Jóvenes, sanos y obsesionados con el futuro: el nuevo boom de la medicina de la longevidad llega a Uruguay

Buscan prevenir enfermedades con análisis novedosos, suplementos y otros enfoques como la medicina funcional. Pero la longevidad también es un jugoso negocio con sus riesgos.

Silvina Tocchetti, experta en medicina funcional.
Silvina Tocchetti, experta en medicina funcional.
Foto: Estefanía Leal.

Hay un nuevo impulso gestándose entre pacientes jóvenes, sanos, con la mira puesta en la longevidad. Apuestan a la medicina. Llegan con nuevas preguntas a las consultas con sus médicos de siempre, o visitan a los 35 años a especialistas que antes no habían considerado, como a un geriatra, o a un nutricionista aunque no tengan sobrepeso. Prueban otras metodologías, como la medicina funcional, o integrativa, o regenerativa, enfoques en boga en el exterior y que ahora, en medio del creciente interés por prolongar la vida con buena salud, empiezan a difundirse acá. Pagan miles de pesos al mes en suplementos para mejorar el descanso, el sistema inmunológico, fortalecer los músculos. Se hacen análisis clínicos por fuera de los de la rutina. Algunos, incluso, monitorean su organismo con relojes inteligentes, anillos inteligentes, ropa inteligente.

Era de esperar —dicen varios expertos— que las personas quieran vivir mejor esos 15 a 20 años extra que la ciencia y la medicina le sumaron al promedio general del tiempo de vida. Un bonus que viene, además, con enormes desafíos —problemas de todo tipo, desde la afectación del sistema de salud al jubilatorio— de la mano del envejecimiento de la población. Por eso, porque este tema tiene un lado de interés individual pero también es un asunto que afecta al conjunto de una sociedad cada vez más vieja, es que los entrevistados están convencidos de que llegó el momento de afrontar un inminente cambio de paradigma.

Esto es: activar una medicina preventiva por encima de una reactiva. Centrarse en la persona, más que en el problema. Divulgar masivamente los muchos conocimientos que la investigación internacional y también local han generado sobre cómo es posible retrasar con salud al envejecimiento. Y usar esta información para diseñar políticas públicas.

Ese es el escenario general, pero vayamos por partes. Porque resulta que la longevidad también es un jugoso negocio de moda y algunos aspectos, dicen los implicados, “están muy turbios”.

Empezá ayer

No son dos mundos distintos, de hecho se complementan cada vez más e incluso los especialistas manejan las mismas “herramientas” para llegar mejor a la vejez, pero vamos a plantear por un lado la mirada de la medicina tradicional y por el otro la de la medicina funcional y los tratamientos que propone para sus pacientes.

Que los geriatras notan hoy un interés creciente de pacientes cada vez más jóvenes, que no tienen síntomas de una enfermedad crónica y sin embargo quieren saber qué herramientas tienen para anticiparlas, prevenirlas y retrasar su llegada, es un hecho.

Crece el entusiasmo por la medicina enfocada en longevidad.
Crece el entusiasmo por la medicina enfocada en longevidad.
Foto: CANVA

El médico Alberto Sosa Álvarez, que integró como geriatra el GACH conformado para lidiar con la pandemia, cree que hay un grupo de pacientes informados que saben que hay congresos sobre el estudio preventivo del envejecimiento, que la industria farmacéutica está trabajando fuertemente en esta área; son pacientes que consultan a la Inteligencia Artificial (IA), que siguen a divulgadores con formación y puede que a influencers que se están apropiando de la temática; estos especialmente argentinos, que dan consejos, recomiendan dietas, suplementos, tratamientos y cruzan el río para dar sus charlas.

“Que la gente joven se preocupe por el futuro de su salud me parece fantástico, porque hay muchas medidas preventivas nuevas y estudios nuevos para prevenir enfermedades cardiovasculares, enfermedades psíquicas también”, dice el experto. Pero advierte sobre el peligro de caer en la tentación de la industria “ofreciendo todo lo que tiene”.

Análisis clínico.
Análisis clínico.

Está la moda de los análisis para estudiar distintos marcadores, “sumamente importantes para anticiparse a una enfermedad crónica”. “También está la moda de hacerse estudios genéticos a ver qué cromosomas tienen que los predisponga a un tipo determinado de cáncer. Y está muy bien que piensen así, pero no en forma aislada, que lo hagan siempre bajo la supervisión técnica de un médico que tenga sentido común, porque si no tiene sentido común van a terminar estropeándose la vida”, plantea.

El asunto es usar bien la información que se adquiere, resume.

