Roy Berocay: "Competimos con TikTok, pero los gurises siguen necesitando libros hechos con honestidad"

El escritor habla de su nuevo libro "1930: Misión Futuro", el espectáculo en el Teatro Solís, la vigencia de la literatura para las infancias y por qué el fútbol refleja la forma de ser de Uruguay.

Roy Berocay.
Foto: Ignacio Sánchez.

Es probable que cualquier adulto uruguayo que haya crecido en los años 90 haya sido fanático de alguno de los libros de Roy Berocay. El escritor integra, junto a autores como Helen Velando e Ignacio Martínez, una generación que renovó la literatura infantil uruguaya con personajes que hablaban como los niños, recorrían los mismos lugares y vivían historias nacidas en el país.

Mayte, de Pateando lunas; Juanita Julepe y, sobre todo, el Sapo Ruperto siguen formando parte del imaginario de varias generaciones. Pero Berocay no vive de la nostalgia. En 1930: Misión Futuro, su nuevo libro, presenta personajes como Emilia, Genaro y hasta Walter, la primera inteligencia artificial uruguaya.

Más allá de usar al personaje como un recurso humorístico, a Berocay le interesaba abordar, también, la inteligencia emocional.

La historia dio el salto al escenario a través de Ruperto Rocanrol, la banda que Berocay integra junto a sus hijos desde 2008 y con la que fusionó sus dos grandes pasiones: la literatura y la música.

1930: Misión futuro se estrenó ayer y hasta el domingo tendrá dos funciones diarias (14.00 y 16.00) en el Teatro Solís. Entradas en Tickantel por 650 pesos. Hay 2x1 para socios de Club El País por 850 pesos.

Como buena parte de su obra, la novela vuelve a poner al fútbol en el centro de la historia. Berocay, hincha y apasionado del deporte, asgura que la forma en que los uruguayos vivimos cada Mundial dice mucho sobre quiénes somos: una sociedad que se cae, se levanta y vuelve a creer. La trama también incluye viajes en el tiempo.

¿Y si él tuviera una máquina para viajar al pasado? La respuesta no sorprende: elegiría el Maracaná.

—Comenzaste con la música, luego escribiste libros, y ahora estás en Ruperto Rocanrol. Es una trayectoria cíclica.

—Nunca dejé de hacer música, salvo en la época de la dictadura, que también hice, pero era más difícil. Me hice conocido con los libros, pero tocaba en una banda que se llamaba El Conde de Saint Germain. Después en La Conjura. Lo que pasa es que por ahí hay gente que conoce los nombres de las bandas, pero no sabe que yo las integraba. Pero cuando llegó Ruperto Rocanrol el paso fue fusionar esos mundos. El mundo de los niños pasó a la música. Hasta ese momento estaban por separado: la música era una cosa adulta y los libros eran una cuestión para niños.

—El tipo de música que hace Ruperto Rocanrol se aleja del estilo infantil tradicional.

—Nosotros hacemos lo que nos gusta y siempre creímos que por el hecho de que sea para niños no hay por qué rebajar nada ni simplificar demasiado las cosas. Los niños son perfectamente capaces de entender y captar las cosas. Hasta ahora llevamos 17 años con la banda y los gurises responden perfectamente y entienden. Siempre decimos que el nivel de exigencia que tenemos musicalmente es el mismo que si tocáramos para adultos. Lo diferente son las letras, pero si las cambiáramos, perfectamente podrían ser canciones para cualquiera. Nos gusta que a los adultos que van a los espectáculos también les gusten las canciones. Siempre jugamos un poco a dos puntas: pensamos en la infancia, pero también en el padre, en la madre y en la abuela.

—La banda está integrada por tus hijos, ¿cómo funciona?

—Somos tres músicos con la misma voz y voto, y las cosas las resolvemos entre los tres. A nivel técnico ellos son mucho mejores músicos que yo: estudiaron, saben música, saben leer partituras. Yo soy un tipo más autodidacta, entonces me obligan a estar siempre esforzándome para estar a la altura. Después está el tema afectivo, que yo creo que es algo que se traslada, la gente lo percibe y es parte de lo que generamos.

—Tus personajes son niños que tienen razones para cuestionar aspectos del mundo de los adultos, ¿por qué?

—Cuando escribo me pongo del lado del niño o de la niña. Trato de ver el mundo adulto desde esos ojos, pero con una mirada un poco burlona, de tomarse las cosas con humor. El espectáculo del Solís, por ejemplo, agarra cosas del libro y las agarra un poco para la broma también.

Roy Berocay.
Foto: Ignacio Sánchez.

—El fútbol es un tema recurrente en tu literatura. ¿Qué potencial narrativo le encontrás?

—Soy muy futbolero. Veo partidos y toda la vida fui a la cancha. Es una cosa que me apasiona. Creo que tiene mucho que ver con nuestra identidad cultural, lo que somos como sociedad hasta psicológicamente. En cada mundial que arranca pensamos que podemos ser campeones sin tener un viso de realidad o de lógica. Después perdemos o empatamos y pasamos a ser lo peor del mundo. Dos días después volvemos a pensar que podemos ser campeones. Se nos borra la memoria. Ahora estábamos convencidos de que le íbcamos a ganar a España, por ejemplo. Yyo también creía que le podámos ganar. Si vos lo pensás en cuanto a lógica, no tiene sentido, pero igual lo creés. Esa cosa que tenemos de caernos y levantarnos y creer igual nos define bastante como sociedad.

—¿Por qué creés que la generación de autores infantiles a la que pertenecés fue tan relevante?

—Creo que el giro más importante fue la elección del lenguaje. A los niños en las escuelas les llamaba la atención que los personajes hablaran como ellos porque era algo fuera de lo común. Ahora es la norma, pero en ese momento era algo que les sorprendía. Eso es lo que generaba un tema de identidad muy grande; antes, los niños no tenían cosas con las cuales sentirse identificados. Creo que esa es una de las claves de la literatura infantil uruguaya.

—Con las pantallas como competencia, ¿la labor del escritor infantil cobra aún más valor?

—Sí, porque competís con TikTok. Estamos en un momento bisagra: hay un cambio cultural que se está dando y no sé hacia dónde conduce. Los libros se siguen publicando y leyendo; pueden cambiar de formato y leerse en computadoras o tablets. Los gurises necesitan música y libros hechos con honestidad y criterios artísticos, porque el mundo de la inteligencia artificial puede tender a uniformizar todo y quitarle humanidad a las cosas. Vos escuchás una canción hecha con inteligencia artificial y suena técnicamente perfecta, pero no tiene alma.

¿Encontraste un error?

Reportar

Te puede interesar