El refugio artístico que nació de una corazonada, formó a varios famosos y transforma vidas desde hace 20 años

Una intuición marcó el comienzo de un espacio que se volvió hogar, semillero de artistas y lugar de encuentro para quienes buscan jugar, crear y reconectar con la alegría. Aquí la historia de Sal Club de Teatro.

Alumnos de clown de la escuela Sal Club de Teatro.
Alumnos de clown de la escuela Sal Club de Teatro.

Eso que conocemos como corazonada, intuición o simplemente señal, a Danna Liberman le sucede más seguido que a muchos mortales. Es de las que decide escuchar, atender y actuar en consecuencia. Hace 20 años sintió la más clara e importante de todas: un quiebre que marcaría su vida —y la de muchas otras personas— para siempre.

Era una tarde de abril de 2006. Había suspendido sus actividades para ayudar a su abuela en una mudanza: la oficina donde trabajaba dejaba de alquilar una casa en la esquina de Ramón Masini y Ellauri y había que retirar cajas con libros. Apenas cruzó la puerta, una sensación inexplicable le recorrió el cuerpo. Sintió que tenía que hacer algo en ese lugar. “Fue muy claro. Algo me dijo: ‘es acá’”, recuerda a Sábado Show.

Tenía 24 años. Era alumna del Instituto de Actuación de Montevideo (IAM), se había recibido de psicopedagoga y maestra y daba clases de teatro en Aires Puros. Pero ni en sus planes más remotos estaba abrir una escuela. Tampoco tenía alumnos para empezar. El lugar apareció antes que el proyecto y las piezas del puzle comenzaron a acomodarse casi de manera mágica, como tantas veces volvería a suceder en ese espacio que primero bautizaron Sal, Pimienta y Teatro —aunque casi nadie lo llamó así— y que en pandemia, tras resurgir de las cenizas, pasó a ser Sal Club de Teatro.

“Recuerdo charlas familiares para bautizar el lugar. Para mí algo con sal y pimienta es sinónimo de vida, y yo quería que fuera un espacio así. Pero ponerle ‘Vida’ a secas me parecía demasiado”, dice entre risas. Con el tiempo, Sal se convirtió en mucho más que una escuela. Para muchos fue un espacio transformador y revelador; significó hogar y contención. Allí se formaron parejas, se forjaron amistades, nacieron hijos y se crearon compañías de improvisación.

“Creemos que el teatro empieza por la comunión entre las personas y trabajamos en eso. El eje está puesto en el ser y en potenciarlo”, señala.

También fue semillero artístico. Por sus clases de clown pasaron Manuela Da Silveira y Annasofía Facello; por improvisación, Germán Medina, Pablo Magno, Leti Cohen y Jime Sabaris, entre otros.

Esta es la historia de Sal Club de Teatro, un espacio que lleva dos décadas apostando al juego, la diversión y el bienestar personal.

Una escuela que es hogar
Danna Liberman, fundadora, directora y docente de Sal Club de Teatro.
Danna Liberman, fundadora, directora y docente de Sal Club de Teatro.
Foto: Estefania Leal

El nombre Sal Club de Teatro calza justo con el espíritu de comunidad que reina en el espacio. “La gente se siente como en casa”, asegura Danna Liberman, directora y fundadora.

Además de ella, el equipo está integrado por otros once docentes: Mariem Mautner, Vero O’Brien, Emilio Gallardo, Andy Yaffe, Nico Muñoz, Verónica San Vicente, Cecilia Sanchez, Rodrigo Peluffo, Florencia Infante, Mariana Tucci y Andres Kelly.

La oferta incluye talleres de teatro para niños de 7 a 12 años, improvisación para adolescentes y propuestas de clown, impro y artes escénicas para adultos. También se desarrollan distintos programas del Método Uriel enfocados en el bienestar personal, además de intensivos de clown e impro y talleres de verano.

