Desde Santiago de Chile
Ronnier y Gerardo trabajan juntos detrás del mismo mostrador. Los dos llegaron a Chile en 2017, huyendo de una Venezuela que veían cada vez más comprometida. Los dos buscaban lo mismo: estabilidad, oportunidades y orden. El concepto de orden los dividía: en Venezuela se había vuelto un justificativo del autoritarismo y la escasez; en Chile, en cambio, representaba estabilidad institucional y un país que les abría las puertas. Por primera vez sentían que el orden se parecía más a una promesa que a una amenaza.
Los primeros años en Chile fueron difíciles porque extrañaban a la familia, pero fáciles porque las oportunidades estaban. Y a la criminalidad la veían como algo excepcional. En definitiva, el cambio con respecto a la Venezuela de Nicolás Maduro que habían dejado atrás parecía provechoso, sobre todo porque se sentían acogidos por la sociedad chilena.
Eso era antes.
Ahora, a ocho días dela segunda vuelta electoral, Ronnier y Gerardo atienden la recepción de una torre de oficinas del barrio El Golf de Santiago —uno de los más lujosos del barrio financiero también conocido como Sanhattan— y coinciden en que Chile algo cambió. No es el mismo que conocieron ocho años atrás, dicen: “Se siente distinto”.
La palabra xenofobia es demasiado fuerte y ellos están de acuerdo en que seguramente no sea la indicada para explicar lo que buena parte de los chilenos expresa hacia los caribeños que viven aquí —en su mayoría venezolanos, aunque también hay colombianos y haitianos—, pero sí sienten algo de “desprecio” hacia los migrantes en el último tiempo.
El Censo de Población y Vivienda de 2017 había registrado 746.465 extranjeros residentes en Chile. Esta cifra se duplicó en el último censo, de 2024: esta vez eran 1.608.650, según datos del Instituto Nacional de Estadísticas y el Servicio Nacional de Migraciones. Otra forma de decirlo, es que la población migrante pasó a representar el 8,8% del total de la población chilena.
Ese desprecio que perciben los porteros venezolanos es usual que surja tanto en conversaciones con un chileno de extrema izquierda como con un chileno que añora los tiempos pinochetistas. Es decir: en los dos extremos político ideológicos de la sociedad se encuentra a chilenos que dan vuelta los ojos al hablar de la ola migratoria caribeña que llegó en los últimos años. “No nos quieren”, dice Gerardo, a modo de conclusión, sin descuidar su mostrador.
La molestia hacia buena parte de los migrantes en Chile es además transversal a cualquier partido político. Dista de lo que sucede en Uruguay, que según las últimas estimaciones del Instituto Nacional de Estadísticas acoge a 122.151 habitantes extranjeros. En Uruguay, la imagen dominante del migrante es la de personas trabajadoras, en varios casos preparados profesionalmente, que buscan mejorar su vida y ayudar a sus familiares que quedaron en el país de origen. El punto es que de este lado de la cordillera la percepción es otra.
Los analistas políticos chilenos contactados para este informe se refieren a una “percepción extendida” de que los fenómenos migratorios en Chile “son responsables del alza de la delincuencia” que el país andino ha sufrido en los últimos años. Una encuesta reciente de la empresa Ipsos, que realiza investigación de mercados, reveló que el 40% de la población chilena está preocupada por el control de la inmigración mientras que el 63% identificó al crimen y la violencia como los temas que más le inquietan. Esta medida está por encima de la registrada en países de altísima criminalidad como México (59%) o Colombia (45%), donde la tasa de homicidios supera cuatro veces a la de Chile.
90% cree que la migración incrementó la criminalidad
La encuesta Panel Ciudadano de la Universidad del Desarrollo reveló que en 2024 el 90% de los chilenos creía que la inmigración incrementa la criminalidad. La percepción tiene algo de fundamento, aunque no del todo. Según la última medición del Centro de Estudios Públicos, los extranjeros representaban el 8,8% de la población y el 5,3% de los condenados, una proporción menor a su peso demográfico. Además, un tercio de esas condenas correspondía a tráfico de drogas. Sin embargo, ese mismo año se dio un giro relevante: por primera vez, los migrantes quedaron sobrerrepresentados en condenas por homicidio. El resultado es una percepción pública marcada por temores reales, pero también por interpretaciones que no siempre se ajustan al conjunto de los datos.
Cabe preguntarse: ¿Se perdió en Chile el orden que tanto elogiaban los porteros venezolanos Ronnier y Gerardo? Por un lado, Chile se muestra “atemorizado” respecto a la criminalidad, pero este no es un sentimiento nuevo. “Chile históricamente ha tenido niveles de temor relativamente altos comparados con su nivel real de delitos, pero esto se ha exacerbado en los últimos años”, dijo a la BBC Daniel Johnson, director ejecutivo de la Fundación Paz Ciudadana, dedicada a evaluar políticas en justicia y seguridad en Chile.
