PERIPLO

“Aprendí a no verlas como monstruos”: los 120 audios de Ángela que revelan la vida en la Cárcel de Mujeres

Una voz detrás de las rejas: mientras se resuelve su extradición a Argentina por una causa de narcotráfico —en la que defiende su total inocencia—, Ángela Rodríguez registró su vida en la cárcel durante más de un mes. Aquí, las charlas con una periodista en 120 audios enviados desde la Unidad 5.

—Perdón que corté el audio. No quiero llorar. No quiero parecer débil ni victimizarme —escribió Ángela Rodríguez desde su celda.

Hace unos minutos se había propuesto relatar, detalle por detalle, sus días más difíciles desde que había entrado a la Cárcel de Mujeres. La habían trasladado al lugar más hostil del penal. La violencia, las malas condiciones y la escasez de personal son solo algunas de las dificultades a las que se enfrentan las reclusas. Otra es la falta de contención. A sus cuatro hijos, en casi dos años, los vio solo una vez en agosto de 2024. Cuando la visitaron, pasó una semana llorando y les pidió que no volvieran. Sus llamadas diarias por teléfono y una foto de los cinco juntos, dice, le dan fuerzas para seguir.

Ese mensaje forma parte de los 120 audios que Ángela envió durante más de un mes desde la Unidad 5, la cárcel de mujeres de Colón. Respondió preguntas, reconstruyó momentos de su historia y relató escenas de su vida cotidiana: forman un diario sonoro sobre lo que la cárcel le quitó, lo que le cambió y lo que todavía espera recuperar. A fines de julio, el Estado trasladó a casi 800 presas que habitaban esa cárcel a la nueva sede construida en Punta de Rieles.

Cárcel de Mujeres

Ángela está detenida mientras se tramita su extradición a Argentina, donde es investigada por su presunta participación en el tráfico de 17,8 kilos de cocaína. Ella sostiene que desconocía el propósito del viaje que dio origen a la causa y defiende su inocencia.

La cárcel alteró su rutina, su piel, su metabolismo y su sueño. Dejó atrás su trabajo, el deporte y su casa para pasar la mayor parte del día en una celda. También cambió su forma de mirar a quienes la rodean.

—Antes era una ciudadana bastante prejuiciosa —reconoce.

Desde que llegó a la Unidad 5, cada encuentro le dejó una impresión. Recuerda con precisión a los policías que la trataron bien y también a quienes, según cuenta, la maltrataron “solo por ser una presa”. Pero el mayor cambio surgió del contacto con las demás mujeres.

—Dejé de ver a las personas privadas de libertad como monstruos. Si bien los hay, muchas tienen más humanidad que la gente que va a la iglesia y finge ser buena persona —dice.

PERIPLO

Una alianza con El País para contar historias

Periplo es un proyecto de periodismo audiovisual impulsado por Juan Paullier y Elisa Lieber. La propuesta es cederle el protagonismo a los personajes detrás de los titulares, humanizando así situaciones perdidas entre las estadísticas. El año pasado Periplo reveló la historia de Agustina, una joven embarazada que solía vivir en la calle. Y, entre otras, expuso la crueldad de la violencia a través del asesinato de una niña por una bala perdida. En alianza con El País, difundió este año la historia de Yanina, una mujer que esperaba la libertad tras haber intentado ingresar drogas a una cárcel. También la historia de Horacio y sus mil estrategias para sobrevivir con un salario fijo de 25.000 pesos. Y la de Belén, que vivió hasta los 18 años de edad en un hogar del INAU. Esta vez, los relatos de Ángela desde la cárcel.

Cárcel

A Ángela la detuvieron el 12 de agosto de 2024 e ingresó a la cárcel al día siguiente. Mientras subía las escaleras y avanzaba por uno de los pasillos, escuchó a las presas gritarle, pedirle cigarrillos y tratar de alcanzarle la ropa a través de las rejas.

—No sentí miedo, pero sentís mucha tristeza por lo que ves —recuerda.

Después ocurrió algo que no esperaba. Varias mujeres se acercaron, le prepararon la cama y la ayudaron a instalarse.

—No sé cómo explicarlo, pero me recibieron con cariño. Vos decís: “No puedo creer que la misma gente que afuera es capaz de matar para robar, acá sea tan compañera”. La persona que le quita la vida a otra para robarle es la misma que acá adentro se saca la ropa y te la da.

En un lugar donde casi todo depende de otros —salir al patio, recibir atención médica o conseguir que alguien responda a un problema—, los gestos pequeños adquieren otra dimensión.

