Mario Delgado Aparaín tiene dos libros nuevos: por un lado, una novela, Ni un solo día claro sin tormenta, la primera autobiográfica sobre su infancia y adolescencia. Además, también por Seix Barral, se acaba de publicar Cuentos del norte y del sur, una antología de sus cuentos cortos.
Nacido en Florida en 1949, Delgado Aparaín ha construido una de las carreras más sólidas y constantes de la literatura uruguaya. Sus primeros cuentos los publicó en 1981 y, en 1987, publicó La balada de Johnny Sosa, Premio Nacional de Literatura y uno de los grandes best sellers de su época.
Ha construido un universo propio: sus historias transcurren, por ejemplo, en el ficcional pueblo de Mosquitos y, en ese sentido, los textos de Cuentos del norte y del sur funcionan como una cartografía de ese territorio. Ni un solo día claro sin tormenta presenta el origen de esa mitología y de él como narrador.
Sobre algunas de esas cosas, Delgado Aparaín charló con El País.
—Ni un solo día claro sin tormenta es una novela muy personal, muy evocativa...
—Es la primera en la que utilizo la intimidad como materia prima de la narración. Eso requiere mucho coraje.
—¿Por qué tuvo ese coraje ahora? ¿Cómo lo consiguió?
—Es un impulso, una pulsión. Me costó muchísimo encontrar el lenguaje para interpretar el acervo cultural que uno lleva adentro. Todos tenemos una buena historia y eso significa que todos podemos escribir; que nos publiquen es otra cosa. El lenguaje que vamos encontrando para leernos a nosotros mismos, cuando se consolida y se traduce en un modo de escribir, es lo que llamamos estilo. Y cuando lo alcanzás, empezás a estar capacitado para contar cualquier cosa.
—Por ejemplo, sus cosas íntimas.
—Sobre todo esas, porque pasaste años buscando la forma de desentrañar ese conglomerado de recuerdos, impresiones, emociones, miedos, terrores y amores. Cuando lo encontrás, atravesás momentos progresivamente más complejos y, al mismo tiempo, más apasionantes. Mientras eso no ocurre, convivimos con una enfermedad del alma: la crisis de autoestima. Quererse poco o nada a uno mismo, por suponer que en nuestro mundo interior no tenemos nada digno de ser querido. Y eso es falso.
—¿Y cómo es ese proceso para poder escribirlo?
—Hay una distancia muy grande entre la objetividad y la subjetividad. Si apostás por la subjetividad, por ese lenguaje obtenido a través de la intimidad, estás capacitado para escribir en primera persona. A mí me deslumbró la primera vez que leí literatura en primera persona. Fue una mujer: Marguerite Yourcenar. Con timidez empecé a escribir en primera persona. No me salía nada hasta que me largué.
—Y ahí está Ni un solo día claro sin tormenta.
—Todo el mundo se da cuenta de que está escrita desde ese lugar. No soy vanidoso ni soberbio, nunca lo fui. Al contrario, me encanta compartir lo que descubro.
—¿Cuánto le llevó encontrar su estilo?
—Treinta años.
—Y eso, entonces, es lo que demoró en atreverse a contar su historia.
—Me decían: “¿Por qué no escribís tus memorias?”. Yo respondía: “Eso es para los viejitos”. Pero al poco tiempo empecé a fascinarme con la idea de escribir las memorias de la infancia y la adolescencia, que es cuando uno empieza a nutrirse del mundo inmediato y la personalidad comienza a aflorar, despacio, hacia la pubertad y la primera juventud. Ahí me largué a escribir en primera persona. La primera frase dice: “Tardé demasiados años en entender que lo más preciado que tenía en la vida era mi propia historia”.
—¿Qué es lo mejor que le ha dado la literatura?
—Los amigos y las amigas.
—¿Qué escritores conoció y admiró?
—Muchos. Uno de los mejores escritores de América Latina es Tomás de Mattos. Un genio que escribía con la frescura extraordinaria de no buscar impactar a nadie, ni deslumbrar al lector, ni hacerlo sentir mal. Escribir porque te gustaba, porque lo necesitás. Rulfo decía: «Escribimos para no morirnos». Me gustaba más la definición de João Guimarães Rosa: “Escribir es resistir”. Resistir al olvido, a las pérdidas, a la pérdida de la identidad y a la alienación. Ahí es cuando uno empieza a entenderse a sí mismo y a ser su propio amigo.
—¿Cuál es su rutina de trabajo?
—Me gusta escribir de noche, después de cenar. De mañana, no. De mañana reviso lo que escribí y leo. Soy un lector empedernido. Hace un tiempo, cuando voy a las librerías de viejo, compro antologías y cuentos completos de William Faulkner, Scott Fitzgerald, Hemingway y Onetti.
—Y ahora acaba de publicarse su propia antología, Cuentos del norte y del sur.
—No pensaba hacer esa recopilación. Se le ocurrió a la editorial. Son unos 50 cuentos de 40 años. Empecé a escribirlos por necesidad porque la literatura es una operación de rescate: rescate del olvido, de la identidad y de la cultura. Es el rescate de lo que somos y de lo que logramos ser. Paco Espínola decía que para ser uruguayo había que encontrar el ser uruguayo. Y había que buscar el estado de comunión entre nosotros y nuestra tierra: allí está el ethos, el espíritu de nación. Y si no lo encontramos, corremos el riesgo de ser nada más que un pedazo de tierra con gente encima.