Era bueno para los números, pasaba el día entero frente a la computadora y un test vocacional lo impulsó, aunque sin demasiada convicción, a anotarse en la carrera de ingeniería informática -también siguiendo los pasos de su padre-. Franco Rizzaro no imaginaba que un simple aventón durante unas vacaciones en Pinamar cambiaría por completo su destino.
La vida del hoy actor y cantante argentino dio un giro definitivo aquella noche de verano de 2016, cuando se subió a la camioneta de un grupo de chicas tras hacer dedo. En el camino, una de ellas le comentó que estaban buscando gente para un seminario de Telefe y le preguntó si le gustaba actuar. No dudó en responder que sí, a pesar de que su único acercamiento al escenario había sido en las obras de comedia musical del colegio.
De regreso en Buenos Aires se presentó al casting y quedó seleccionado. Entrenó durante dos años y en 2018 fue elegido para interpretar al hijo de Carla Peterson y Juan Minujín en 100 días para enamorarse.
“Fue un debut en primera sin haber hecho nada más que comedia musical en el colegio como hobby”, cuenta a Sábado Show. No todo fueron flores. Pagó los costos de perder el anonimato y ser parte de un éxito televisivo en prime time.
Al principio padeció la fama. Le costaba adaptarse a no poder estar tranquilo con su grupo de amigos. “No estaba acostumbrado, era chico y pegué un viaje medio loco de no entender y no disfrutar. Estuve todo ese año intentando pasarla bien”, confiesa.
La terapia le dio herramientas para manejarse. Hoy dice que aprendió a convivir con la exposición y agradece el reconocimiento o que lo esperen a la salida de un concierto para pedirle una foto o charlar.
Desde entonces, se lo vio en la novela Pequeña Victoria -protagonizada por Julieta Díaz, Facundo Arana y Mariana Genesio- la serie Días de gallos -con Ángela Torres y Delfina Chaves por Max- y la película Temas propios, dirigida por el uruguayo Guillermo Rocamora.
Además de actor, es músico, y lanzó varios singles y llenó distintas salas en Buenos Aires, donde compartió escenario con artistas como El Purre, Sofía Mora y Goyo Degano, frontman de Bándalos Chinos.
Entre sus pendientes estaba cantar en Uruguay, un país que visita con frecuencia por su trabajo audiovisual y donde disfruta de la calma. El viernes pasado saldó esa cuenta: reunió a cientos de personas en MBC de Pocitos y su primera fecha en Montevideo fue una verdadera fiesta.
“Vine a pedido de la gente: me mandan muchos mensajes por Instagram y dije, ‘hagámoslo’. Me pone muy feliz. El plan es volver más adelante y hacer algo más grande. Conecto mucho con Uruguay”, cuenta.
Su plan es grabar un disco, volver a cruzar el charco para cantar y salir de gira por el interior de Argentina.
De su personaje en la serie En el barro 2 (Netflix), su camino en la música, sus proyectos, sus desencuentros con la fama y su búsqueda espiritual va esta charla con Franco Rizzaro.
—Apenas llegaste Guillermo Rocamora te llevó a hacer un tour de chivitos, ¿cuál fue tu favorito?
—Empezamos en el bar Arocena, después fuimos a Tinkal, a la noche a La Giraldita y terminamos en el Sporting. Me gustaron todos, pero si tengo que rankear, mi preferido fue el de La Giraldita. El estómago ya decía: “Jefe, no me des más laburo”.
—¿Qué es lo que más disfrutás cuando venís a Uruguay?
—Caminar por la rambla, charlar con la gente, subirme a un taxi. He venido mucho a filmar y compartir con el equipo de acá me transmite muy buena vibra. Es todo más tranquilo, más calmo.
—¿Qué has filmado además de Temas propios?
—En diciembre vine a filmar una serie en formato vertical que pronto va a salir en la plataforma Shorta. También filmé la segunda temporada de Barrabrava, que se va a estrenar por Prime Video. Tengo un personaje muy bueno, que tiene algo que ver con los protagonistas, pero no puedo contar mucho más.
—¿Qué te dejó la experiencia con Rocamora en Temas propios?
—Estuvimos dos meses filmando y yo era más chico; me estaba conociendo y reinventando. Era mi primera película protagónica. Fue como un hermano mayor: me fue guiando en el personaje, pero también en la vida. Compartimos mucho, nos veíamos y hablábamos todos los días. Fue un proceso largo, intenso y hermoso.
—También compartiste con los uruguayos Alfonso Tort y Roberto Suárez, ¿cómo fue?
—Bestias totales. Son unos actorazos y me encantó trabajar con ellos. Acá hay un gran talento actoral y musical. Escucho mucha música de Uruguay.