Ángela: aprender a vivir adentro

Ángela cocina con los alimentos que su familia le envía, lava la ropa en un balde y la cuelga de una cuerda colgada de la ducha. Limpia su celda y el pasillo que comparte con las demás mujeres todos los días. También procura estudiar y hacer ejercicio: antes de quedar detenida competía en jiu-jitsu. Pero su vida cotidiana está organizada en torno a problemas que antes no existían.

Cuando llueve, coloca la ropa sobre la cama para evitar que se empape, porque no hay vidrios en las ventanas. Todos los días procura tapar el “sapo” de la puerta —el agujero por donde pueden pasarle alimentos y otros objetos— para impedir que entren ratas.

También cuida con especial atención el anafe con el que cocina. Teme que, si se rompe, pueda pasar semanas sin preparar comida y tenga que alimentarse principalmente de pan. Es casi lo único que elaboran en la cárcel y que acepta comer.

—No es nada personal contra las cocineras, pero no confío porque está minado de ratas y cucarachas —explica.

Ángela se define como obsesiva con la limpieza. En la Unidad 5 convivía con el olor a orín de rata, las inundaciones y las palomas enfermas. Al principio, dice, esas condiciones le provocaban bronca y llanto. Con el tiempo comenzó a aceptarlas como parte del paisaje.

—El ser humano es adaptable a todo. Lamentablemente, te terminás adaptando y es horrible.

Cárcel

Lo que escucha tampoco se parece a su vida anterior. Son frecuentes los gritos de las mujeres que piden asistencia y los golpes en las puertas. A veces, las presas consiguen derribarlas y se producen incidentes en los sectores.

Durante las primeras noches, los ruidos no la dejaban dormir. Sin embargo, fue un traslado ocurrido a fines de octubre de 2024 el que, según relata, cambió de manera definitiva su relación con el miedo y con los psicofármacos.

La mantuvieron durante 17 días en un sector conocido como Los Quintos.

—Me mandaron a Los Quintos, que es el inframundo, donde van las presas de castigo. Un lugar que, según la Constitución, está claro que no debería existir. Se tortura psicológicamente a las presas —cuenta.

Según le dijeron, debía dejar su celda porque iba a ser ocupada por otra mujer, alguien “importante” y “muy reconocida” dentro de la cárcel.

Ángela describe Los Quintos como un lugar destruido. En una de las celdas en la que le tocó estar, había cables con corriente al alcance de las presas y el lugar permanecía inundado con agua sucia del baño. Las camas, la mesa y los bancos eran de material. Nada podía dejarse en el suelo y la pequeña heladera debía mantenerse sobre tablas de madera.

—Fueron 17 días en un infierno.

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Asegura que las mujeres del sector podían salir al patio, si acaso, una vez cada 15 días. También presenció escenas que todavía recuerda.

—Un día una muchacha se intentó quitar la vida y la sacaron arrastrada, amarrocada como un animal, cinchándola por el piso. Entre ellas también se hacen daño. Se prenden fuego por robarse un celular. Vi cómo una muchacha salía con su cuerpo prácticamente en llamas.

Ángela nunca había fumado ni consumido drogas. Dice que fue durante ese período cuando comenzó a tomar medicación psiquiátrica.

—Hoy soy adicta a los fármacos psiquiátricos. Si de día no tomo dos diazepam, vivo con pánico constante, y si de noche no tomo otro diferente para dormir, no duermo.

Un diario de estados de ánimo

Los audios cambian de tono. En algunos, Ángela habla con orgullo de sus estudios y de los derechos que consiguió reclamar. Cuenta, por ejemplo, que escribió de puño y letra a la jueza de su caso para que le garantizaran la posibilidad de estudiar y asegura que fue la primera mujer en arresto administrativo que lo consiguió. Están en arresto administrativo aquellas personas que son encarceladas preventivamente mientras se dirime si deben ser extraditadas o no.

En otros mensajes aparece enojada, especialmente cuando habla de su expediente judicial o de situaciones que considera injustas en la cárcel. También hay días en que su voz suena cansada, casi vencida, y prefiere quedarse encerrada en la celda.

La alegría se escucha pocas veces. En más de un centenar de audios, solo en una ocasión dice que está feliz. Fue el día en que comenzó las clases del liceo:

—Me encanta estudiar, porque por lo menos estoy haciendo algo.

La vieja Cárcel de Mujeres
La vieja Cárcel de Mujeres en Colón.
Foto: Leonardo Mainé.

En la cárcel intenta mantenerse ocupada para evitar el desánimo y los “pensamientos estúpidos” que, dice, aparecen de vez en cuando. Hace deporte cuando puede —hay clases de hockey y de otras disciplinas—, estudia, lee y redacta propuestas para mejorar el sistema penitenciario.