Si bien es cierto que la delincuencia ha cambiado en el país, con más incidencia del crimen organizado, con más comisión de delitos que solían ser raros (como las extorsiones y secuestros), y que hubo un aumento relevante de los delitos violentos (en los últimos años se pasó de una tasa de homicidios de 3 cada 100.000 habitantes por año a 6 cada 100.000, que luego se redujo), Johnson dijo a la BBC que aún con estos incrementos “Chile está lejos de tener el mayor problema de crimen y violencia en Latinoamérica o el resto del mundo”.
El tema de la inseguridad —y sobre todo la inseguridad asociada a la migración— se convirtió en la gran protagonista de la campaña presidencial chilena que terminará el próximo domingo 14 de diciembre, cuando la candidata de izquierda Jeannette Jara se enfrente al candidato de derecha José Antonio Kast. El retador es quien tiene más chances, al punto de que algunos expertos consideran “un trámite” la segunda votación, porque en la primera vuelta cerca de un 70% votó por candidatos opositores al gobierno del izquierdista Gabriel Boric.
El contraestallido, hoy
Pasaron seis años desde las manifestaciones masivas en las calles de Santiago, que luego se replicaron a lo largo de todo el país. En este tiempo, es difícil encontrar a algún chileno que sepa explicar con rotunda convicción qué fue exactamente lo que sucedió en octubre de 2019.
Todos los consultados dicen cosas diferentes. Lo analizan bajo su propia mirada: que fue un intento de golpe de estado, que fue el fin de un clasismo perpetuado desde la dictadura, que fue legítimo y democrático, que era evidente y explotó por culpa del entonces presidente de derecha Sebastián Piñera, o —incluso— que “unos pocos delincuentes” fueron los responsables de aquello.
Más allá de las causas, el estallido social de octubre del 2019 es el hecho al que todos los analistas se refieren para explicar por qué Kast tiene muchas chances de ser el próximo presidente de Chile.
De “efervescencia transformadora” a “ánimo resignado”, así resume Cristóbal Bellolio, académico de la Escuela de Gobierno de la Universidad Adolfo Ibáñez (UAI), lo que sucedió durante los últimos cuatro años en Chile. “Estamos hablando de un líder estudiantil que pasó de estar en la calle manifestando al Palacio de la Moneda. Sin escalas. Llegó hasta presidente hablando de justicia social y feminismo”, resume Bellolio sobre Boric y agrega que durante su gobierno los chilenos pasaron de preocuparse por temas “del fin del mundo” a temas “de fin de mes”.
Boric es hijo del estallido social de 2019 y aunque haya buscado marcar distancia de los episodios más violentos de aquellas manifestaciones, para muchos chilenos él y el estallido están indisolublemente ligados. Esa lectura es la que hacen algunos analistas y aseguran que ha incidido en el deterioro de su imagen: su popularidad ha caído de manera constante y actualmente se ubica en un 28%.
En 2021, un Boric de 35 años le ganaba las elecciones a Kast, catalogado como ultraderechista y conservador, dos atributos que cuatro años después ya casi ningún medio local utiliza con tanta soltura. El próximo marzo Boric seguramente le pase la banda presidencial a la misma persona que derrotó, la explicación tiene que ver con el “contraestallido” que hoy se vive en Chile, plantea Pepe Auth, analista y exdiputado de izquierda. “En 2021 la gran mayoría de la gente quería refundar el país, empezar de cero, pero hoy lo que quiere la gente es restablecer el orden previo, todo lo contrario a la refundación progresista que planteaba Boric”, sostiene.
Para Gonzalo Müller, director del Centro de Políticas Públicas de la Universidad del Desarrollo, el gobierno “terminó desconectado” de los problemas “reales” que tiene el país “sobre todo en el eje de la delincuencia y el malestar sobre la situación económica”.
Esos temas más “materiales”, que se resumen en caminar por la calle tranquilo y llegar a fin de mes son “mucho más propios de la retórica de la derecha”, según Müller, quien opina que el gobierno actual es víctima de una “falta de credibilidad muy grande”.
Auth, por su parte, está seguro de que la “desilusión” que generó Boric tanto en la izquierda como en la derecha tiene que ver con que después de su asunción se creyó “que una nueva Constitución iba a resolver todos los problemas de Chile” y fue “otra ilusión”.
