la sintaxis; me tiene que fluir”, dice. Aguerre se define como muy caótica, y por eso necesita estructura y planificación. “Es como una medida de contención. Llamo a mi sistema ‘estructura flexible’, porque me gusta planificar las grandes cosas, los puntos importantes y después ver qué pasa, a dónde me lleva”, dice. Y está Felicia y los bosques olvidados, que espera se publique próximamente. “Escribir esa novela fue un desafío”, comenta. Para superarlo pensó qué le gustaba leer a ella cuando era chica, cómo eran los libros que le atraían y de qué hablaban, y entonces todo se volvió más sencillo. “Dicen que es difícil escribir para niños, y es verdad”.
De Guichón a Peñarol, tres historias mágicas y sobrenaturales que ocurrieron en Uruguay
HISTORIAS nicolás lauber Néstor Ganduglia. Foto: Leonardo Mainé A lo largo de sus 30 años de actividad, Néstor Ganduglia ha recopilado más de 200 relatos mágicos uruguayos, y otros 1.500 del resto del mundo. Muchos han sido plasmados en sus libros Historias mágicas del Uruguay interior, País de magias escondidas, e Historias de Montevideo mágico y también las ha contado en programas de televisión como protagonista o invitado. Ahora Ganduglia -quien es psicólogo, psicólogo social y magister en Educación Popular- editó Historias bajo la historia (Planeta, 750 pesos), donde reúne más de 60 relatos que pasan por el rey Nabucodonosor, Luis XIV, Mansa Musa y Napoleón. Como para acompañar la salida del libro, Ganduglia compartió tres leyendas con El País. Las cuenta él mismo. Néstor Ganduglia. Foto: Leonardo Mainé 1 "Hace unos años charlaba sobre apariciones, casas encantadas y luces malas con la peonada de una estancia no muy lejos de Guichón, un pueblo grande de Paysandú. Los muchachos me dijeron que fuera hasta un lugar donde sale luz mala. Fuimos, paramos en una lomita cerca y me mostraron un cimiento y un pedazo de pared de un rancho, nada más. Uno me dijo: ‘si se para acá de tardecita y no se acerca, a lo mejor puede ver cómo de ese rancho sale una lucecita, da vueltas hasta que sale el primer rayo de sol y desaparece'. '¿Y de quién sería ese rancho?', pregunté. ‘Todo el mundo le llama El rancho de la Melchora, pero si va por el pueblo averigua algo más’. Fui y resulto ser de Melchora Cuenca. Para la mayoría el nombre no dice nada, pero debería. Era índia guaraní, lancera de primera línea en el Ejército de la Independencia y por lejos la mujer más importante en toda la historia de José Artigas. Lo conoció en el Ayuí, se casaron, tuvieron dos hijos y cuando Artigas se fue al Paraguay, ella decidió quedarse. El primer gobierno de la República le ofreció una pensioncita. Ella no la quiso y se dedicó a vender la ropa que hacía por las calles del pueblo. A mí me encanta que la lucecita de doña Melchora siga dando vueltas por el rancho. Es como si esperara que alguna madrugada le diéramos el lugar que se merece en la historia. Por esto me interesan las historias mágicas: destapan lo que la historia decide barrer bajo la alfombra”. Néstor Ganduglia. Foto: Leonardo Mainé 2 "En Piedras Coloradas, un pueblito en Paysandú, conocí un policía. Me dijo que hace unos años él y otros dos estaban en un puesto de campaña. La oscuridad era tremenda y la linterna estaba sin pilas, así que lo único que podían hacer era tomar mate y vigilar con el oído. De repente uno de los muchachos hace un gesto para que escuchen. Se oía un llanto de mujer y un grito pidiendo auxilio. Buscaron por el pasto y encontraron a una mujer. Estaba flaca hasta el espanto, tenía el pelo pegoteado, la cara manchada y la ropa hecha jirones. Tenía un susto tan grande que mientras la llevaban al puesto, seguía pidiendo ayuda. En el puesto vieron que tenía una expresión de miedo tan grande que ni ellos se animaban a preguntarle qué pasó. Supieron que se llamaba Angélica, su marido