También cuida lo que llama el “Espacio Verde”, una iniciativa que define como “más que una huerta” y que sueña con llevar fuera de las rejas.

Sin embargo, esos momentos conviven con otros más difíciles. Desde la cárcel atravesó la pérdida de seres queridos, la operación de uno de sus hijos y el cumpleaños número 18 del menor.

—Nació prematuro y no le daban una semana de vida. Sin embargo, cumplió 18 años. Es un milagro de la vida y no pude estar. Eso te marca —dice.

Después de la única visita de sus hijos, les pidió que no volvieran.

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—Pasé llorando una semana —explica. Lo que más extraña es a su familia, pero el encierro también la alejó de otras cosas que la definían: usar tacos, mantener una exigente rutina deportiva, estar siempre arreglada o tomar agua en vasos de vidrio.

—Yo no me reconozco hoy en día. Me miro al espejo y no me reconozco.

A la vez, sostiene que la experiencia le permitió desarrollar una mayor capacidad de introspección:

—Aprendí a observar, a pensar más profundamente, a escribir desde un lugar más auténtico. Esta experiencia es injusta, pero me obligó a reconstruirme desde un lugar más consciente y más fuerte, con un compromiso claro de no dejar esto solo en lo personal. Quiero que sirva para generar algún cambio.

COSMETÓLOGA

Cuatro hijos y "una mamá tóxica"

La vida de Ángela, dice, estuvo marcada por la necesidad de empezar de nuevo. Se fue de su casa antes de cumplir 15 años. Poco después, formó pareja con un hombre que le doblaba la edad y con quien tuvo sus dos primeros hijos.

—En la apariencia, el hombre ideal. Dentro de casa, golpeador —resume desde la cárcel.

Su primer hijo le dio un “propósito” y, gracias a él y a su hermano, consiguió salir de ese círculo de violencia. Más adelante volvió a formar pareja y tuvo otros dos varones. Dice que sobreprotege a los cuatro, aunque ya sean grandes.

—Me dicen que soy una mamá tóxica —cuenta entre risas. Se enorgullece, sin embargo, de haber sido “totalmente lo opuesto” a lo que fue su madre con ella.

Durante toda su vida trabajó para mantener a sus hijos y destaca que, gracias a ello, nunca pasaron hambre. Tuvo diferentes empleos, pero en los últimos años había logrado construir una vida que le gustaba: era cosmetóloga y masoterapeuta facial y tenía su propio estudio de masajes en Chuy.

—Siempre trabajé honestamente, con una vida redifícil y metiendo para adelante. No usé el victimismo para nada. Soy afrodescendiente y nunca pensé: “Pobrecita de mí”. Todo lo que he querido, me lo he propuesto y lo he logrado.

La causa de Ángela Rodríguez

Cuando le preguntan por qué terminó en la cárcel, Ángela suele responder: “Por tóxica”. Su explicación más extensa comienza con una discusión de pareja. Algunos días antes del viaje que dio origen a la causa, encontró a su compañero hablando por teléfono con una mujer y sospechó que la estaba engañando. Su pareja iba a realizar un “viaje de trabajo” a Argentina y, para demostrarle que no mantenía una relación con esa mujer, le propuso que lo acompañara.

—No me dijo: “Voy a cargar droga en un auto”. Nunca imaginé eso —asegura. Ángela cuenta que durante el viaje ella increpó a esta otra mujer con quien sospechaba que su pareja mantenía una relación. Cuando comprobó que no era así, regresó sola a Uruguay, según dice.

Días después, su pareja fue detenida en Argentina junto con otras personas. En el tanque de combustible de un vehículo se hallaron 17,8 kilos de cocaína. Él permaneció preso en Argentina y recuperó la libertad en febrero de 2026. Ángela, en cambio, continúa detenida en Uruguay mientras se tramita su extradición. Su pareja la visita una vez por semana.

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La solicitud enviada por Argentina —cuyo contenido figura en las sentencias del caso— sostiene que Ángela, su pareja y otras personas integraban un grupo que viajó con la intención de traficar cocaína. Según el pedido, todos se alojaron en el mismo hotel, que fue pagado por ella con tarjeta. También afirma que, al incautarse los teléfonos de dos participantes, aparecieron mensajes y videos que, dicen, demostrarían que otras tres personas intervinieron en la operación, entre ellas Ángela.

Sus abogadas cuestionaron que Argentina no hubiera informado sobre el contenido de esos “supuestos” mensajes y videos y señalaron que el abogado de Ángela en ese país no podía acceder al expediente y, por ende, no tenía esa información. La defensa sostiene que no existe prueba alguna de que ella supiera cuál era el propósito del viaje. En marzo de 2026, la Suprema Corte de Justicia resolvió que correspondía conceder la extradición. El traslado todavía no se concretó porque Ángela presentó otro recurso judicial.

