LA RENUNCIA

Ernesto Talvi: ascenso y caída de un líder político

Siempre hizo las cosas a su manera. Los más cercanos a él ya preveían este desenlace. Dicen que no entendió los tiempos de la política, que lo afectó su carácter y que no tuvo paciencia para negociar.

Ernesto Talvi. Foto: Francisco Flores
Ernesto Talvi. Foto: Francisco Flores

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"Batlle lo señaló con el dedo. Sanguinetti le dio su apoyo”: así presentamos a Ernesto Talvi el 25 de febrero de 2018 en esta sección. El título del artículo era: “El elegido para renovar a los colorados”. La historia uruguaya seguro no recuerde a un líder político que haya ascendido tan rápido, que goce de tan buena imagen, que lidere un partido tradicional, y que en menos de dos años y medio lo abandone todo, y que como única razón exprese que “no es lo de él”.

“No conozco este negocio”, decía Talvi desde el principio. E hizo lo que hubiera hecho cualquier académico. Se valió de una prestigiosa organización internacional, la Brookings Institution —con los que estaba conectado gracias a su pasaje por la Universidad de Chicago, y porque también esta tenía un acuerdo con Centro de Estudios de la Realidad Económica y Social (Ceres), que él dirigía— para que le enseñaran todo lo necesario para convertirse en un buen jugador en el tablero político. Lo otro ya lo había hecho Jorge Batlle, su mentor.

“Es una decisión seria que no puede tomarse a la ligera”, decía Talvi. También desde Ceres empezó a recorrer todo el país, a probarse con la gente cara a cara antes de dar el volantazo. Al mismo tiempo se reunió con profesionales que lo pudieran asesorar en todas las áreas. Difícil era encontrar dentro de su círculo más cercano a alguien que no tuviera al menos un postgrado dentro de su especialidad. Para lo político, para el barro, para ordenar listas, para lidiar con los pedidos, estaban los otros. Y los otros eran el senador y futuro ministro de Medio Ambiente, Adrián Peña, y el diputado Ope Pasquet.

Talvi tampoco tomó a la ligera su decisión de dejar la política. Al menos eso aseguran personas cercanas a él. Dicen que sospechaban una determinación así desde el momento mismo en que dijo adiós a la Cancillería, hace un mes. El viernes 24 llamó a Peña para reunirse el sábado, pero el legislador pudo ir a su casa recién el domingo. La charla fue clara: Talvi estaba seguro de irse. Se lo dijo en un tono tranquilo y sin dramas. Era una “decisión de vida”, y estaba acompañada de otras determinaciones que tenían que ver con asuntos más personales.

Peña le pidió aguardar hasta después de las departamentales. El exministro le dijo que podía esperar un poco, pero no tanto. El senador le contestó que, en ese caso, lo mejor era que se fuera lo antes posible para que su sector, Ciudadanos, pudiera recomponerse antes de los comicios. Y entonces, ese mismo día, se fue.

Talvi tenía la carta de renuncia pronta. Peña no hizo ningún cambio; el texto le pareció correcto. Solo hicieron dos llamadas, a Pasquet y a Robert Silva. El resto se enteró por WhatsApp: "Después de tomarme algunos días para reflexionar con serenidad con el apoyo de mi familia, he decidido dejar definitivamente la política activa, renunciar al Senado, no ocupar ningún cargo público y no presentarme en el futuro para ningún cargo electivo. Es una decisión de vida. Seguiré sirviendo al país y a Ciudadanos desde donde lo sé hacer bien y lo hago con gusto: liderando desde las ideas”, empezaba el escrito.

El excanciller no habló con el presidente Luis Lacalle Pou para comunicarle su decisión. Tampoco dialogó con él desde que dejó el ministerio. Los interlocutores del Partido Colorado con el Ejecutivo durante este mes fueron —y seguirán siendo— Peña por Ciudadanos y el expresidente Julio María Sanguinetti por la otra ala del partido.

¿Qué lo llevó a tomar esta decisión? Él mismo lo dijo en la carta que escribió. “No sirvo para esto”, expresó. La frase no era nueva en él. Cada vez que algo lo frustraba, la repetía ante sus más allegados. La decía una y otra vez mientras se agarraba la cabeza. Algunos escollos, que a un político menos notorio pero con más años de experiencia le provocarían poco más que una sonrisa preocupada, para él eran un universo.

“Talvi tenía algo que otros no tenían. Una llegada con la gente impresionante. Lo escuchaban, y él era didáctico. Sabía explicar. Pero no tenía ni idea de política, del manejo de los egos, de la necesidad de unir después de que termina una elección, y nunca entendió que la fidelidad no existe. Que un dirigente se enoja y se va. Que nadie tiene a la vaca atada. Y que no se puede hacer un mundo de cada problema. Tampoco entendió los tiempos, que en política son más largos, mucho más largos que en el mundo académico”, dice un dirigente de Ciudadanos.

