En los cuentos de Moiras hay mujeres perseguidas por destinos imposibles de torcer, cuerpos que se deforman, criaturas que irrumpen en la intimidad y violencias que se heredan como una maldición.
Recién publicada por la editorial argentina Fera, la antología compilada por la escritora cubana Elaine Vilar Madruga reúne 11 relatos de autoras contemporáneas de distintos rincones del mundo —de Iberoamérica a Corea del Sur y Rusia— y propone un recorrido por una literatura feroz e incómoda, donde la oscuridad se vuelve herramienta de denuncia.
Moiras. Cuentos de mujeres que tejieron sus destinos continúa el camino abierto por Dantescas (2024), la celebrada antología compilada por la ecuatoriana María Fernanda Ampuero. Allí convivían figuras como Clarice Lispector, Silvina Ocampo y Mariana Enriquez junto a voces que entonces comenzaban a expandir su alcance internacional, como la de la propia Vilar Madruga.
La autora cubana firmó “Las fieras”, uno de los relatos más perturbadores de aquella antología. Es la historia de un femicidio, del dolor devastador de una madre y del silencio cómplice de un pacto patriarcal que protege al agresor. Hasta que el horror se vuelve imposible de contener y las mujeres salen a la noche a aullar por las calles.
Ahora, en una especie de puente entre ambos libros, Vilar Madruga toma la posta como compiladora de Moiras, mientras Ampuero participa con “Luto”, uno de los cuentos más inquietantes del volumen. La antología conserva uno de los rasgos más distintivos de Dantescas: es una edición comentada, con fragmentos resaltados, anotaciones al margen y lecturas que acompañan cada relato. Además, cada cuento está acompañado por ilustraciones.
Lejos de buscar una verdad absoluta, estas intervenciones funcionan como instancias para generar reflexión. "Detesto la posibilidad de un mundo que solo tenga respuestas y no preguntas", le comenta a El País. "Es casi un juego. No es la idea anclar una única lectura; me interesa que el lector me contradiga, que tache mi comentario al margen. Quería que fuera un libro oscuro pero juguetón, donde la pases bien y mal por momentos, y te dejes empapar por estas historias".
La novedad es que la selección se concentra exclusivamente en autoras contemporáneas y reúne seis relatos inéditos. La lista incluye a la uruguaya Fernanda Trías, dos veces ganadora del Premio Sor Juana Inés de la Cruz, quien aporta “Puertas”; y a la argentina Agustina Bazterrica, autora del bestseller Cadáver exquisito, que publica por primera vez en español “María Carminum”.
Conceptualmente, las historias están atravesadas por la figura de las Moiras, las divinidades de la mitología griega encargadas de hilar, repartir y cortar el destino de los mortales. Vilar Madruga —autora de la novela La tiranía de las moscas— encontró ahí el hilo conductor de una antología poblada por personajes que intentan escapar de aquello que parece escrito de antemano: mujeres perseguidas por la violencia, la pobreza, la herencia familiar o los mandatos sociales.
La escritora organizó el libro a partir de tres ejes —renacimiento, metamorfosis y muerte— asociados a Cloto, Láquesis y Átropos, las figuras que tejen el destino en la tradición griega.
Moiras se consigue en librerías locales por $ 980 y, solo por hoy, en el marco de los 10 años de Escaramuza, los socios de Club El País podrán adquirirlo con 30% de descuento: $ 686.
Sobre el libro, Vilar Madruga dialogó con El País.
—Pienso en los 11 cuentos de Moiras como esos aullidos del final de tu relato “Las fieras”. ¿Ese es el hilo sobre el que se teje la antología?
—Yo soy muy aulladora. No creo en el silencio porque también he sido parte de él. Existe un momento muy radical en las vidas de las mujeres en que nos damos cuenta de que el silencio no sirve. Que contar, muchas veces, tampoco alcanza. Y que cada vez es más preciso aullar.
—Y esos aullidos aparecen en cuentos que incomodan.
—Sí, por eso escogí relatos que gritaran sus verdades y mostraran las violencias de formas descarnadas, turbias. Cuentos que no vendieran mentiras ni comodidad. Quería historias que hablaran de esa verdad profunda que subyace debajo de las cosas: una verdad incómoda, difícil de mirar a los ojos. Confío mucho en la idea de no estar anestesiados en el mundo. Aunque la verdad nos interpele, aunque el mundo duela, aunque los cuentos no sean cómodos, necesitamos enfrentarnos a esa mirada que nos arrojan, que muchas veces es la mirada de nosotros mismos como humanidad.
—En varios cuentos aparece la idea de un pacto patriarcal que protege, encubre o naturaliza la violencia. Ya lo habías sugerido en “Las fieras”, pero también atraviesa gran parte de la antología.