La Corte recordó en su sentencia que en este tipo de procedimientos solo corresponde analizar la regularidad formal de la solicitud. Determinar si Ángela es culpable o inocente, sostuvo, deberá formar parte del proceso que se desarrolle en Argentina. También entendió que la información enviada por el país requirente contenía una descripción suficiente de los hechos y de la presunta participación de Ángela para resolver la extradición.

En sus audios, ella vuelve una y otra vez al expediente. Defiende su inocencia y se muestra decepcionada con las instituciones uruguayas, que mantuvieron su detención y rechazaron que cumpliera el proceso bajo arresto domiciliario.

—Siento vergüenza de ser uruguaya porque quienes deberían proteger mis derechos y mis garantías me dieron la espalda. No puede ser que valga más la narrativa de un país extranjero, un montón de mentiras, que las pruebas fácticas de mi inocencia, y que mi vida no valga nada.

Ángela asegura que tiene pruebas de que desconocía que el viaje estuviera relacionado con el tráfico de drogas. Su culpabilidad o inocencia aún no fue juzgada.

Los estudios

Ángela comparte en su estado de WhatsApp que obtuvo una calificación de 12 en una de las materias que cursa. Cuando salga de la cárcel, quiere terminar el liceo y estudiar Derecho.

—No importa que termine a los 60 años. Lo voy a hacer —afirma.

También sueña con trasladar su estudio desde Chuy a Maldonado, adonde sus hijos planean ir a estudiar, y realizar cursos de oratoria. Más adelante quiere participar en política.

No pretende olvidar lo que vivió. Dice que quiere regresar a la cárcel como voluntaria para dar clases de cosmetología y promover proyectos de formación para emprender. En lo personal, planea comenzar terapia.

—Quizás lo de la política es un sueño loco, pero la idea es no parar hasta llegar al Senado. Cosas que nunca me imaginé hoy son el propósito de mi vida. Siempre luché por lo que quise y ahora no va a ser diferente. Salgo con más ganas, porque ahora conozco los dos lados.

DATOS

Las mujeres presas crecieron 150% en una década

El 30 de julio pasado las 796 mujeres recluidas en la Unidad 5 fueron trasladadas de la vieja cárcel de Colón a un nuevo establecimiento en Punta de Rieles.

Ese día dejó de funcionar una de las cárceles que “no son de Uruguay”, según dijo el excomisionado parlamentario Juan Miguel Petit. Junto con la de Canelones, el Penal de Libertad y algunos módulos del Comcar, relató, se “caía a pedazos”.

La Justicia había determinado que la Unidad 5 no estaba en condiciones y, a comienzos de 2026, sancionó al Estado por desatender una sentencia de habeas corpus. Los funcionarios que presentaron el reclamo afirmaron que en diciembre de 2025 había 74 policías y 27 operadores civiles para más de 800 internas.

En 2024, solo el 40% de las presas pudieron trabajar y 35% estudiar.

Obra de la Cárcel de Mujeres ubicada en Punta de Rieles.
Obra de la Cárcel de Mujeres ubicada en Punta de Rieles.
Foto: INR.

Al 30 de junio de 2026, Uruguay tenía 16.868 personas privadas de libertad: 15.433 varones y 1.435 mujeres. En una década, la población masculina aumentó 59% y la femenina, 150%: pasó de un promedio de 573 mujeres en 2016 a 1.435.

La nueva Unidad 5, construida específicamente como cárcel para mujeres, tiene una capacidad inicial de 846 personas, ampliable a 1.015. De esas plazas, 30 están reservadas para mujeres trans y aún no están en uso. La mudanza redujo el hacinamiento: antes había, en términos globales, tres mujeres por cada dos plazas. Ahora la ocupación del sistema femenino ronda el 108%, aunque persisten situaciones críticas en el interior.

Dentro del universo femenino está una de las poblaciones más vulnerables: las madres con hijos chicos que cumplen penas de prisión.

Hoy hay 53 mujeres con niños distribuidas en todo el país y 12 embarazadas, tal como publicó El País días atrás. Solo en la unidad 9 de Colón hay 37 mujeres con niños, según indicó la directora de Género y Diversidad del Instituto Nacional de Rehabilitación (INR), Paula Lacaño.

Con este panorama, se planea construir una nueva cárcel para madres con hijos, con una capacidad de 60 plazas y en un terreno que aún no está definido. “Estamos buscando un barrio que tenga un enclave importante de articulación con servicios, porque los niños y niñas salen durante todo el día a hacer sus actividades fuera de la unidad”, dijo a El País la directora Ana Juanche.

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