era Fernando Morón y la quería matar. Habían discutido y nunca pasó más que una paliza, pero esta vez cuando ella se fue, escuchó dos disparos. Si volvía, la iba a matar. El sargento ordenó al agente que notificara mientras él y otro visitaban al sinvergüenza. Aún en la oscuridad de la noche se notaba que el rancho estaba en un estado espantoso. Gritaron pero nadie contestó. Salieron del rancho abandonado y vieron luz a un par de cuadras. Llegaron a la casa de un vecino que los atendió. Le informaron que tomara recaudos porque había un tal Fernando Morón, armado y peligroso. El vecino se agarró la cabeza y dijo: “está de vuelta por el pago. No se lo veía desde la tragedia”. Cuando vio que lo miraban con cara de no entender nada, siguió: “el de la mujer, pobre, creo que se llamaba Angélica. Ligaba golpizas y la última vez no tuvo tanta suerte, y mientras ella escapaba, él le tiró dos balazos en la espalda. Cuando llegó la policía ya se había escapado”. El sargento dijo: “llegamos tarde” y volvieron al puesto. Antes de llegar salió el agente y les dijo que la mujer se había pelado. Desapareció en el aire. El parte de aquel movió el asunto y días después lo encontraron con otro nombre, trabajando de peón en una estancia. Dicen que todavía está preso y seguro que cada tanto se pregunta quién habrá revuelto aquel avispero después de tantos años”. Néstor Ganduglia. Foto: Leonardo Mainé 3 "Esta historia es del barrio Peñarol y un gurí que se llamaba Fermín. Tenía seis hermanos y vivía con su madre que había quedado sola cuando se fue su marido. El Fermín, por entonces de nueve años tuvo que aprender el oficio de buscavidas. Barría la vereda, hacía mandados o acomodaba un galpón a cambio de unas monedas. Los domingos jugaba al fútbol en el barrio. En eso estaba cuando un vecino pasa por la canchita rumbo a su casa. En la mitad del camino paró en seco al escuchar una voz de tango. No le costó encontrar a los gurises, y a Fermín cantando. Lo felicitó y se lo llevó a su casa, su mujer no le iba a creer. Ella también quedó encantada. Desde esa mañana, Fermín supo que tenía un oficio nuevo: cantante. Los vecinos desparramaron por el barrio la habilidad del botija que se empezó a hacer conocido como Gardelito. Se volvió un personaje entrañable. Un domingo, gritaron “Gardelito”, pero no apareció. Causó extrañeza pero no alarma. Pero esa noche, su madre preguntaba, sin suerte, si habían visto al Fermín. La policía tampoco lo encontró. Desde entonces, Fermín, de 10 años pasó a ser un cartel más en la seccional. Semanas después la señora de la farmacia cerró la cortina y arrancó para su casa. En el camino escuchó esa voz que conocía bien. Al otro día se lo contó a sus clientes hasta que le avisaron que en la casa no había aparecido. Dos gurises escucharon la voz cantante, después un señor y de a poco el barrio se convenció que algunas noches, Gardelito cantaba por la zona. La mayoría señalaba “la casa del loco” que estaba abandonada y era de las pocas que tenía un aljibe en la puerta. Parece que vieron a la madre preguntando dónde se escuchaba la voz de su chiquilín, y alguien la vio tapándose los ojos y señalando la boca del aljibe. El barrio se convenció que Gardelito cantaba desde el aljibe. El Peteco tenía una novia pero no estaba convencido que fuera la mujer de su vida, y le hizo una prueba. Fueron al aljibe y le pidió que pusiera la cabeza en el pozo a escuchar. La muchacha se quedó un ratito, se levantó, miró al Peteco y le dijo que no había escuchado nada. Ese mismo día la dejó. Después comentó: “si no tiene la sensibilidad para escuchar la voz del Gardelito cantando, no es la mujer de mi vida”. Yo también hago el esfuerzo, y si bien nunca metí la cabeza en el pozo, estoy seguro que el Gardelito sigue regalándole una melodía a sus vecinos como hizo durante tanto tiempo”.