Después del estallido, el electorado chileno votó dos veces por reformas constitucionales: una más de izquierda y otra más de derecha. Las dos fracasaron. Hoy la Constitución es la misma que la previa al estallido.
María José Naudon, decana de la Escuela de Gobierno UAI, asegura que la “gran lápida” del gobierno de Boric ocurrió el 4 de septiembre de 2022, cuando se rechazó el primer proceso constitucional porque “el presidente llegó diciendo que Chile iba a ser la tumba del neoliberalismo”, pero la votación demostró que el electorado no estaba listo para eso.
Con un estallido social que envejeció mal, a pesar de que hoy el gobierno de izquierda pueda repetir exactamente lo mismo que dice el candidato de derecha, “la gente le va a dar más credibilidad a Kast, que fue quien siempre habló de estos temas y les dio prioridad”, apunta Bellolio; “hoy sí el electorado quiere escuchar hablar de esto. A pesar de que Kast redefinió su figura en muchos aspectos, en los temas que hoy le importan al chileno, goza de la credibilidad que le falta al gobierno”, opina.
Cerca, pero lejos
Los resultados de la primera vuelta evidenciaron el descontento con el gobierno: los tres candidatos identificados con la derecha —Evelyn Matthei, Johannes Kaiser y Kast— sumaron más del 50% de los votos, mientras que Jeannette Jara, la candidata de izquierda obtuvo el 26,8%. La cifra que logró la candidata oficialista es similar a la de la aprobación del presidente Boric. La gran sorpresa de la primera vuelta —que pasó bajo el radar de todas las encuestadoras— fue Franco Parisi, el candidato del Partido de la Gente. Con un discurso más de centro y antisistema, quien repitió durante su campaña que él no es “ni facho ni comunacho”, obtuvo el 19,7% de los votos y salió tercero detrás de Jara y Kast.
A golpe de vista, la segunda vuelta del próximo domingo parece similar a la de la elección anterior en la que venció Boric porque los candidatos provienen de polos opuestos. De un lado Jara, exministra de Trabajo y militante del Partido Comunista. Jara, con un carisma indiscutible, sorprendió al ganar la interna de izquierda desplazando a Carolina Tohá, quien fuera la favorita originalmente y representante de la centroizquierda progresista.
Para Roberto Munita, analista político y académico de la Universidad Andrés Bello de Chile, el “gran problema” de Jara es que representa la continuidad de Boric. Más allá de que existan matices entre ellos, la candidata comunista “carga dos grandes mochilas”: la de ser percibida como la continuidad del gobierno y la de pertenecer al Partido Comunista, “porque en Chile existe un gran sentimiento anticomunista”, señala el experto.
Las mochilas de Kast fueron cambiando. “Él sigue siendo el mismo católico y conservador de siempre”, dice Bellolio, padre de nueve hijos e hijo de un militar alemán, pero “esta vez entendió que hay un cierto proceso de secularización cultural en la sociedad chilena y sobre todo en los jóvenes que es inevitable”, sostiene el analista al respecto de algunos conceptos como “dictadura gay” o frases como: “Si Pinochet viviera votaría por mí”, que el candidato de la derecha dejó de usar esta vez.
Mientras en 2021 Boric decía que ningún ser humano es ilegal en un país y estaba a favor de abrir fronteras, Kast hablaba de zanjas y alambres de púas. El de derecha aseguraba que iba a eliminar el Ministerio de la Mujer y Boric mechaba en sus discursos conceptos como “todes”. La segunda vuelta Kast-Boric no solo representaba a dos extremos de la sociedad sino que además le hablaba a dos extremos de la sociedad.
La polarización en 2025 también existe, pero no se ve tanto en los discursos. Esta vez, la derecha decidió no tocar algunos temas y la izquierda decidió dar más prioridad a otros que en 2021 había dejado de lado.
Efecto kast en la economía: las primeras señales
El giro político que seguramente atraviese Chile abrió una cuota de optimismo que los mercados ya empezaron a anticipar. Aldo Lema lo explica así: “La economía chilena creció en torno a 2% durante la última década. Eso decepcionó expectativas y generó frustraciones”. La posibilidad de un gobierno de Kast instaló la idea de un cambio de rumbo más pro-crecimiento y, según Lema, ese ánimo se ve en la Bolsa de Santiago, que en 2025 subió cerca de 60% en dólares: “Esa alza sugiere una reaceleración de la inversión y la actividad económica, luego de varios años de salidas de capitales”.
El programa económico de Kast apuntaría a elevar el crecimiento potencial con medidas concretas para estimular las inversiones. A eso se suma un contexto externo favorable. “Las mejores perspectivas para 2026 también tienen que ver con los precios del cobre y el litio, que vienen destacando dentro de los commodities”, señala Lema.
