Es una actriz que no tiene miedo a los desafíos, y la próxima semana lo demostrará en el Teatro MAD. Con la obra LuXuria. Paula Silva se lanza a un terreno poco explorado en Uruguay: un musical sensual, íntimo y provocador. En escena interpreta a Isabella, una mujer conservadora que se enfrenta a un torbellino de deseos reprimidos, encarnados por bailarinas que dan vida a sus fantasías más íntimas.
La obra fusiona teatro, danza, canto en vivo y gastronomía sensorial, invitando al público a una experiencia inmersiva para explorar los límites del placer, la culpa y la liberación a través de la historia de esta mujer que enfrenta sus deseos reprimidos. Silva encarna a la protagonista los viernes -la bailarina Lucía Morales lo hace los jueves- en este espectáculo que tendrá funciones durante noviembre en Carrasco y dirige Lucía Ximena. Sobre su presente, los desafíos de este proyecto y su año con mucho teatro musical, es esta charla con Paula Silva.
—¿Es la primera vez que hacés un espectáculo de esta naturaleza, un musical /erótico?
—Hasta la barra, había hecho cosas, lo demás es totalmente nuevo (se ríe). Nunca había hecho algo así. He estado en muchos proyectos musicales, en propuestas teatrales más clásicas o de danza, pero esto es otra cosa. Cuando me llegó la idea, lo primero que sentí fue curiosidad. Tenía muchas preguntas: cómo se iba a contar, qué estética iba a tener, si la sensualidad iba a estar tratada desde el juego o desde lo explícito. Y enseguida me di cuenta de que no se trataba de mostrar cuerpos, sino de hablar del deseo, de la represión, de lo que no se dice.
—¿Y eso fue lo que te convenció para sumarte?
—Sí, exactamente. Porque a veces cuando escuchás “musical/erótico” se te prenden todas las alarmas (se ríe). Pensás: “Bueno, ¿qué van a hacer arriba del escenario?”. Pero cuando leí la idea completa y empezamos a trabajar con el equipo (los autores son Jimena Siri y Renzo Gatto), vi que era una propuesta elegante, sutil, casi poética. Hay sensualidad, claro, pero no desde el morbo. Es un espectáculo que juega con la mirada del público, que sugiere más de lo que muestra. Y eso me pareció interesante.
—O sea, más que erótica, sería una obra sobre la sensualidad.
—Exactamente. Es una exploración sensorial. Trabaja desde lo estético, desde lo simbólico, no desde lo explícito. Hay un concepto detrás. Junto a Lucía (la bailarina Lucía Martínez, que protagoniza las funciones de los jueves) lo fuimos armando en ensayos, improvisando, buscando qué significa realmente ser sensual sin caer en lo obvio. En Uruguay cuesta un poco hablar del tema, hay cierta timidez, y eso hace que este tipo de obras sean más necesarias todavía.
—¿Cómo definirías el formato?
—Es tipo café-concert, pero inmersivo. Se hace en la sala Café Concert del Centro Cultural MAD, que está dispuesta en 360°, con el público muy cerca. Esa cercanía genera una energía distinta: el espectador está dentro de la escena, casi en la habitación de Isabella, la protagonista de la obra; y lo que se ve es, literalmente, lo que pasa por su cabeza. Hay momentos en los que el público siente que está espiando algo íntimo, como si se metiera en la mente de otra persona. Y eso da una mezcla de curiosidad y vértigo.
—Esa idea del público como voyeur es fuerte.
—Sí, totalmente. Pero no desde un lugar incómodo, sino como parte de la experiencia. Hay música en vivo, luces muy cuidadas, aromas, sabores... mientras el público mira puede tomar vino, comer chocolate, relajarse. Es una experiencia multisensorial, muy delicada.
—Es una obra que nunca se había hecho. ¿Cómo fue el proceso de creación?
—Muy de laboratorio. Empezamos a trabajar en julio, sin un guion cerrado. La directora, Lucía Ximena, nos propuso construirlo desde el cuerpo, desde las improvisaciones. Trabajamos mucho la danza (Lucía más que yo), el canto, la interpretación, todo mezclado. A veces hacíamos una escena solo con movimientos, y de ahí aparecía un texto o una canción. Fue hermoso, porque no partís de una hoja escrita, sino del cuerpo y la emoción.
—¿Y cómo fueron surgiendo las canciones de la obra?
—Son diecisiete canciones. Algunas las escribimos especialmente para la obra y otras son adaptaciones. Y cada una tiene un sentido dentro del viaje emocional de Isabella. No están ahí porque sí: cuentan algo de lo que le pasa por dentro. Es un musical en el que el canto es parte del relato.
—¿Qué representa Isabella como personaje?
—Isabella es una mujer atravesada por la contradicción entre el deber y el deseo. Está en un momento de su vida en que se pregunta quién es realmente, qué quiere, qué cosas reprimió por miedo al qué dirán. Y ese viaje interior se convierte en la obra. Las otras tres mujeres -las bailarinas y cantantes- son partes de su cabeza: una representa la pasión, otra la culpa, otra el miedo. Es casi una metáfora del diálogo interno que todos tenemos, solo que llevado a escena con música y movimiento.
