"Es la primera vez que escucho que hay un psicólogo en un liceo”. La frase llegó a mitad de la charla. Alguien acababa de contar que, cuando estaba en el ciclo básico, acompañó a un amigo al psicólogo del liceo y se encontró con una fila de gurises esperando turno. “A mí me shockeó mucho que haya esta fila en un liceo.” A quien le respondió lo sorprendió otra cosa: que hubiera un psicólogo.
Entre la fila y la ausencia está buena parte de lo que estos chicos dijeron sobre la salud mental. Están atentos a lo que les pasa a sus amigos, reconocen cambios, buscan cómo acercarse. Cuando necesitan ayuda, no siempre encuentran a alguien que los escuche.
Son Ezequiel Pérez (18), Leila Hernández (14), Maira Cabrera (19), Melissa Rodríguez (19), Thiago Barboza (19) y Yojan Rodríguez (18). Integran Accionadores por la Salud Mental, un programa de América Solidaria, desarrollado en alianza con la Intendencia de Canelones, que desde 2023 forma a adolescentes de 14 a 18 años como promotores de la salud mental en sus comunidades. A través de talleres participativos y otras actividades, los jóvenes trabajan para reconocer sus emociones, pedir ayuda, acompañar a sus pares y construir redes de apoyo.
Cuando surgió el proyecto, era la pospandemia. Había peleas entre grupos de adolescentes en torno a los liceos y, según Alex Pérez, coordinador del programa, había chiquilines que “querían accionar” y “no sabían cómo hacerlo”. Se abrió un espacio para que identificaran qué les preocupaba y decidieran en qué trabajar. Eligieron la salud mental.
Periplo reunió a seis de ellos alrededor de una mesa para conversar frente a una cámara. Las preguntas llegaban escritas en tarjetas. Las respuestas se encadenaban, se corregían y, a veces, se contradecían.
¡Trágame, tierra!
La primera tarjeta preguntaba qué se les viene a la mente al escuchar “salud mental”. La respuesta inicial fue “nada”: un tabú, “algo muy difícil de hablar”. La segunda introdujo otra idea: el bienestar, “no tener que estar bien todo el tiempo”.
Desde ahí, la charla fue armando su propio diccionario. Equilibrio es una de las palabras que más se repite. “Estar bien” es que un mal momento “no nos derrumbe”, poder decir “che, estoy mal, capaz que no me pinta hacer esto” sin que suene a tragedia. La salvedad llegó enseguida: “Sí, pero no de forma crónica”.
En ese diccionario, la felicidad tiene mala prensa: “Es como más superficial, es lo que todo el mundo quiere mostrar”. La tristeza, el enojo y la ansiedad, en cambio, “son las que, posta, te muestran cómo es la otra persona”.
También hicieron distinciones entre las palabras que usan. Estar ansioso por un parcial no es un trastorno de ansiedad. El “me quiero matar” que se suelta antes de un examen o después de pasar vergüenza, ese que los adultos escuchan con terror, tiene para ellos otra traducción: “Eso no es literalmente me quiero matar, quiero terminar con mi vida. Es como más un trágame tierra, ¿me entendés?”.
Entre amigos, dicen, la ironía se entiende. Con los grandes es “ay, no digas eso, ay, no hagas eso”. La respuesta que les darían suena a reclamo: “Yo sé lo que estoy sintiendo, entonces dejame ser irónico con mi situación”. Confían en que conocer a la persona les permite saber cuándo habla en serio.
¿Cómo distinguir un mal momento de algo que requiere ayuda? Ignacio Rodríguez Perrachione, magíster en Psicología Clínica y consultor en salud mental de Unicef Uruguay, propone salir de la división entre sano y enfermo y pensar el bienestar como “un continuo”: desde “un malestar esperable”, como el de un duelo, hasta uno “que empieza a interferir” en la vida cotidiana.
Para orientarse, plantea preguntas simples. Cuánto dura: “¿Lleva días? ¿Lleva meses?”. Cuánto interfiere: si la persona puede dormir y estudiar, cómo se alimenta, si sostiene sus vínculos. Hay señales, aclara, que “no admiten espera” y requieren “una respuesta inmediata”: “una desesperanza grave, autolesiones, ideas de no querer vivir”.