Gianella Massera, presidenta de la Sociedad Uruguaya de Gerontología y Geriatría del Uruguay, lleva años notando este cambio de perfil entre los pacientes. “¿Sabés sobre todo quiénes son? Personal de la salud. Enfermeros, médicos que trabajan con vos en la consulta y te empiezan a preguntar, “¿yo qué puedo hacer antes?””.

Hay un montón de datos sobre cómo se produce el envejecimiento “que está en papers, pero el problema es que la población en general no llega a esos estudios, a esos programas, a esas recomendaciones”, dice la geriatra.

Llama a ese conjunto de información “la fragilidad oculta”. “Ahí están los cambios moleculares que producen el envejecimiento, y después los cambios ambientales. Desde el cambio climático, que produce dificultades y aumenta el envejecimiento no saludable. Está el estudio de la microbiota intestinal. Se identificaron taxones, grupos de organismos bacterianos que estarían regulando la variación de la masa ósea. Si vos tenés esas bacterias en el intestino, podés llegar a tener menos probabilidad de tener un hueso sano cuando seas adulto mayor. Ahí está la importancia del ciclo circadiano, el buen descanso. Están las dietas, los requerimientos diarios que debe tener una persona en macronutrientes, en vitaminas, en proteínas sobre todo”.

Ahora se sabe que la ingesta diaria del capital proteico va a afectar no solo al músculo de la persona, sino también su futura independencia y su nivel cognitivo. “Hay una proteína que se genera que se llama catepsina B que produce neurogénesis. Antes decíamos que las neuronas no se multiplicaban, pues ahora no solo se sabe que sí hay determinada división celular en las neuronas, sino que aumenta la conexión entre ellas. Con el simple hecho de hacer ejercicio y liberar esas proteínas en sangre, las proteínas ayudan al músculo, ayudan al cerebro y ayudan a lo que es el corazón”.

Las enfermedades crónicas que tanto atacan a la vejez, entonces, “sí se pueden prevenir”. Y esa prevención “debería empezar en la niñez”. La sarcopenia, que es la enfermedad que provoca la debilidad y atrofia de músculo, tan común en los adultos mayores, es un caso claro. “Si vos intervenís con un plan de ejercicio y nutrición podés frenarla, incluso mejorarla, y en una persona de 90 años. ¿Qué pasaría entonces si actuás desde la niñez, durante la juventud y la adultez en esos programas?”, señala la geriatra.

¿Qué tipo de ancianos podríamos ser si usáramos toda esta información?

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Las personas llegan a la clínica Mind, que dirige Silvina Tocchetti, por temas crónicos “suaves”, como alergias, dolores de cabeza, niebla mental, distensión abdominal, o cansancio que a veces se confunde con depresión y también por casos más complejos, como desórdenes cardiovasculares y autoinmunes, pacientes que tuvieron cáncer. Pero cada vez son más los que llegan para anticiparse a un diagnóstico. “Ese es el cambio cultural que yo veo”, dice Tocchetti, experta en medicina funcional, un enfoque que pone al individuo en el centro para estudiar su bioquímica, fisiología y psicología en interacción con su genética y su medio ambiente.

Se trata de analizar qué necesita ese paciente en particular, estudiándolo con una mirada integral.

Si bien Tocchetti lleva 30 años desarrollando esta propuesta, sigue siendo “de nicho” en nuestro país. En los últimos años, la mayor divulgación de los beneficios y la proliferación de clínicas con este enfoque —en Estados Unidos, Europa y más cerca en Brasil, en Argentina y ahora tímidamente en Uruguay—, sumado al cruce que tiene con la llamada medicina de longevidad, aumentaron el interés.

“Y también porque ahora se convirtió en un negocio. Se está formando una industria en torno a la longevidad”, dice Tocchetti. Esto le preocupa. El exceso de información en manos de influencers, que se confunda medicina funcional con consejos de “bienestar” o “wellness”. “No podemos confundir esas palabras, que sí, tienen que ver con cambios de hábitos, pero no es una intervención hacia una longevidad inteligente, ni una medicina funcional aplicada para trabajar con enfermedades crónicas”, advierte.

El movimiento de la medicina funcional se consolidó en 1991 con la fundación en Londres del Instituto de Medicina Funcional. Acá todavía no está reglamentado por ninguna institución educativa y quien quiera formarse cursa posgrados en el exterior. Su raíz está en medicinas milenarias con enfoques holísticos e integrativos, “que no estaban dentro de lo que la ciencia considera veraz”, explica Tocchetti. Los efectos en la salud de los pacientes no eran cuantificables, reproducibles, verificables.

El cambio se dio con el Proyecto Genoma Humano (2003), especialmente con los descubrimientos que trajo. A partir de ese momento se entiende “que no está tanto en los genes la respuesta, y surge la verdadera relevancia que tiene todo lo que constituye el medio ambiente, todos los factores modificables del estilo de vida a los que la ciencia no les estaba prestando atención”, dice. Medio ambiente son las toxinas, “pero también lo que respirás, comés, pensás, sentís”.

