Ramiro Firme tiene grabada la imagen de su primer día en las oficinas de Underground. Para ese ensayo de Amor animal (Prime Video) eligió una remera con la inscripción “no te quedes sin filmar”. De alguna manera, reflejaba su realidad. Conseguir su primer protagónico en una producción internacional fue, para este uruguayo de 31 años, casi una patriada: necesitó del respaldo y la confianza de otros más experimentados. En ese primer cruce con el elenco —donde estaban Valentina Zenere, Ariel Staltari, Franco Masini y Tatu Glikman— se sintió sapo de otro pozo. “Son estrellas”, pensó. Y recuerda que olían a perfume riquísimo.
Su compatriota Evitta Luna fue sostén cada vez que el desafío pareció quedarle grande. “Nadie me hizo sentir por fuera. Fue mi cabeza diciendo: ‘qué loco’”, resume a Sábado Show el actor de una de las series más vistas de la plataforma.
Antes de este prometedor presente, hubo mucho zigzag en su camino. Ramiro era un adolescente problemático cuando el arte se cruzó en su vida y, sin darse cuenta, terminó convirtiéndose en su vocación. Andaba algo perdido, pero un llamado inesperado de Inés Errandonea —desconocida para él en ese entonces— funcionó como salvavidas. Su invitación a un casting para Relocos y repasados (Manuel Facal) lo empujó hacia un lugar impensado hasta ese momento: actuar frente a cámaras.
Oriundo de un hogar de laburantes en La Aguada, estaba a años luz de creer que podía ser actor —y mucho menos vivir de eso—. Tenía 17 años, nunca había pisado una clase de teatro y fue a la audición para “chivear”. Le tocó interpretar a un delincuente y quedó.
Hoy se convirtió en el primer artista de su familia. Aquel impulso inicial, más cercano al juego, dio paso a una carrera que lo llevó a formarse en La Escena para actuar frente a cámara y en la UTU como realizador. El recorrido no fue lineal: estuvo a punto de tirar la toalla más de una vez. La última fue hace apenas un año. Venía de acumular rechazos en castings y de ver frenados los proyectos que tenía con su socio y amigo, Santiago Musetti. “Fue un año jodido y había armado un currículum para mandarlo a cafeterías”, cuenta.
Trabajó de los 15 a los 23 en locales de comida rápida, call centers, almacenes y hasta un depósito, pero esta vez la marcha atrás le pesaba. “No le huyo al trabajo, pero era una derrota en la cabeza. Estaba asustado”, admite.
Entonces llegó otro llamado inesperado. La productora Cimarrón, con la que ya había trabajado, lo convocó para audicionar por un rol menor en Amor animal. Y, entre talento y suerte, terminó quedándose con un protagónico en la nueva creación de Sebastián Ortega, estrenada el 20 de marzo y entre lo más visto de Prime en Uruguay y Argentina.
La serie, además, tiene una fuerte impronta local: fue filmada íntegramente en Uruguay, con locaciones en Montevideo y Punta del Este, y contó con el respaldo de Cimarrón como pata clave en la producción. El proyecto reunió a varios uruguayos en el elenco y el equipo, con nombres como Evitta Luna, Jorge Temponi, Álvaro Armand Ugón, Johnny Tecuento y Agustín Urrutia.
El uruguayo Guillermo Rocamora —uno de los directores, junto a Paula Hernández y Pablo Fendrik— apostó por Firme para interpretar a Walter, un personaje con desarrollo y zonas oscuras que representa el mayor desafío de su carrera, después de participaciones más pequeñas en Porno y helado, Cromañón —ambas en Prime—, y Como el mar, película protagonizada por Sofía Gala (Disney+).
“Walter fue lo mejor que me ha pasado hasta ahora. Grabé más de 50 escenas. Es mi personaje favorito del guion, está bien construido y siento que me queda bien”, dice sobre este dealer. El universo más marginal no le es ajeno: ya lo había transitado en su debut en Relocos y repasados y en Mala facha, el corto de Ilén Juambeltz. “No estaban tan alejados de Walter”, sintetiza.
Del depósito a los sets
Nació hace 31 años en La Aguada, en un hogar humilde. Fue a la escuela N°77 y jugó al básquet hasta los 11, cuando entendió que el deporte no era lo suyo. Desde entonces, se volvió hincha aguatero y lo disfrutó desde la tribuna con su barra de amigos.
Hoy vive en una casa que construyó en el mismo terreno que sus padres, que lo bancan desde el día uno en una carrera marcada por la inestabilidad.
La actuación no estaba en el radar familiar. No lo llevaban al teatro ni al cine y no había artistas
en su entorno. Le costó encontrar una vocación: pasó por comunicación, economía y derecho. “Miro para atrás y veo a un guacho bastante perdido”, dice. Y recuerda la voz de su padre acompañándolo sin presión: “Si no te gusta, no vayas más, pero fijate qué querés hacer”.
Aquel llamado de Inés Errandonea cambió todo. Su audición para Relocos y repasados fue el primer contacto con la actuación. Sin técnica pero con instinto, improvisó una escena de robo a puro impulso: entró al supermercado a las patadas y usó un marcador como revólver para encañonar a las víctimas. Y lo eligieron. Luego llegó otro pequeño papel en Las toninas van al Este (Verónica Perrotta y Gonzalo Delgado), donde actuó junto a Jorge Denevi. No sabía a quién tenía al lado, y eso jugó a favor. “Me hubiera puesto muy nervioso. Lo hacía desde la inocencia”, se sincera.