Una alianza con El País para priorizar las historias
Periplo es un proyecto de periodismo audiovisual impulsado por Juan Paullier y Elisa Lieber. La propuesta es cederle el protagonismo a los personajes detrás de los titulares, humanizando así situaciones perdidas entre las estadísticas. Periplo reveló la historia de Agustina, una joven embarazada que solía vivir en la calle. Contó la vida de una familia en un asentamiento durante un invierno. Expuso la crueldad de la violencia a través del asesinato de una niña por una bala perdida. Exploró la deserción estudiantil adolescente. En alianza con El País, difundió la historia de Yanina, una mujer que esperaba la libertad tras haber intentado ingresar drogas a una cárcel. La de Horacio y sus mil estrategias para sobrevivir con un salario que ronda los 25.000 pesos. Y recopiló 120 audios de Ángela, desde la Cárcel de Mujeres. Ahora convoca a un grupo de adolescentes para conversar sobre salud mental.
Algunas de esas preguntas ya se las hacen entre amigos. Alguien que todos los días es “súper energética, súper positiva” de repente se aísla y no habla durante todo el día. Ahí hay que arrimarse, dicen, “sin obligarla a que te explique toda su vida”.
Cuando la tarjeta preguntó qué deberían mirar los adultos, mencionaron los hobbies que se abandonan, las cosas que dejan de interesar, la ropa que se empieza a regalar: “Capaz que puede ser porque estamos empezando a crecer, pero hay cosas que dan como indicios.”
Su manera de ayudar empieza por observar, porque “las acciones hablan”. Después, estar: “Che, estoy acá. Si querés hablar, si querés estar ahí en silencio, también. El silencio es muy importante”. “La mayor parte del sufrimiento rara vez nace por primera vez en un consultorio”, dice Rodríguez. Antes hubo “un amigo”, “alguien que escucha” o “un docente que detectó”. Pérez marca un límite: la idea del programa nunca fue que estos chicos se convirtieran en “los psicólogos de sus amigos”.
Estoicos modernos
Con los adultos, entenderse cuesta más. Uno de los relatos más precisos fue el de los padres. Uno tiene 65 años y crió a sus hijos sin permitirse estar mal. Ante la muerte de un gato, la respuesta fue “bueno, qué le vamos a hacer, vamos a seguir igual”. Con ese padre en la cabeza, en sexto, su hijo le pidió al profesor de Filosofía que diera una clase de estoicismo: le parecía que era lo que practicaban los adultos, “entre muchas comillas, muchísimas comillas”.
Para otro de los chicos, el problema es de memoria: “se olvidan de que ellos también fueron adolescentes”. Rodríguez Perrachione tiene un nombre para eso: “Amnesia de desarrollo”.
Esos mismos adultos se preguntan hoy si los jóvenes sufren más o si solo hablan más. En la mesa, alguien contó que ya había trabajado esa pregunta en el liceo, con una duda incómoda: si hablar no termina por fomentar más problemas. La respuesta mayoritaria fue que los problemas siempre existieron y antes no se nombraban. Rodríguez cree que hoy hay “un oído más fino hacia el sufrimiento”, lo que “no significa que eso inaugure los malestares”, mientras que Roberto Balaguer, psicólogo y Magíster en Educación, es más tajante: “Estadísticamente, me animaría a decir que están peor que antes”.
El panel de la Encuesta Nacional de Adolescencia y Juventud, que sigue a las mismas personas, registra un aumento del malestar declarado. Quienes dijeron haberse sentido tan tristes o desesperados que dejaron sus actividades habituales pasaron del 9% en 2018, cuando tenían entre 12 y 15 años, al 24% en 2022, ya con 16 a 19 años. En esa comparación se mezclan el cambio de edad y la pandemia; por sí sola, no permite determinar cuánto aumentó el sufrimiento y cuánto cambió la disposición a contarlo. Sobre si hablar ayuda, Rodríguez no tiene vueltas: “Ayuda mucho”.
Para que eso ocurra, alguien tiene que escuchar. Lo que los chicos describen muchas veces es lo contrario. Una nota baja se despacha con un “no te preocupes, es una nota”; una pelea con un amigo, con un “en un ratito se arreglan”. “Estás como invalidando lo que yo siento”, resumió.
Para Pérez, ahí hay una falla adulta: “Confundimos esto de escuchar con dar consejos. Tratamos de dar soluciones antes de entender realmente lo que le pasa”. Escucharlos, matiza, “no significa que siempre tengan la razón”, pero sí entender “que ellos tienen algo importante para decir”.
En uno de los momentos más crudos de la charla, alguien recordó haberle dicho a un adulto de referencia “no te tengo confianza”, cuando en realidad le tenía “la tremenda confianza”. Por dentro, “me destruí”. La explicación llegó enseguida: “Nunca queremos que nos suelten, siempre queremos que estén atrás nuestros, que nos estén dando la mano”.
