El País en Cannes: crónica de una extenuante locura, el contundente "Fuck AI" de Del Toro y un Bardem colosal

El País está presente en el festival donde no se come ni se duerme, conviven los empujones por una entrada y las estrellas durmiendo en el piso con el rechazo a la inteligencia artificial y el brillo de Javier Bardem.

La alfombra roja de la 79º edición del festival de Cannes.
La alfombra roja de la 79º edición del festival de Cannes.
Foto: AFP.

Juan Manuel Fábregas en Cannes
“Amarás al cine por sobre todas las cosas”, decía François Truffaut. La única frase que puede expresar lo que pasa en el Festival de Cannes también es de él: “¿Es el cine más importante que la vida misma?”. Quizás: en Cannes, una ciudad de 75 mil habitantes, el cine se come, se bebe, se respira. Acá, el cine es la vida. Y viceversa.

Las jornadas son benditamente extenuantes: hay que despertarse antes de las siete para conseguir las entradas a las proyecciones, que arrancan a las ocho y suelen irse hasta las dos de la mañana. En Cannes no se duerme.

Existe una línea de ómnibus para viajar gratis con la acreditación, y en el camino se puede gozar de la vista hacia la Costa Azul y sorprenderse con la cantidad de autos carísimos y negros que recorren la ciudad.

Una vez que uno se hizo con los tickets, empieza el cine. Hay que meter lo que se pueda en la mochila. Eso incluye snacks, algo de fruta y agua; es sabido que la rigurosa seguridad del Palais confisca todo. Dentro hay café gratis, pero en Cannes no se come.

En la Sala Debussy, la más frecuente para funciones de prensa, las filas tienden a ser largas. Y hay un montón de gente con carteles pidiendo “una entrada, por favor”, para conmover a algún arrepentido. Cuando queda habilitada la sala, comienza la batalla: empujones, codazos, rodillazos y todo sirve para sacar ventaja, pero conviene no extralimitarse. Hay acomodadoras, pero lo mejor es mandarse y listo. En Cannes, uno está solo.

En los pasillos se ven las cosas más surrealistas: gente grande corriendo con pan en la boca de una función a otra porque tener entrada y no ir puede ameritar la expulsión del Festival; mujeres con vestidos de gala carísimos durmiendo en el piso; una torre de Babel de idiomas comunes y exóticos.

Y con suerte uno se puede cruzar con el omnipresente Thierry Frémaux. El director del Festival está en todos lados, habla todos los lenguajes, hace que todo el mundo ría. Es el rey en su palacio, y lo sabe. Para los críticos, hay que avisar, las celebridades, el glamour y la alfombra roja transcurren en una realidad paralela que se atisba de lejos. La apertura fue el martes 12 cuando el jurado presidido por Park Chan-wook (Su única opción) dio una conferencia de prensa. El gran tema fue si se debe diferenciar lo político de lo artístico, tras una declaración de Wim Wenders en el Festival de Berlín de febrero.

John Travolta y Thierry Frémaux.
John Travolta y Thierry Frémaux.
Foto: AFP.

Y se homenajeó a El laberinto del fauno, a 20 años de su estreno en Cannes, donde aún ostenta el ridículo récord de una ovación de 23 minutos. Su director, Guillermo del Toro, dejó alguna frase como “hago películas para que la gente se sienta menos sola”, antes de cerrar con un “Fuck AI”, vitoreada por público, que por lo visto no es afín a la inteligencia artificial en el cine.

La película de apertura, La Venus electrificata, una simpática comedia romántica francesa, fue lo suficientemente liviana y ligera como para arrancar de buen humor la fiesta. El miércoles 13 empezó más informalmente la locura del cine. Se exhibió, por ejemplo, El Partido, un documental sobre el choque en el Mundial de 1986 entre Argentina e Inglaterra, en el que Diego Maradona hizo dos milagros. Usando material nunca antes visto, intertítulos, gráficos, entrevistas y un sinfín de técnicas de montaje, tiene una estructura tan compleja como entretenida.

El jueves, dos platos fuertes: Fatherland, del polaco Paweł Pawlikowski (no está entre lo mejor del director, pero se la menciona para la Palma de Oro), e Historias paralelas, del iraní Asghar Farhadi, con un elenco estelar -Vincent Cassel, Virginie Efira, Isabelle Huppert, Catherine Deneuve- desperdiciado por un guion y personajes inconsistentes.

El viernes 15 gustó bastante Gentle Monster, de Marie Kreutzer. Un drama con algo de thriller, con Léa Seydoux hablando tres idiomas, tocando el piano, cantando y llorando, lo que podría darle el premio a la mejor actriz.

Lo mejor del festival, hay cierta unanimidad en eso, es El ser querido, la nueva película del español Rodrigo Sorogoyen (As Bestas, la serie Los años nuevos). La historia de un director que quiere filmar con su hija ha sido odiosamente comparada con Valor sentimental, que es un sólido psicodrama, pero la aplasta. Tiene a un colosal Javier Bardem, en uno de sus grandes papeles, acompañado de una inolvidable Victoria Luengo.

Hay una escena en una mesa, durante un rodaje, donde se pasa imperceptiblemente de la brillantez cómica a la secuencia más tensa del año. Quizás sea la mejor película sobre un rodaje desde La noche americana, precisamente de Truffaut, y confirma su máxima de que quizás en la vida pero seguro en Cannes, nada importa más que el cine. Absolutamente nada.

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