—Me interesa que temas que hasta hace muy poco fueron periféricos dejen de serlo y pasen al centro del debate. Durante mucho tiempo las historias escritas y habitadas por las mujeres fueron historias susurradas, contadas casi con vergüenza. Y esa vergüenza forma parte del pacto patriarcal: enseñarnos a no contar. En estos cuentos ese pacto se desmitifica y se exhibe. Hay personajes que deberían salvar y no lo hacen. Figuras religiosas, familiares, hombres que miran hacia otro lado mientras la violencia ocurre. La indiferencia termina siendo una de las formas más brutales de la violencia.
—La brutalidad de los relatos termina reforzando esa sensación de urgencia, ¿no?
—Sí, porque vivimos tiempos donde el mundo está patas arriba y se redefine a partir de nuestra complicidad silenciosa, de la anestesia social, de mirar hacia los costados mientras las cosas ocurren. La literatura tiene que ser un jarro de agua fría ante el mundo en que vivimos. No vivimos tiempos confortables, por lo tanto nuestros relatos tampoco tienen por qué serlo. No podemos hablar de utopías cuando tenemos delante la distopía más grande de todas. Como autoras, somos el reflejo de los tiempos que nos ha tocado vivir, de los territorios y los mapas que nos ha tocado atravesar. Para estos tiempos urgentes, relatos urgentes.
—En tu comentario sobre “Luto”, de María Fernanda Ampuero, escribís: “Victoriosa es la mujer que rompe sus cadenas, aunque luego tenga que pagar el precio”. ¿Esa tensión entre destino y rebelión es uno de los grandes hilos de Moiras?
—El destino es uno de los grandes centros temáticos de la antología. Es un destino del que se huye y que, de alguna manera, siempre vuelve a aparecerse en las puertas de los personajes. Pero también hay una rebelión contra la idea de lo que ya está escrito. En estos cuentos vemos personajes luchando contra aquello que parece inevitable. Yo los imagino como criaturas sosteniendo una puerta para que el destino no se les venga encima (sonríe). “Torcer el río”, de Giovanna Rivero, trabaja justamente esa idea del destino asociado a la pobreza y la marginación. Se pregunta qué pasa cuando el amor no alcanza, cuando el amor de una madre no puede salvar. Cuando la pobreza condiciona nuestros modos de vida y también nuestros modos de muerte. En esa idea de "torcer el río" está condensada toda la energía y la vibración, esa música oscura del libro.
—Así como la figura de las Moiras atraviesa el libro, varios cuentos resignifican mitos clásicos, relatos bíblicos o el Frankenstein de Mary Shelley. ¿Qué te interesa de esa relectura?
—Me interesa resignificar todo lo que tenga que ver con la memoria y el pasado. Hay un rescate de historias ancestrales, íntimas, políticas y colectivas. De las mujeres que estuvieron antes que nosotras y muchas veces no tuvieron voz para contar estas historias. Y no hablo solo del pasado: también pienso en mujeres que viven hoy y que todavía no pueden hablar. Por eso me interesa la idea de una voz colectiva, de relatos que dialogan entre sí y que recuperan memorias silenciadas.
—Y esa resignificación también aparece muy ligada a los territorios.
—Sí, porque debajo de cada uno de estos cuentos hay un sustrato político bien fuerte. Son relatos que mapean territorios, regiones, conflictos y violencias específicas. Y esa dimensión también aparece en la forma en que resignifican distintas mitologías. Está el cuento de María Fernanda Ampuero, por ejemplo, pero también relatos atravesados por imaginarios propios de sus territorios, como el de la colombiana Lina María Parra Ochoa, donde aparecen transformaciones, metamorfosis y figuras demoníacas ligadas al contexto minero y a la precarización. En ese mapa regional, la antología también funciona como un detector de radares para voces novísimas. Es el caso de la chilena Cecé Tabales, que con “Punto fijo” explora el terror de los cuidados que subyacen sobre las espaldas de las mujeres, o de Bárbara March con “Antojo”, un relato sobre la devoración, el canibalismo y el matrimonio. Incluso tenemos a una autora como la rusa Anna Starobinets hablando sobre los totalitarismos y la manera en que compran a las juventudes. La vida siempre es política, y la literatura también nace de ese mundo, de ese tuétano.
—Ahora que Moiras ya está publicado, ¿qué es lo que más orgullo te da del trabajo?
—Me da un orgullo tremendo poder mostrar un panorama de la literatura oscura. Y hablo de lo oscuro porque rechazo la idea del terror. Son relatos que dialogan tanto con lo sobrenatural como con lo real: historias de cuerpos, territorios, memorias y violencias que denuncian. Relatos que aúllan y que no son fáciles de olvidar. Este es un libro que puede quedarse muy cerca de los lectores incluso después de cerrar la última página. Cada uno de los cuentos tiene el poder de dejar al menos una imagen grabada en la memoria, y me gusta pensar que estas historias pueden atravesar la capa de la ficción para quedarse a nuestro lado, como pesadillas, espectros o personas que nos rodean.
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