Una molestia
Que no los suelten: eso piden. Decirlo en voz alta es otra historia. Cuesta por vergüenza, por no saber “a dónde recurrir” y por miedo a molestar. Contarle algo a un amigo que tampoco está bien puede ser “una sobrecarga emocional para la otra persona”. Acercarse a la adscripta tiene su freno: “Debe tener muchos problemas con muchos gurises”. La secuencia entera cabe en una frase: “Yo soy una molestia, entonces no lo voy a decir, me quedo callado y después es peor”.
Rodríguez describe qué puede haber del otro lado de ese silencio. Para crecer, dice, los adolescentes necesitan “la raíz y la rebelión”: un lugar de pertenencia, “alguien que les haga sentir que importan” y la posibilidad de salir a buscar el mundo. Los adultos, en cambio, suelen premiar otras conductas: “Valoramos al que nunca se rebela, al que no molesta, al que no pide ayuda”, cuando muchas veces “ese también está sufriendo”. Así, quien se calla para no molestar puede pasar por alguien que está bien. Para Balaguer, el primer obstáculo es encontrar “un adulto que valide eso y se proponga ayudarlo”.
Si ese adulto aparece, puede que se inicie otra espera. La atención privada es cara y no alcanza con ir una vez: “Literalmente tenés que tener 1.500 pesos por semana”. De la atención pública cuentan que implica “esperar tres meses para que te atiendan y de forma virtual”. Balaguer describe demoras tanto en la salud pública como en buena parte de las mutualistas: alguien pide hora y “le dan hora para febrero, marzo”. Es “demasiado tiempo para bancar un sufrimiento”.
Si pudiera cambiar una sola cosa, Pérez, el coordinador del programa, haría que pedir ayuda “no sea tan burocrático”. Los adolescentes, dice, “viven en la inmediatez” y atraviesan una etapa que requiere “que nosotros los escuchemos ahora”. Y está la fila del liceo. Quien no sabía que había psicólogos hizo enseguida un cálculo aproximado: 15 minutos por alumno, “máximo cinco horas quizá” para un liceo de 300 personas. Si hay cola, concluyó, no da abasto.
Balaguer señala una diferencia entre la educación privada y la pública. La primera, sostiene, “hace ya bastante tiempo que resolvió eso” con gabinetes técnicos, “cosa que en la mayoría de los públicos no ocurre”. “El recorrido es desigual”, resume Rodríguez: depende “de dónde vive, de la cobertura de salud que tenga y de quién lo escuche primero”.
Contáselo al chat
El miedo a cansar a los demás también surgió al hablar de inteligencia artificial. Alguien aventuró que “todos en esta mesa” le habían contado algo alguna vez. Después de hablar “20.000 veces del mismo tema” con un amigo, llega el pensamiento: “Qué pesada, no le voy a molestar más”. Y la consulta termina en el chat. “Se la terminé preguntando a alguien que ni siquiera existe.”
Desconfían de sus respuestas: dicen que la IA “siempre te va a dar la razón”. Pero también entienden por qué alguien recurre a ella. Quizás busque ser escuchado más que una solución; quizá “no haya esa persona que lo pueda escuchar en su familia o en sus amigos”.
Foto: G.Shneider y A. Medone.
Rodríguez advierte sobre otro riesgo: que encuentren demasiado rápido “una categoría diagnóstica” para lo que les pasa. En la mesa hubo un ejemplo de esa facilidad para poner etiquetas. Después de una pelea, una participante hizo una consulta angustiada y recibió una respuesta de alarma: “No, acá te está manipulando”. Su evaluación fue más sencilla: “Me peleé con mi amigo nomás”.
Hubo quien habló de la dificultad de parar. Se describió como alguien “tan pum para arriba” que necesita estar ocupado: si pasa más de tres horas en su casa, se angustia. Para sentirse bien precisa “sobrecargarme de cosas y de gente”. A mitad de la explicación se frenó: “Recién ahora me lo pongo a pensar”. Hoy todo hay que hacerlo rápido, siguió. La sociedad te empuja a moverte, a moverte, a moverte, “hasta que capaz que en un momento puede llegar a colapsar”. Rodríguez ubica esa urgencia en un contexto más amplio. Esta adolescencia, dice, crece “en un horizonte un poco más incierto”, con “un repliegue” de los lugares de comunidad y de sostén.
