“La Batalla de las Piedras fue un enfrentamiento civil entre camaradas y excompañeros de armas”

Este 18 de mayo se recuerdan los 215 años del primer gran triunfo militar de José Artigas. Pero más allá del bronce, de las pinturas de Blanes y de la épica escolar, existe una lectura menos solemne y más humana: la de una guerra civil entre hombres que, hasta poco tiempo antes, habían combatido hombro con hombro.

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Rendición de Posadas en la Batalla de las Piedras.

Este 18 de mayo se recuerdan los 215 años de la Batalla de Las Piedras, el primer gran triunfo militar de José Artigas. Pero más allá del bronce, de las pinturas de Juan Manuel Blanes y de la épica escolar, existe una lectura menos solemne y mucho más humana: la de una guerra civil entre hombres que, hasta poco tiempo antes, habían combatido hombro con hombro. “En ese momento era una guerra civil”, comenta a Domingo el historiador Juan Carlos Luzuriaga. Y aclara: “Los dos contingentes reclaman para sí la defensa de los derechos del rey Fernando VII”.

La afirmación obliga a desmontar algunas simplificaciones. En mayo de 1811 todavía no existía una ruptura definitiva con la monarquía española. Tanto los hombres de Artigas como las tropas realistas enviadas desde Montevideo por el gobernador Francisco Javier de Elío decían combatir en nombre del mismo rey, cautivo entonces de Napoleón. Los revolucionarios rioplatenses entendían que, sin el monarca ocupando su trono, el poder pasaba a manos del pueblo. Y que eso los validaba para tomar las armas.

En ese escenario convulsionado, Artigas ya era una figura conocida. Había servido durante años en el cuerpo de Blandengues, conocía la campaña, los caminos, a los jefes locales y a buena parte de quienes integrarían, semanas después, sus fuerzas.

“Era nieto de los primeros pobladores, vinculado a la milicia, una figura respetada. Y esta batalla fue la prueba de su valía, de su poder de convocatoria y de su habilidad como militar”, explica Luzuriaga. La Banda Oriental era una sociedad profundamente militarizada, concebida como frontera estratégica ante Portugal. Fortificaciones, cuarteles y cuerpos milicianos formaban parte de la vida cotidiana. Por eso, la victoria de Las Piedras tuvo un impacto inmediato entre sus contemporáneos: convirtió a Artigas en un jefe militar indiscutido.

Del lado revolucionario, Artigas reunió una fuerza compuesta por milicianos, blandengues, paisanos y voluntarios de distintos puntos de la campaña. Del otro lado, el capitán de fragata José Posadas comandaba a las tropas enviadas desde Montevideo. El combate comenzó en la mañana y terminó con una maniobra envolvente artiguista que dejó a los realistas sin salida y forzó su rendición. Pero la batalla no terminó con degüellos ni fusilamientos. Y ahí aparece uno de los episodios más recordados -y también más discutidos- de la historia nacional.

La tradición sostiene que, tras la victoria, Artigas pronunció una frase que atravesó generaciones: “Clemencia para los vencidos, curad a los heridos, respetad a los prisioneros”.

Sin embargo, Luzuriaga introduce una precisión fundamental. “No hay constancia de esas palabras en un documento. Eso se desprende de los hechos, de la actitud de Artigas”.

La “piedad” del prócer

A comienzos del siglo XIX, la guerra era brutal y la suerte de los vencidos solía resolverse con ejecuciones sumarias. ¿Por qué entonces Artigas eligió otro camino? La respuesta de Luzuriaga remite, otra vez, a la naturaleza de aquel conflicto. “Eran camaradas”, dice. “Posadas y Artigas habían combatido juntos contra los británicos apenas cuatro años antes. Había blandengues en ambos lados. Hasta hacía unos meses convivían”.

Es decir: muchos de los hombres derrotados no eran desconocidos ni enemigos ideológicos irreconciliables. Eran excompañeros de armas, hombres formados en las mismas estructuras coloniales, que habían terminado en bandos opuestos por diferencias sobre la legitimidad política del momento. A esa explicación se suma otra, más personal: Artigas tenía un hermano preso en Montevideo. Y los prisioneros siempre han servido, a lo largo de la historia, como moneda de cambio.

En otras palabras, la clemencia no fue necesariamente solo una cuestión moral. También pudo haber sido una decisión política y militar.