—¿Qué escuchás?
—Facundo Balta sacó un disco hace poco y es un crack. Jorge Drexler, ni que hablar. Ruben Rada es una bestia. Escucho mucho a Gustavo Pena, su estilo me marcó.
—¿Con quién te gustaría grabar?
—Con Facu, con Jorge y, en un sueño delirante, con Rada. Lo vamos a hacer. Hay que confiar.
—El amor es el protagonista de tus letras, ¿es lo que más te inspira?
—Sí, pero también me gusta desafiarme y escribir sobre otras cosas. Estoy en ese proceso, aunque lo primero que me sale casi siempre es hablar de amor.
—¿Es más fácil componer cuando hay una desilusión amorosa?
—Cien por ciento. Estás a flor de piel y necesitás hacer catarsis. Cuando estoy feliz me cuesta más, porque me dan ganas de vivir el momento, no de encerrarme a escribir. Cuando estoy triste o sufriendo por amor, necesito expresarme. Siempre alguna canción va a salir. La música me salva las papas.
—¿Te ha salvado de muchas?
—Desde que me encontré con la música, de chico, siento que me salva. No sé exactamente de qué, pero me ayuda a vivir de una forma más cercana a lo que me gustaría: más calmo, de disfrute.
—¿La música apareció antes que la actuación?
—Sí. A los seis años descargaba canciones en el Ares, buscaba las letras en Google y me las aprendía. En el colegio hacíamos comedia musical y yo me mandaba porque lo disfrutaba. La vida me fue llevando a dedicarme al arte, pero no lo elegí conscientemente. Tuve mucha suerte, pero también siento que hubo algo energético que hizo que todo se diera.
—¿Cómo fue pasar de 0 a 100 y perder el anonimato?
—Ese año la pasé bastante mal. Me considero perfil bajo, no me gusta llamar la atención, y cuando estás al aire en una novela de prime time es un caos. Salís a la calle y seguro alguien te reconoce y te pide una foto.
—¿Qué era lo que más te costaba?
—Me costaba que me reconozcan y ser el foco de atención en lugares donde quería estar tranquilo, con mis amigos. Estaba en una etapa muy católica: íbamos a misionar a pueblos chicos y se armaba un revuelo tremendo. Yo quería pasar desapercibido y me sentía incómodo. No tenía herramientas para manejarlo. Con el tiempo fui aprendiendo a disfrutarlo y a entender que es una consecuencia del trabajo.
—¿Pensaste en dejar todo?
—No, porque no me veo haciendo otra cosa.
—¿Fuiste a terapia para superarlo?
—Sí, la terapia es fundamental. Necesitás hablar con alguien que sepa y que te ayude a ver las cosas desde otro lugar, para que todo sea un poco más llevadero. A mí me ayudó a bajar la ansiedad, a pararme distinto, a disfrutar esos encuentros y a entender que está bueno que te reconozcan.
—¿Hoy lo disfrutás?
—Sí, hoy me gusta. Valoro mucho a los que se toman el tiempo para ir y conectar con mi música.
—¿Con En el barro 2 no tuviste tanta repercusión, entonces?
—Hubo repercusión, pero como no tenía un personaje protagónico no estaba en boca de todos. Estuvo bueno porque me dio visibilidad, pero no fue como en 100 días para enamorarse: en ese momento era mucho más masivo.
—¿Cómo fue esta experiencia de En el barro?
—Hermosa. Hacía de alumno del personaje de Julieta Ortega y teníamos una historia de amor. Después ella cae en la cárcel y mi personaje va a visitarla. Era un rol polémico, muy lindo de hacer, lo disfruté un montón. Y trabajar con Juli fue un placer.
—¿Qué lugar ocupa hoy la religión en tu vida?
—Hace unos años me corrí del catolicismo. En ese momento iba a los pueblos a misionar y me hacía muy bien. Era feliz porque compartía con mis amigos y estaba muy conectado con la música, la vida y la humildad. Después vino la pandemia y empecé a explorar otros terrenos de la espiritualidad. Me fui encontrando desde otro lugar. Creo en Dios pero más como una energía que te conecta con tu esencia y te permite disfrutar de la vida.
—¿Y hoy desde dónde vivís esa espiritualidad?
—Sigo en una búsqueda constante. Trato de entender qué me hace bien y qué no. No tengo algo definido. Tengo amigos que están en el budismo y no me cierro a nada. También busqué terapias espirituales y holísticas con el objetivo de alinearme y conectar con la esencia. La música no es una religión pero también me hace conectar, al igual que mi familia y mis amigos. Con quien uno comparte lo hace ser quién es.