Talvi y Sanguinetti. Foto: Fernando Ponzetto
Foto: Fernando Ponzetto

Los desencuentros.

Si algo marcó el camino de Talvi en la política fue el personalismo. Se fue solo, pero también jugó solo. Aún dentro de la coalición y del gobierno, Talvi no se abstuvo nunca de marcar su propio terreno, de dejar en claro su línea de pensamiento. Y desde el principio esto le trajo problemas. Él eligió cuándo largarse al ruedo en 2018, y lo hizo mucho más tarde de lo que sus correligionarios le aconsejaron. Esto le valió una discusión fuerte en su momento con el senador Tabaré Viera, que le pedía tomar una decisión con mayor celeridad en caso de que pretendiera recibir su apoyo.

En mayo de ese año se concretó la ruptura. Talvi le dijo a Viera que quería “sangre nueva”. Técnicos nuevos, rostros nuevos, gente joven. Quienes acompañaran al candidato debían, además, pasar por un filtro ético. Esto no fue bien visto por muchos colorados que habían estado en el partido toda la vida, y le valió que una comitiva de legisladores (Viera, Germán Cardoso, Conrado Rodríguez y Walter Verri), junto al exvicepresidente Luis Hierro López y el exintendente de Rivera, Marne Osorio, se presentaran en la casa de Punta Carretas de Sanguinetti para pedirle que volviera a la arena política.

Las rispideces internas empezaban a exteriorizarse, y finalmente pasó lo esperable: volvió Sanguinetti. Las versiones de por qué no se acopló a Talvi variaban según a cuál de los dos se le preguntase. En principio, el expresidente señaló que su precandidatura obedecía a “una resultancia del destino”. “Si Pedro (Bordaberry) hubiera seguido, todo habría sido distinto. Y si Talvi hubiera aceptado nuestro apoyo, también”, dijo a El País a principios del año pasado.

La visión de Talvi era otra. Insistía con la renovación, y no estaba dispuesto a aceptar los “sanguinettismos”. Para el excanciller, aceptar al expresidente era también incluir el “paquete” de antiguas prácticas. “Nosotros no queremos tener compromisos con la vieja organización política que lo acompañó toda la vida. Sanguinetti sí, el viejo aparato electoral sanguinettista no”, señalaba Talvi.

Y siempre siguió ese mismo recorrido. Luego de ganar la interna vetó a Bordaberry, que se había retirado pero quiso luego abrir una lista al Senado. Después, también solo, sin consultar a Ciudadanos, denegó la posibilidad de armar un gobierno de coalición con Guido Manini Ríos, advirtiendo que de él lo separaba “un océano”.

Sobre los acuerdos para una coalición, Talvi imaginaba algo distinto de lo que resultó: él prefería unirse a los dos partidos tradicionales y el Independiente, dejando por fuera a Cabildo Abierto y al Partido de la Gente. “La fragmentación es mala para la gobernabilidad”, aseguraba.

La noche del 30 de junio, después de una campaña ardua, en un terreno que no conocía pero donde se hizo conocer, Talvi gritó con euforia: “En los descuentos, con gol de cabeza y en el área chica”. En los días previos a su triunfo, él y Sanguinetti habían acordado que el que perdiera iba a ser el compañero de fórmula del que saliera primero. Pero este acuerdo se rompió, y aunque Sanguinetti dijo que hubiera aceptado, Talvi decidió que su número dos sería Silva, quien luego iba a ser el presidente de la Administración Nacional de Educación Pública.

Aunque sus más cercanos lo definen como un hombre temperamental, de determinaciones claras, que a veces explota ante quienes lo contradigan, también advierten que muchas veces tuerce el brazo cuando logran convencerlo. Pero su historia dentro de su sector político da cuenta de lo contrario.

En Ciudadanos, por ejemplo, varios le aconsejaron que no pusiera a Sanguinetti como secretario general del Partido Colorado, pero igual lo hizo. Pensó que era una forma de cortar con las rispideces dentro la fuerza luego de las internas. Tiempo después reconocería a sus más íntimos que darle ese cargo a Sanguinetti había sido el “peor error político” que había cometido.

Sin embargo, esa no fue la única vez que desoyó un consejo político de su fuerza. Luego de que Lacalle Pou ganara el balotaje y le ofreciera la Cancillería, en Ciudadanos le pidieron que no aceptara; le avisaron que desde el Senado iba a tener mayor poder para negociar las políticas de Estado con Presidencia. Pero él igual aceptó el cargo. Después le dijeron que no renunciara, pero renunció. Le pidieron que asumiera su lista al Senado de inmediato, pero él solicitó una licencia sin goce de sueldo. Hace una semana le pidieron que no se fuera, pero se fue.