Ese gesto, real más allá de la frase atribuida, comenzó a moldear la imagen pública del caudillo. No solo era el jefe capaz de derrotar a una fuerza mejor armada; también era el conductor que, en medio del miedo y la incertidumbre del combate, eligió contener la violencia cuando la costumbre de la época empujaba hacia el castigo.

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Historiadores Juan Carlos Luzuriaga y Sergio Otegui.
ESTEFANIA LEAL

El hermano, figura clave

Aunque aquella jornada consagró al actual prócer de la patria, también dejó en un lugar central a una figura menos recordada por la historia oficial: su hermano, Manuel Francisco Artigas, comandante de la columna que terminó cerrando la retirada española y sellando la rendición de José Posadas.

Para el coronel retirado e historiador militar Sergio Otegui, el triunfo no fue producto del azar ni de la superioridad de armamento -que no existía-, sino de una planificación precisa.

“La estrategia que perseguía Artigas era levantar toda la campaña desde distintas direcciones y reunir esas tropas en un lugar donde pudiera darse la batalla principal”, explica Otegui a Domingo.

La situación previa no era sencilla. Del lado español, Posadas (que le había dicho a Elío que no quería participar de la batalla) había salido de Montevideo con una fuerza cercana a los 1.100 hombres, aunque con problemas internos, falta de apoyo logístico y efectivos de dudosa disciplina. Del lado artiguista, los números eran similares, pero con menos recursos de fuego.

“Los españoles tenían supremacía en fusilería y en artillería. Artigas tenía apenas dos cañones. Lo importante para él era la caballería”, resume el historiador, quien, al igual que Luzuriaga, integra el Instituto Rolando Laguarda Trías, del Departamento de Estudios Históricos del Estado Mayor del Ejército.

Y ahí estuvo la clave.

Cuando Posadas ocupó una posición defensiva sobre un cerrito cercano al arroyo de Las Piedras, Artigas entendió que un ataque frontal podía resultar costoso. Entonces, apeló a una maniobra envolvente.

Por un lado, ordenó avanzar a las columnas de caballería comandadas por Juan de León y Antonio Pérez. Por otro, lanzó la jugada decisiva: enviar a Manuel Francisco Artigas a la retaguardia española. “El movimiento envolvente es el ejercicio táctico clave”, explica Otegui. “En esa época se hacía con caballería; hoy se haría con aviones o helicópteros. Se trata de llevar tropas a la retaguardia del enemigo para impedirle el apoyo logístico y el repliegue”, agrega.

La maniobra fue ejecutada con precisión. Mientras las fuerzas patriotas presionaban desde el frente, Manuel avanzó por detrás de las líneas realistas, cortando cualquier posibilidad de escape. “Cuando Posadas ve que lo atacan por retaguardia, entiende que pierde su apoyo y su posibilidad de retirada”, señala Otegui.

Cambio de bando

A esa presión se sumó otro factor decisivo: cerca de 200 hombres del propio ejército español desertaron y se pasaron al bando revolucionario. “No es solo un efecto numérico. También tiene un impacto psicológico enorme. El soldado que ve a gente de su lado pasarse al otro entiende que la situación está perdida”, afirma.

Rodeado, sin reservas y con la línea de retirada cerrada por Manuel Artigas, Posadas terminó rindiéndose.

La tradición militar recuerda incluso un gesto simbólico. Según Otegui, al momento de la capitulación, Posadas clavó su espada en tierra. Luego, ese símbolo de rendición terminaría vinculado a Manuel Francisco. “La espada se le entrega a Manuel Francisco Artigas como reconocimiento a su actitud y a su fidelidad durante la batalla”, relata.

Las cifras finales reflejan la magnitud del triunfo: 482 prisioneros, 158 bajas del lado español y la apertura del camino hacia el primer sitio de Montevideo, apenas tres días después. Pero, desde el punto de vista táctico, Las Piedras dejó una enseñanza que aún hoy se estudia: el terreno, la movilidad y la sorpresa pueden inclinar una batalla incluso frente a un enemigo mejor armado.

Aunque todavía lejos del bronce y la dimensión mítica que alcanzaría con el paso del tiempo, la Batalla de Las Piedras marcó el inicio de la época dorada de Artigas (que, por cierto, duró muy poco, menos de una década).

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