La vinculación de la medicina funcional con la longevidad ocurrió un largo tiempo después, cuando una línea de descubrimientos arrojó entre otras cosas, que “todos estos efectos ambientales con los que interactuás en tu vida y la interacción que tienen con tu predisposición genética, con tu bioquímica, y que son la base de los desórdenes crónicos (ya no la genética), son los mismos factores que desenlazan el envejecimiento celular”.

Al principio, la medicina tradicional miraba con desconfiada este enfoque. “Pensaba que eran chácharas”. Ya no, dice Tocchetti. Se trabaja cada vez más en conjunto, asegura. “Yo atiendo médicos entre mis pacientes”, dice.

La primera consulta tiene una duración de una hora y media. Antes de ir al consultorio, el paciente completa un cuestionario de siete carillas; una es sobre sus hábitos. También presenta su historial de salud y los antecedentes de sus padres; indica las medicaciones que toma y si toma suplementación; entrega los análisis de laboratorio clínicos que tenga hechos.

Silvina Tocchetti, experta en medicina funcional.
Silvina Tocchetti, experta en medicina funcional.
Foto: Estefanía Leal.

“A esos análisis los vamos a reinterpretar”, dice Tocchetti. La interpretación funcional de esos valores es diferente a la que sigue la medicina convencional, que compara el resultado del paciente respecto a los valores promedio. “Nosotros interpretamos valores óptimos para el funcionamiento de la persona, sin que empiece a producir micro desgastes, micro envejecimientos y micro problemas que después se transforman en macro, y ahí recién es cuando los detecta la medicina convencional y donde tiene herramientas para intervenir como la cirugía y la medicación”.

Por lo general, se indican más estudios funcionales, “pero no solo es eso: es interpretar todo lo que a ti te pasa”, dice Tocchetti. Y se hace un research específico para cada caso.

Para eso se ahonda en los factores modificables del estilo de vida: “cómo duermo, cómo respiro, cómo me relaciono, cómo me relajo, qué me estresa. Porque hay que entender que en cada persona el rol que pueda jugar su aspecto psicológico, o el nutricional, o la falta de deporte es diferente, entonces vas a empezar por un lugar distinto con cada uno”.

¿Cuáles son los análisis funcionales más pedidos?

Valeria Cardozo, especialista en medicina funcional y regenerativa de la clínica Dermokare, detalla cuáles suelen ser los análisis funcionales que se suman a los habituales básicos de una rutina. Por ahora son de alto costo para la población general, “pero son inversiones porque lo que vas a gastar en el diagnóstico es mucho menos de lo que vas a gastar en un eventual tratamiento de una enfermedad crónica”. Uno de los esenciales es el de la microbiota intestinal, “importantísimo para cualquier tratamiento”. También se indican exámenes hormonales, según la edad y el sexo. Y están muy en boga los tests epigenéticos, “que te dan resultados muy amplios sobre los minerales, metales pesados, intoxicaciones. A veces solamente con el estudio de una hebra de cabello llegamos a tener un pantallazo muy general de cómo está ese físico por dentro a nivel de micronutrientes y macronutrientes”.

Entonces, se le entrega al paciente dos propuestas: una reducida y otra más abarcativa con el tratamiento. Y se le comunica que, según la experiencia, en unos tres o cuatro meses, si se compromete, verá reducido un 50% de la sintomatología. La meta es: “Llegar al mejor estado posible donde tú puedas disfrutar de todo lo que es tu vida. Después de que lleguemos al mejor estado posible, mantengámoslo por el mayor tiempo posible”.

Que lo malo sea lo inevitable y que lo inevitable venga más tarde.

Caos de suplementos

En la medicina enfocada en longevidad, la nutrición tiene un papel clave. A la consulta del nutricionista (y médico intensivista) Leonardo Sande vienen pacientes que directamente le plantean la preocupación de cómo alimentarse para envejecer mejor. “Vivir mejor es una demanda de la población y creo que la medicina debe contemplarla”, dice.

Llegan, eso sí, cada vez más mareados por los torrentes de información que circula sobre los beneficios de tal o cual alimento. “Todos los alimentos tienen sus propiedades, pero no tengo evidencia de ningún alimento que por sí solo cambie sustancialmente el estado de salud de una persona. Sería bastante ilógico pensar que algo tan complejo que depende de tantos factores —desde tu genética, ambiente, economía, lo que comés, cómo dormís, cómo te estresás, si tenés hábitos tóxicos— pueda ser modificado por una palta o una almendra.”

Leonardo Sande.
Leonardo Sande.

