Crítica de "Caso 137": el cineasta Dominik Moll vuelve a convertir un crimen en una radiografía del poder

El director de La noche del crimen regresa con otro policial de precisión quirúrgica, esta vez centrado en la investigación de la violencia policial durante las protestas en Francia.

Imagen de la película "Caso 137".
Imagen de la película "Caso 137".
Foto: Difusión.

Con sus últimas películas, Dominik Moll ha mantenido viva, al menos para el circuito internacional, la llama del policial francés, el llamado polar. Su cine abreva de fuentes confiables -Jean-Pierre Melville, por ejemplo, o José Giovanni-, pero les aporta una mirada contemporánea en la que el género funciona como vehículo para explorar conflictos sociales, económicos o políticos.

Ese tono estaba clarísimo en La noche del crimen, el drama policial con el que ganó seis premios César en 2023 y que para El País fue una de las 10 mejores películas estrenadas en Uruguay ese año. Construida como un riguroso relato de procedimiento, seguía la investigación de un femicidio ocurrido en Grenoble a cargo de la Policía Judicial. El caso estaba inspirado en un hecho real y, más que resolver el misterio, exponía una violencia sistémica y la incapacidad (y la tenacidad) de un policía para dar con el culpable.

Caso 137, su nueva película, que se estrenó en Cannes, estuvo nominada a ocho premios César y ganó uno para su actriz principal, también parte de un episodio real. Reúne distintas denuncias por violencia policial durante las manifestaciones de los llamados “chalecos amarillos” y vuelve a utilizar el policial para examinar el modo en que el Estado enfrenta -o encubre- sus propias responsabilidades. El movimiento surgió a fines de 2018 como respuesta al aumento del impuesto a los combustibles impulsado por el gobierno de Emmanuel Macron, una medida que terminó convirtiéndose en el detonante de un profundo malestar social.

Fue un movimiento espontáneo, protagonizado sobre todo por sectores de clase media baja y trabajadora, los más afectados por la medida. Las protestas alcanzaron una intensidad inédita en la Francia reciente y el enorme despliegue policial derivó en una represión que dejó miles de heridos. Muchos sufrieron lesiones graves por el uso de balas de goma y lanzadores de proyectiles de defensa, en un contexto marcado por enfrentamientos violentos y respuestas desproporcionadas de las fuerzas de seguridad.

Una de esas víctimas es el joven ficticio cuyo expediente da título a la película. Tras recibir el impacto de un proyectil en la cabeza, el caso llega a Stéphanie Bertrand (una intensa Léa Drucker), investigadora de la Inspección General de la Policía Nacional, el organismo encargado de controlar la actuación de la propia fuerza, equivalente al Asuntos Internos del cine policial estadounidense. Es un trabajo ingrato: despierta la desconfianza de sus colegas, de su exmarido -también policía- e incluso de su hijo.

Como ya ocurría en La noche del crimen, Moll evita el espectáculo y va por un relato clínico en su detallismo del procedimiento policial. La pesquisa avanza a partir de declaraciones, reconstrucciones, imágenes de cámaras y contradicciones entre los testimonios, mientras la película deja al descubierto las dificultades de investigar a una institución que tiende a protegerse a sí misma.

Más que un thriller tradicional -que también sabe serlo- Caso 137 es también un estudio sobre el Estado cuando debe juzgar sus propios excesos.

Imagen de la película "Caso 137".
Imagen de la película "Caso 137".
Foto: Difusión.

Como también hacía Mohammad Rasoulof en La semilla del fruto sagrado, Moll incorpora grabaciones de celulares, publicaciones en redes sociales y registros de cámaras de seguridad para reconstruir los hechos. Pero, aun en una sociedad tan vigilada, la abundancia de imágenes no garantiza la verdad: las pruebas pueden fragmentarse, manipularse o ser insuficientes para incriminar a quienes notoriamente son los responsables.

Los que terminan pagando el costo son los más vulnerables. Esa mirada atraviesa toda la película y explica la obstinación de Stéphanie Bertrand, cuya empatía con la víctima y su familia podría desbordar el deber profesional.

Tampoco ayudan las dudas sobre la eficacia de su investigación ni la desconfianza que despierta tanto entre sus colegas como en ella misma.

Cineasta Dominik Moll.
Cineasta Dominik Moll.
Foto: Difusión.

La escena final, con la propia víctima relatando las consecuencias de lo ocurrido, termina de darle contundencia al mensaje. Puede resultar un poco más didáctica que el resto de la película, pero funciona en el plano emocional, algo que el guion -escrito por Moll junto con su habitual colaborador Gilles Marchand- venía construyendo casi imperceptiblemente.

Caso 137 confirma a Moll como uno de los grandes herederos del policial francés y uno de los directores más importantes de su generación. Y muestra que en su cine, el crimen nunca es el destino del relato, sino la puerta de entrada a los mecanismos del poder y a las grietas de las instituciones. Y lo vuelve a mostrar en una de las grandes películas del año.

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