Los chicos también hablaron de dónde encuentran ese sostén. Al describir el lugar donde viven, alguien defendió una vida “con muchas carencias económicas, pero rico en el amor”. Habló de sus amigos de contexto humilde, “me incluyo también”, y de haber crecido “cagándonos de frío, pero nos ponemos frazadas encima, nos dormimos todos juntos y nos cagamos de risa”.
Esto es un tema
Con la misma franqueza hablaron de la medicación. Hay amigos que toman algo para dormir sin receta, a veces sacado de los padres. Alguien contó que había probado una pastilla recomendada para relajarse: “Dormí como un tronco. Lo volvería a hacer”. También hubo una réplica: “No sos profesional para autodiagnosticarte”.
Balaguer rechaza la idea de que el consumo responda a una moda porque “nadie toma medicación por deporte”, y cuestiona la búsqueda de una solución rápida: hay quienes prefieren “ir a hablar 10 minutos y que le den algo que lo normalice o lo estabilice, que tomarse el trabajo de pensar qué le está pasando”.
En ese tramo llegó lo más duro de la conversación. Una de las voces contó que había crecido “de la mano, con el suicidio”, “no por mí, sino por el entorno, familiares, amigos”. Había estado “al borde de perder amigos”. Todavía hoy hay quienes llegan con un “che, estoy mal” y cuentan que estuvieron cerca de hacerse daño. Esa experiencia le enseñó a estar “más presente, más alerta”. Buscó las palabras para explicar lo que le había dejado: “Como que de alguna forma me pertenece a mi vida, como que yo también formo parte de algo de eso”.
Foto: G.Shneider y A. Medone.
En 2025, Uruguay registró 19,16 suicidios por cada 100.000 habitantes, según el Ministerio de Salud Pública, la tasa más baja desde 2015. Aun así, el país tiene una de las tasas más altas del continente.
Cuando la tarjeta preguntó qué le dirían a un adolescente que siente que necesita ayuda, la respuesta comenzó con una admisión: “Es difícil”. Después vinieron los referentes: “Un amigo o tu abuelo. El adscripto de liceo. Un profesor”. Y una certeza: “Siempre va a haber alguien dispuesto a escucharte”.
Balaguer no da por hecho que ese alguien exista. Hace años propone una medida sencilla: preguntarle a cada adolescente, el primer día de clases, si tiene un adulto de referencia. Calcula que la mitad no lo tiene y dedicaría el primer mes a conseguir que cada uno cuente con alguien. “Lo relevante no es el cargo ni la formación, es que haya un adulto confiable.” A veces es “el señor o la señora de la cantina, o el portero”.
Hubo un momento en que los chicos hablaron de la conversación que tenían. “Una charla sincera con amigos”, dijeron, “te abre los ojos para ver todo tu círculo”. A este amigo le puede estar pasando esto; a este otro, aquello. “Nunca había visto esta señal.” “Siempre va a haber alguien dispuesto a escucharte”, habían dicho. Durante el rato que duró la charla, lo hubo.
Líneas de ayuda: Línea Vida Prevención del Suicidio: 0800 0767 - *0767. Línea de apoyo emocional: 0800 1920. Funcionan las 24 horas del día, todos los días del año, sin importar a qué prestador de salud esté afiliada la persona que consulta.
La alerta que traen las cifras
La salud mental en la adolescencia y la juventud presenta desafíos preocupantes. Según la Encuesta Nacional de Adolescencias y Juventudes (ENAJ) de 2025, el 14% de los adolescentes afirma que la ansiedad o la depresión limitó sus actividades habituales. Por su parte, el Panorama de Salud Mental y Bienestar Psicosocial de 2024, señala que las mujeres jóvenes experimentan el doble de tristeza o desesperación en comparación con los varones.
Las cifras resultan más críticas al observar los datos del Panel de Juventudes de la ENAJ 2024, que revelan que el 12% de los jóvenes evaluó quitarse la vida y el 4% reconoció haberlo intentado. A pesar de esta realidad, la campaña nacional Ni Silencio Ni Tabú destaca un consenso para cambiar la situación: el 85% o más cree que es vital hablar de salud mental antes que mantener el estigma.
Ni Silencio Ni Tabú es un programa nacional a cargo del Instituto Nacional de la Juventud (INJU), del Ministerio de Desarrollo Social, con el apoyo del Ministerio de Salud Pública y de Unicef, para promover la salud mental de adolescentes y jóvenes de 14 a 29 años. Comenzó como campaña en 2022 y se consolidó como programa en 2023. Trabaja en cinco líneas: sensibilización y participación; formación de adultos referentes; centros de atención y acompañamiento; investigación y coordinación institucional.
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