Ciudadanos se tomará unos años antes de elegir sucesor

“Quién va a ser el líder, habrá que ver. Igual, ahora es momento de trabajar, de que todos los que formamos Ciudadanos y estamos en el gobierno hagamos lo mejor. Faltan muchos años para las elecciones, por suerte, entonces ahora es momento de laburar. Si el sector se mantiene unido y crece, y con el apoyo de Talvi desde afuera, seguro que se va a encontrar la solución”, advierte el senador Adrián Peña. En tanto, Andrés Ojeda, candidato a primer suplente de Laura Raffo a la intendencia, y también miembro de esta fuerza política, advierte que “el desafío de Ciudadanos es mantener el perfil donde se vea reflejado alguien que de repente en 2014 votó al Frente Amplio, alguien se entiende moderado”.

El último tramo.

Luego de las internas, la campaña hacia el balotaje tuvo sus turbulencias. Una contractura en la espalda lo dejó fuera del juego por varios días. En el camino hacia octubre hubo momentos ruidosos, en los que Talvi apuntó contra Lacalle Pou y Daniel Martínez por no concederle un lugar dentro del debate, lo que daba la señal de que él no pasaría al balotaje.

Lo cierto es que, salvo en un par de semanas durante la campaña en las que él subía y Lacalle Pou bajaba en las encuestas, siempre fue impensado que Talvi pasara a la segunda vuelta para disputarle el poder al Frente Amplio. “En un momento algunos pensaron que se podía ganar, pero la mayoría siempre tuvimos los pies sobre la tierra. Él mismo tenía los pies sobre la tierra”, dice alguien que participaba de la mesa chica de la campaña de Ciudadanos.

Eso no impidió que la decepción colmara el aire para los colorados aquel último domingo de octubre. El Partido Colorado obtuvo unos 5.000 votos menos que en las elecciones de 2014. Esa misma noche Talvi le dio su apoyo a Lacalle Pou. Luego vino la coalición pese a las diferencias, la foto que nunca se concretaba y el festejo aplazado. Cuatro meses antes del adiós, Talvi estrechaba la mano del presidente ante una multitud blanca.

Su pasaje por cancillería también fue turbulento. Primero, la pelea con Julio Luis Sanguinetti, hijo del expresidente, por negarse a otorgarle un cargo en la Comisión Administradora del Río Uruguay (Caru), dependencia del ministerio de Relaciones Exteriores. El flamante ministro no quería dar señales de nepotismo. La negociación fue ardua. Se busco la forma de que pudiera asumir sin que Talvi firmara, pero no hubo manera. El canciller dijo no, y el diálogo con Sanguinetti padre se rompió. Desde Batllistas no ocultaron el enojo. La negativa de Talvi fue un “inadmisible manoseo”, disparó Viera.

Pero Batllistas no fue el único sector que se enfrentó al líder de Ciudadanos. Talvi también cortó su relación con José Amorín Batlle, a raíz de un comentario del exsenador durante el homenaje a Jorge Batlle en octubre del año pasado. En su discurso, Amorín Batlle contó una anécdota: la 15 le había pedido al expresidente, en las elecciones de 1999, que fuera candidato al Senado con esa lista. Batlle respondió que no, que él era candidato del Partido Colorado, no de un sector. Dirigentes colorados comentan que Talvi sintió que esas palabras estaban dirigidas a él, en virtud de la campaña que él estaba haciendo por la 600, la lista de Ciudadanos. No obstante, dirigentes del Partido Colorado creen que la relación entre Talvi y Amorín Batlle ya se venía desgastando.

Luego, ya en el gobierno, las discrepancias fueron en aumento. Primero tuvo diferencias con Lacalle Pou por la decisión de este de apoyar al candidato de Estados Unidos a la presidencia del Banco Interamericano de Desarrollo (BID). Después se negó a decir —mientas ocupaba el cargo de canciller— que Venezuela era una dictadura. Habló de la “diplomacia de cóctel”, enojando a los diplomáticos, entre ellos a su sucesor, el exembajador Francisco Bustillo, que cuando lo sucedió en el cargo rechazó estas expresiones.

Lacalle y Talvi. Foto: Fernando Ponzetto
Foto: Fernando Ponzetto

A pesar de las fricciones internas, el desempeño de Talvi en la Cancillería lo llevó a tener un 63% de aprobación, según una encuesta de Cifra hecha en abril. Era incluso mayor a la de Lacalle Pou, que contaba con un 58% en ese momento. Solo lo alcanzaba -pero no superaba- el secretario de Presidencia, Álvaro Delgado, que había tenido un rol activo desde el comienzo de la pandemia en marzo.