Llegan también con un exceso de consumo de suplementos, una herramienta que, bien utilizada, “es un mega aliado para los tratamientos”, explica Tocchetti. Así lo dice Sande: “Un suplemento puede tener muchos beneficios, por ejemplo el magnesio, que disminuye el estrés, la ansiedad, mejora el sueño, la contractura muscular, la condición neuromuscular. Todo eso es cierto. Pero que yo tome una supra dosis o una cápsula de magnesio no me asegura que yo tenga todos esos beneficios”.

Ahí está “la trampilla” de la nutrición de longevidad basada en suplementos, plantea: “La inmensa mayoría de los suplementos habilitados para la venta no tienen evidencia científica demostrable”. Se están tomando porque un influencer lo aconseja, o porque lo hace un amigo, o por moda. “La suplementación es la cúspide de la nutrición sí, pero tiene que ser pensada e indicada”, advierte.

El emprendedor Martín Larre (Woow, Kidbox, Sinergia) se basó en su propia experiencia en el desorden de la autoadministración de suplementos para crear Vitaleo, un proyecto de health tech que es también su manera de desembarcar en una industria en pleno auge de inversiones: la longevidad.

Martín Larre.
Martín Larre.
Foto: Ignacio Sánchez.

“Empecé a tomar suplementos básicos, dos o tres, para cosas específicas y vi dos cosas. Primero, la importancia de que la indicación esté basada en tu examen de sangre, que sea lo que tu cuerpo necesita y no lo que alguien como vos necesita o lo que un influencer recomienda. Después, cuando el médico te indica el suplemento, está el asunto de cuál comprar”. Dice Larre que lo que sucede ahí “es muy turbio”. “El mercado está lleno de productos con precios variables, que se ven muy bien, son recomendados por figuras, pero no tienen una validación clínica atrás”. A esto se le suma el crecimiento del mercado negro de venta online y que, según recogió El País, ofrece productos de contrabando que están adulterados.

Tomando el concepto de la personalización (de la medicina funcional) y la prevención (del cambio de paradigma mencionado), Vitaleo propone una plataforma de acceso por membresía en la que el usuario carga su examen de sangre, una IA analiza 20 biomarcadores e identifica qué suplementación es la adecuada para el usuario. Prioriza los suplementos indicados, proporciona las dosis y hasta ofrece la venta del suplemento.

En este momento, un grupo está probando la plataforma, mientras un medico valida cada análisis, entrenando así a la IA. Larre está cerrando el acuerdo con los distribuidores de suplementos y busca la última inversión para lanzar Vitaleo en 2027 en Uruguay y en Argentina.

Este modelo de negocios basado en health tech, con IA, es uno de los tantos que están creándose globalmente con el foco puesto en la longevidad. También los hay enfocados en clínicas y en real state. “El marcado es gigante y tiene un montón para crecer”, dice Larre.

Se ha convertido en una industria. Y es que, si el bolsillo lo permite, ¿quién no quiere vivir mejor por más tiempo?

“Pacientes llegan como en un último intento”

El médico argentino Neal Christopher, CEO de Viveon y asesor científico de Vitaleo, está especializado en medicina integrativa. Dice que esta mirada surge como una respuesta a la fragmentación que ha generado la medicina occidental moderna mediante la especialización frente al abordaje de las enfermedades. “Se propone una visión integral de la salud, una mirada global: dejar de ver el árbol para ver el bosque”. Esto se traduce en estudiar los factores que llevan a enfermarnos. “Es ver el entorno en el que se desarrolla la enfermedad. No es la enfermedad como un ente aislado”, explica. “Por eso hablo incluso de cura, porque hay pacientes que llegan a revertir enfermedades abordando los problemas de raíz. Pacientes con diabetes pueden llegar a una etapa de remisión de la enfermedad o problemas digestivos como intestino irritable pueden llegar a mejorar e incluso quedar asintomáticos gracias a un abordaje integral”, asegura.

¿Qué tipo de pacientes consultan? Según Christopher, en Latinoamérica, son aquellos “que probaron distintas herramientas de la medicina moderna y fracasaron. Los médicos descartaron causas orgánicas y llegan como una especie de último intento”. Si no hay una causa orgánica, “se estudia qué otras causas funcionales se pueden corregir”, explica el especialista. “Ahondamos en factores comunes de la salud, exploramos hábitos y emociones”, dice. También utiliza exámenes funcionales como herramientas para definir un tratamiento. “Análisis de biomarcadores, moleculares, estudios de genética y epigenética, de microbiota intestinal”. También hace un seguimiento con dispositivos tecnológicos. “Después que entendemos el origen de la enfermedad, el entorno en el cual se desarrolló, ponemos objetivos que puedan alcanzarse y medirse durante un período de tiempo”.

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