“La vinculación de los candidatos con la ciudadanía ha sido profundamente emocional y, en términos generales, en la campaña no hubo un análisis de propuestas porque hablan de temas parecidos: economía e inseguridad”, sostiene Naudon.
Una diferencia clave respecto a la elección pasada tiene que ver con la implementación del voto obligatorio. Hasta 2021 votaba en primera vuelta apenas la mitad del país y era “un electorado más politizado e ideologizado”, según Auth. Ahora vota prácticamente el país entero, y esa ampliación del padrón “no solo modificó los equilibrios entre bloques, sino que también desdibujó parte de la polarización programática” habitual. El mapa electoral de esta elección es, en buena medida, hijo de ese cambio estructural.
Según el economista uruguayo Aldo Lema —quien vivió en Chile durante años y aún frecuenta el país— tanto en Uruguay como en Chile “la mayoría del electorado está en el centro político”, pero tienen una diferencia sustancial: “En Chile estarán en la segunda vuelta presidenciables que vienen de los extremos y se han movido hacia el centro para calcular el electorado”, pero en Uruguay los candidatos de la segunda vuelta, Yamandú Orsi y Álvaro Delgado, “provenían desde el centro y apuntaban al centro también”.
Entre Milei y Meloni
En el caso de que gane Kast, ¿a quién se parecerá en la región? La llamada del presidente argentino, el libertario Javier Milei, fue una de las primeras que recibió después del resultado de la primera vuelta, ¿será Kast comparable a Milei? ¿O a Jair Bolsonaro? ¿Tiene aspectos asemejables a Luis Lacalle Pou? Para la socióloga y e investigadora Stéphanie Alenda, un liderazgo que Kast buscará replicar es el de la conservadora Giorgia Meloni, Presidenta del Consejo de Ministros de Italia: “Tiene cierto nacional conservadurismo que valoriza la identidad nacional y los valores cristianos tradicionales como la familia. También que apoya políticas migratorias restrictivas, se opone a la ampliación de derechos relacionados con la eutanasia, la adopción de niños por parejas del mismo sexo, por ejemplo”.
El papel de Milei en la elección chilena lo encarnó Johannes Kaiser, el candidato del Partido Nacional Libertario que posiblemente se llevó buena parte de los votos que tenía Kast en la elección anterior, de parte de quienes consideraron que en 2025 el candidato que pasó a la segunda vuelta se había “moderado demasiado”, según explica Munita. Si bien Kast tiene “cierta rebeldía” similar a la de Milei, dice Müller, “no se expresa en las mismas cosas” y bromea sobre la “nula posibilidad” de que use una campera de cuero o ande despeinado o sosteniendo una motosierra.
Así como el tema migratorio y la inseguridad protagonizaron la campaña de la mano del discurso de Kast, quien se adueñó de estos temas —incluyendo una cárcel especial para extranjeros entre sus propuestas—, en Chile los extranjeros residentes tienen derecho a voto cinco años después de haber vivido en el país. Es un tiempo más corto que en Uruguay, que ofrece dos caminos, uno tramitando la residencia y obteniendo la credencial cívica, lo que conlleva ocho años, o sin hacerlo y esperando 15 años.
Ronnier y Gerardo, los porteros venezolanos, aseguran que el 90% de sus compatriotas que viven en Chile este domingo votarán por el candidato de derecha. “Es que es difícil venir de Venezuela y votar por alguien de izquierda”, dice Gerardo, mientras vigila las cámaras del coqueto edificio que custodia.
El voto de los venezolanos a Kast además de tener un factor “ideológico” de “rechazo a Maduro y a la izquierda en general” —según Auth— también tiene que ver con que “vinieron buscando cosas que se han ido perdiendo en el último tiempo”. “Aquí se vivía más seguro, había más empleo y las instituciones funcionaban mejor, esas tres cosas se han deteriorado y por eso votan con la ilusión de que se recupere”, dice.
Para muchos chilenos, los migrantes caribeños son hoy la cara visible de un deterioro más profundo: el de la seguridad, el empleo y la confianza en las instituciones. Y aunque esa percepción no coincide exactamente con los relevamientos oficiales, se volvió políticamente determinante. Si Kast llega al Palacio de la Moneda, será en buena medida porque logró hablarle a esa inquietud generalizada.
Paradójicamente, quienes llegaron escapando del desorden terminan votando por quienes los señalan por haber contribuido a la pérdida del orden en Chile. En esa tensión —entre lo que el país fue, lo que es y en lo que teme convertirse— se juega esta elección. Y también el futuro de quienes, como Ronnier y Gerardo, hicieron de este país su nuevo hogar.
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