—¿El elenco es completamente femenino?
—Sí, y eso fue clave. Somos cinco mujeres en escena. Está Lucía (que hace de Isabella los jueves), yo los viernes, y las tres compañeras que cantan y bailan: Valentina Fernández, Antonella Ramos y Giuliana Rodríguez. Cada una tiene una energía distinta, y eso hace que las dos versiones sean diferentes. Así que la gente puede venir un día y volver para ver la otra, porque cambia el tono.
—¿Qué fue lo más desafiante del proceso?
-Lo más desafiante fue salir completamente de la zona de confort. Yo vengo de hacer cosas muy distintas: Matilda, por ejemplo, que era un musical familiar y enorme; o Cobarde y salvaje, que era más tanguero, con otra estética. Acá no hay escenografía espectacular ni vestuarios brillantes: hay cuerpo, voz y mirada. Es un trabajo muy expuesto, y eso da miedo. Pero también es lo más interesante: animarse a estar vulnerable en escena.
—¿Sentiste miedo en los primeros ensayos?
—Sí, por supuesto. Pero del bueno, de ese miedo que te empuja a hacer cosas. Porque sabés que algo te va a transformar. Y a esta altura de mi carrera, eso es lo que busco: desafíos que me saquen del lugar cómodo. Después, si sale perfecto o no, es lo de menos. Lo importante es el viaje.
—Volviendo a Isabella, ¿cómo resumirías la obra en pocas palabras?
—Diría que es un viaje hacia adentro. Es un musical íntimo, sensorial y femenino. Habla del deseo, de la libertad y de la reconciliación con una misma. Es una invitación a mirar sin miedo, a dejarse llevar. Si el público sale con una sensación de conexión, de emoción, ya está: misión cumplida.
—Decías que en Uruguay todavía cuesta hablar de lo sensual.
—Sí, creo que sí. Somos un país más bien conservador. No lo digo como crítica, sino como dato cultural. Nos cuesta vincular el arte con el cuerpo, con lo erótico, con lo femenino libre. En Argentina, por ejemplo, hay obras como Sex de Muscari que llenan teatros desde hace años, y la gente va sin prejuicios. Acá todavía hay un poco de “a ver qué van a hacer arriba del escenario”. Pero a la vez eso es lo que hace que valga la pena hacerlo. Porque si nadie se anima, nada cambia.
—¿Te interesa ese costado de provocación?
—Sí, pero no desde el escándalo. Me interesa provocar reflexión, incomodidad buena. Que la gente salga del teatro pensando, no necesariamente diciendo “qué lindo”, sino “¿qué me generó esto?”. Porque el arte también es eso: moverte por dentro.
—Venís de un año muy musical, ¿no?
—Sí, fue un año muy variado. Arranqué con Cobarde y salvaje, que era un espectáculo que tenía tangos, un crimen y banda en vivo. Después vino Matilda, que fue una experiencia gigante, con una producción espectacular, y ahora Isabella. Los tres son mundos completamente distintos, y eso me encanta. Me gusta que cada proyecto me exija otra parte de mí.
—Firu Fernández dijo que le aportaste mucha comicidad al personaje de la Maestra Miel. ¿Cómo fue trabajar en Matilda?
—Una locura hermosa. La dirección de Firu fue impecable, el elenco era enorme, y trabajar con tantos niños fue una lección de energía y entrega. Aprendí mucho. Además, era una obra muy esperada, con una carga emocional grande porque el público tiene recuerdos de la historia, de la película, de la música. Había que estar a la altura. Fue un entrenamiento enorme y muy gratificante.
—Y además, filmás mucho, y seguido, en Argentina.
—Sí, tengo la suerte de poder trabajar allá sin tener que vivir allá. Los castings virtuales ayudaron muchísimo. En Buenos Aires viví un tiempo, pero es una ciudad intensa, demasiado para mí. Me encanta culturalmente, tiene un ritmo artístico increíble, pero yo necesito verde, silencio, río. Siento que Uruguay tiene otro pulso, y eso me hace bien.
—¿Y te gustaría probar suerte en otro país?
—Sí, me gustaría ir a España. Siento que hay algo de mi perfil artístico que podría funcionar allá. Pero no me corre la ansiedad. Si se da, genial. Si no, sigo disfrutando lo que tengo acá, que también es mucho.
—¿Cómo ves el teatro musical uruguayo hoy?
—Creo que está creciendo. Cada vez hay más propuestas, más público, más formación. Falta industria, claro, pero hay talento y ganas. Lo que pasa es que es difícil sostenerlo: requiere mucho ensayo, inversión, técnica. A veces la gente no dimensiona el trabajo que hay detrás de un musical. Pero es hermoso ver cómo se está consolidando una escena local.
—Estamos en la recta final. ¿Cómo se termina el año?
—Cansada, pero feliz. Fue un año de crecimiento. A veces me preguntan si tengo un plan a seguir, si pienso lo que viene, y la verdad es que no. Elijo los proyectos por intuición, por lo que me mueve. Y hasta ahora, esa brújula no me falló.