Más información sobre cursos y actividades en www.sal.uy

De los pasacalles a los círculos de conexión

El comienzo fue a pulmón. Para pagar el primer alquiler pidió ayuda a sus padres. “Me prestaron mientras armaba mi primer grupo”, recuerda. Arrancó con un taller de teatro para infancias y sus primeros alumnos fueron conocidos. Luego el boca a boca hizo lo suyo. Sin redes sociales, la difusión era artesanal: pasacalles y salir a volantear en escuelas, liceos y shoppings.

En ese inicio apareció otra figura clave: su madre, Mariem Mautner, arquitecta. Primero colaboró en la parte administrativa pero con los años se formó en impro y clown y hoy es pilar del equipo.

Tres años más tarde, sumó propuestas para adolescentes y adultos e incorporó la improvisación, un lenguaje casi inexistente por entonces y que ella impulsó con su grupo Impronta. “Yo pensaba que para enseñar tenía que saber todo, pero una vez Marisa Bentancur me dijo: ‘Si pensás eso, vas a dar clase el día antes de morirte’. Ahí entendí que una comparte el 100% de lo que tiene en ese momento y crece junto a sus alumnos”.

Las propuestas fueron cambiando al ritmo de sus propios procesos. Hoy conviven talleres para niños de 7 a 12 años, impro para adolescentes y experiencias de clown y arte escénico para adultos que llegan por vocación, hobby o necesidad de juego.

Hace unos años creó el Método Uriel, donde el arte funciona como herramienta para el bienestar. Programas como Siete, Brote y En Flor buscan conectar con la honestidad personal y ofrecer recursos para sostener la conexión más allá del aula.

Mudanzas, renacimiento y festejo

Danna Liberman con alumnos y staff en el festejo por los 20 años de Sal Club de Teatro.
Danna Liberman con alumnos y staff en el festejo por los 20 años de Sal Club de Teatro.
Foto: Gabriel Arambillete

En 2013 llegó el primer gran sacudón: el dueño de la casa de Masini vendía la propiedad y tenían dos meses para irse. Entró en crisis y su terapeuta le sugirió visualizar cómo quería que fuera la nueva escuela.

Encontró una casa antigua ubicada en Blanes 1238 a través de un aviso. "Amo los techos altos y al entrar dije: ‘wow’”. Estaba en ruinas pero todo fluyó y en tres meses la restauraron y la dejaron pronta antes del inicio de los cursos. Un día, cuando la escuela ya estaba funcionando, vio materializada la imagen que había proyectado. “Es un espacio que permite soñar y realizarlo”, resume.

Hubo mudanza, cambio de nombre, de estrategias, reconversiones obligadas por la pandemia. Pero la esencia siempre se mantuvo: poner al ser en el centro y potenciarlo.

“Hemos mutado, pero el amor por las personas y la convicción de que todos tenemos derecho a jugar, disfrutar y conectar con lo que somos sigue intacta”, afirma.

Hay valores que se perciben apenas se cruza la puerta: no juzgar, respetar y mirar al otro con amor. No están escritos en una pared, pero se notan en la manera de hablar, en la música, en el equipo de trabajo y hasta en el aroma del lugar.

Muchos llegan en busca de desarrollo artístico pero varios ansían conectar con la alegría de vivir.

En ese mismo afán de celebrar la vida decidieron festejar los 20 años, el pasado 27 de febrero, con una fiesta abierta a todos los que alguna vez pasaron por Sal. Hubo reencuentros, comisiones de alumnos organizando cada detalle y un cartel que resumía el espíritu del lugar: “Feliz cumpleaños, Sal. Gracias por tanto”.

Los preparativos la llevaron a revolver fotos y recuerdos. Durante la previa, admite, lloró un poco cada día. Porque más allá de las clases, lo que se construyó fueron vínculos y transformaciones que acompañan a quienes alguna vez cruzaron esa puerta.

“Es un espacio vivo que apuesta a la vida”, dice. Y ese fue, desde el principio, el verdadero motor de todo.

¿Encontraste un error?

Reportar

Te puede interesar