Nadie duda que la gestión del excanciller para atender y repatriar a los pasajeros del Greg Mortimer lo llevó a ocupar un lugar más privilegiado entre la gente. Y no solo en Uruguay. Los corredores humanitarios le valieron el reconocimiento de Australia: “Es alentador ver gestos tan fuertes de cooperación y buena voluntad”, expresó Scott Morrison, primer ministro de ese país. El afecto de los propios pasajeros circularon en redes y, como siempre, los elogios foráneos inflaron el pecho de los uruguayos.

Sin embargo, él decidió irse. Se lo comunicó a Lacalle Pou y a Delgado en una reunión, y les dijo, de todos modos, que igual estaba dispuesto a quedarse unos meses más en el cargo. Pero el dato se filtró a la prensa y los tiempos se aceleraron. Fuentes coloradas advierten que esta filtración enojó mucho Talvi, que lo sintió como “una deslealtad”.

“Si el contenido de esa reunión entre Ernesto y el presidente hubiera quedado allí, Talvi seguiría siendo ministro hoy en día y se habría ido según lo pactado”, dice otro importante dirigente de Ciudadanos.

Futuro incierto.

Tras la renuncia, Talvi ya tenía más o menos claro que no iba a ir al Senado, por eso pidió licencia hasta agosto. Hubo dos razones para esto, sostienen sus allegados: primero, que Carmen Sanguinetti, su suplente, se sentía muy cómoda en el cargo; y segundo, que él no tenía ningún interés en ocupar un cargo legislativo, prefería volver al llano, militar desde el liderazgo de Ciudadanos y organizar recorridas por todo el país. Finalmente no fue ni una cosa ni la otra.

Con Talvi se va el líder más carismático de esta fuerza, el que mantenía alineados a todos sus seguidores sin grandes esfuerzos, gracias a su buena imagen. Por eso Peña le pidió el domingo pasado que se reuniera con los distintos dirigentes nacionales de Ciudadanos para explicarles cara a cara su decisión de irse. Esto era algo que Talvi ya tenía planeado. Las reuniones se empezaron a realizar la semana pasada y se espera que terminen a mediados de agosto.

Por lo bajo circulan rumores de que “problemas familiares” llevaron a Talvi a tomar la decisión. Los dirigentes de Ciudadanos niegan rotundamente esa versión. Dicen que es verdad que debió enfrentar algunos torbellinos personales, pero que estos existían incluso antes de que el exlíder iniciara su camino hacia las elecciones de 2019.

La puerta de la política se cerró para Talvi. Nadie de su entorno piensa que vaya a volver. La de Ceres, según supo El País, también. El futuro de uno de los mayores referentes políticos del país es incierto, y del grupo político que creó, también. Él mismo lo decidió.

LOS CONFLICTOS

Cinco rounds de Talvi

Con Sanguinetti. Talvi y el expresidente no se hablan desde hace meses. El primer desencuentro lo tuvieron enseguida de que el exlíder de Ciudadanos confirmara su candidatura —porque no aceptó el apoyo de algunos dirigentes sanguinettistas— y él último luego de que este, siendo canciller, se negara a darle a su hijo un cargo en la Caru.

Con Bordaberry. El excanciller le dijo “no” a Pedro Bordaberry cuando este quiso encabezar una lista al Senado después de las elecciones internas. Sanguinetti apoyó la decisión. “Si querías entrar en las semifinales, competí en los cuartos de final”, arremetió Talvi. Esto fue visto como un veto, pero él insiste en que solo fue una “opinión”.

Con Manini Ríos. Antes de las internas, Talvi dijo que a Manini Ríos y a él los separaba “un océano”, y que, de conformarse una coalición, Cabildo Abierto y el Partido de la Gente deberían quedar afuera. También le pidió explicaciones por una confesión de José Gavazzo al tribunal militar, sobre la muerte de un desaparecido. Manini lo calificó de “soberbio”.

Con Lacalle Pou. Uno de los desencuentros durante el gobierno fue por Venezuela. Talvi optó por no usar la palabra “dictadura”. Lacalle, que sí la usa, le pidió coherencia. El excanciller también opinó distinto al presidente en cuanto a quién se debería dar el apoyo para dirigir el BID. Desde que Talvi renunció al ministerio, no volvieron a hablar.

Con Ciudadanos. En varias ocasiones, Talvi tomó decisiones contrarias a las que le aconsejaba su sector: la desingnación de Sanguinetti como secretario general del Partido Colorado, la Cancillería, la renuncia a la cartera y el abandono. 

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