MIGUEL CARBAJAL
Es dos cosas a la vez: una de las mejores exposiciones del año y la reaparición de un plástico del siglo pasado escondido por décadas de desatención pública. ¿Qué es lo que retiró tan drásticamente a Carlos Prevosti del circuito de las vidrieras donde se visualiza la pintura nacional, desde los museos hasta las galerías, desde los eventos de temporada al cronograma oficial? ¿Cuáles fueron las razones de esa especie de capiti diminutio? Su temprana muerte, de seguro, es un elemento decisivo, pero no el único. Pocos dejan armada una infraestructura familiar de peso como la que cimentó Torres-García: hijos e hijas artistas, viuda convertida en altar de la patria, parientes al frente de una Fundación, y otros encargados de la promoción y el manejo de precios en el exterior. Un aparato enorme que en algún momento mostró fisuras internas, se sabe.
Persona de bien, querido por todos sus colegas, honorable padre de familia, la vida lo llevó a tareas docentes que le quitaron lugar a la sobreexposición, lo que tiene sus peligros, pero también sus beneficios. En un país rico en excelentes pintores, y generoso en reconocimientos, Prevosti fue un talento relegado a un segundo plano. La actual exposición de su obra en el MAC es una forma palpable de comprobar cuáles son los objetivos y cuáles las herramientas que utiliza esa institución: apuesta a la buena pintura, se anima a las caras nuevas, y sobre todo profundiza el área de los valores que no han sido debidamente justipreciados. La dirección del MAC y el afán investigativo de Pilar González se ponen airosamente a prueba cuando se realizan muestras como las que se hicieron a Rosé, Aldo Peralta, García Reino y Pena, entre otros. Eso es trabajar en serio, y no tirar buscapiés al suelo para hacer ruido.
Hay piezas de Prevosti en el MAC que dejan emocionado al espectador. Enrique Gómez aparece como curador de la muestra y el material procede mayormente de Graziella Prevosti, hija del pintor, y algunos préstamos de Legido y José Gamarra. Hay fulgores planistas de alguien que nunca incluyeron en la primera plana del movimiento, quizá porque Prevosti también se movió en otras direcciones, incluso la de los títeres. A los dos años de su muerte se llevó a cabo un homenaje de la Comisión Nacional de Bellas Artes, y patrocinado por el Consejo Nacional de Gobierno. La exposición incluyó 200 obras suyas. En los años siguientes se repitieron muestras en Galería Moretti, en el Museo Nacional de Bellas Artes, y finalmente en Galería Losada; la última en 1973. Lo que significa que durante 36 años nadie se acordó de Prevosti. Parte de su obra quedó en manos de la familia. Cuarenta y cinco piezas se destinaron al Museo Nacional de Bellas Artes, a cambio de una pensión graciable para la viuda.