Durante años intercaló papeles menores con trabajos de ocho horas. El quiebre llegó a los 23, después de varios golpes. “El casting de La noche de los 12 años (Álvaro Brechner) me marcó. Me pasaron el trapo y entendí que tenía que estudiar”, cuenta.
La primera clase con Angie Oña en un taller de verano en La Escuela de Emociones Escénicas fue una revelación. “Pensaba que actuar era fácil y me di cuenta de que no podía hacer nada. Si era una piscina, yo tenía apenas los dedos en el agua”, grafica.
Otro sacudón similar llegó cuando Pablo Stoll lo convocó para El tema del verano. Fue directo del depósito donde trabajaba al casting, sin las escenas aprendidas, y perdió el papel. “Ahí entendí que tenía que enfocarme”, dice. Dejó el empleo, se anotó en la UTU y en La Escena. Desde entonces, sobrevivió entre actuaciones y publicidades.
El cruce con Santiago Musetti en La Escena marcó un nuevo rumbo: formaron una dupla de dirección y guion. Juntos escribieron más de 20 cortos de terror y concretaron algunos proyectos, como Los pibes perdidos, filmado este año tras obtener fondos de la Agencia del Cine y el Audiovisual del Uruguay (ACAU), junto a la productora Dulce Cine.
“Fue la primera vez con estructura y presupuesto, después de varios rechazos”, destaca sobre este trabajo, que se estrenará en octubre.
El salto internacional y el rodaje de "Amor animal"
Está convencido de que varias cosas se alinearon para que llegara una oportunidad como la de Amor animal. Como uruguayo, sabía que meterse en el circuito internacional era casi imposible: la mayoría de las puertas estaban cerradas, así que debía estar preparado para cuando apareciera una entornada. Con esa meta entre ceja y ceja, siguió formándose y filmando cortos. A eso se aferró. Y aunque es consciente de que hubo una cuota de suerte, no le quita mérito al camino recorrido.
Llegó al casting convocado por Cimarrón para uno de esos roles pequeños que suelen quedar en manos de uruguayos en producciones internacionales. Audicionó primero para Marqui —finalmente lo hizo el argentino Lucas Pose— y luego para Walter.
Esta vez, todo jugó a su favor: reconoce que hubo gente que empujó su nombre y destaca especialmente a Guillermo Rocamora, quien apostó desde el inicio e incluso insistió ante Sebastián Ortega. “Fue una patriada meter a Walter como parte del elenco uruguayo”, resume.
Por primera vez le tocó construir un personaje con desarrollo y un arco potente, que desciende hacia una oscuridad profunda a medida que la trama avanza. Para crearlo, asegura, corrió con cierta ventaja: “No son personajes que no hubiera conocido. Los tenía vistos en amigos y familia. Saqué cositas de todos lados y trabajé mucho el cuerpo”.
Usó, por ejemplo, una meditación guiada para encontrar dónde resuena el personaje en su físico, para hallar su forma de moverse y su andar.
Se codeó con un elenco talentoso y con trayectoria en la industria audiovisual, y aprovechó para nutrirse de todo ese bagaje.
“Fueron muy generosos. Todos tienen mucha más experiencia que yo y me dieron una cantidad de puntas: cómo moverme, qué hacer, incluso cómo conseguir representante en Buenos Aires”, dice. Así dio un paso que tenía pendiente y cerró con Tommy Pashkus.
Si bien el éxito de la serie aún no se tradujo en propuestas laborales concretas, el objetivo de Firme es abrirse camino en el mercado argentino y contar con alguien que gestione su carrera en ambas orillas.
El impacto de Amor animal no lo sorprendió. La serie se mantiene entre lo más visto en Argentina y Uruguay, y Firme confiaba en el resultado. “Está muy bien llevada, dirigida, actuada y filmada”, dice.
Para él, además, es una buena oportunidad de demostrar el potencial local: “Uruguay tiene un nivel altísimo. Se pueden hacer proyectos ambiciosos con actores de acá. Sería bueno pelear por darnos un par de roles con desarrollo”, destaca.
Haber trabajado con Sebastián Ortega también dejó huella. “Sabe hacer hits y le gusta estar encima. Incluso dirigió alguna escena y estaba abierto a que le escribiéramos con dudas”, cuenta.
Con la cabeza siempre en movimiento, piensa proyectos para hacerle frente a una carrera marcada por la inestabilidad y el rechazo —dos aspectos que ha trabajado en terapia—, aunque la pasión siempre pesa más.
Entre sus deseos, aparece volver a trabajar con Paula Hernández y Guillermo Rocamora, esta vez en una película, y ser dirigido por Damián Szifron.
En lo inmediato, prepara una nueva serie junto a Evitta Luna, que se filmará en Uruguay, aunque no puede dar más detalles. Además, junto a Musetti, ganó fondos para desarrollar dos proyectos: Detectives en el Parque Rodó, basado en el libro de Helen Velando, y Matagato, una serie de terror en coautoría.
Después de un año de dudas y de sentir que todo estaba estancado, el presente lo encuentra parado en un lugar distinto. Sus padres —que siempre lo acompañaron— hoy viven este momento con alegría y orgullo, aunque ese respaldo no faltó en las malas.
“La incertidumbre y la inestabilidad no van a parar, pero esto renueva energías”, dice. Y cierra aferrado a una certeza: “Estamos bien direccionados. Seguimos haciendo lo que queremos y hay mañana”.
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