CARRERA POR LA INMUNIDAD

Qué debe hacer Uruguay para frenar ahora al COVID-19: el consejo de un referente global

Es ingeniero, trabaja desde hace 10 años en Silicon Valley y se convirtió en una voz influyente. Tomás Pueyo conversó con El País sobre el estado actual de la pandemia.

Tomás Pueyo
La teoría del “martillo y la danza”, planteada por Tomás Pueyo para enfrentar al virus, ha sido tomada como referencia por gobiernos de varios países.

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La pandemia lo colocó en un lugar impensado: el de ser casi una enciclopedia abierta sobre el coronavirus. Tomás Pueyo vive pensando en datos, análisis y en cómo resolver problemas. Cuenta que, por esas “coincidencias de la vida”, le sirvieron algunas experiencias laborales relevantes del pasado, como crear aplicaciones que tenían crecimiento exponencial de usuarios en poco tiempo. Resulta que el nombre de este ingeniero que se crio entre Francia y España y hace una década trabaja en Silicon Valley —la cuna de la innovación tecnológica en California, Estados Unidos— se convirtió en referencia allá en marzo cuando explotó el COVID-19. Todo empezó con un artículo que publicó el 13 de marzo en la plataforma Medium (“Por qué debemos actuar ya”) y un segundo una semana después (“El martillo y la danza”), que plantea la aplicación de una cuarentena estricta y breve (el martillo) y luego medidas de distanciamiento y un seguimiento de la evolución según el riesgo (la danza).

Lo que vino después ni él lo esperaba. Aquellos dos primeros artículos tuvieron más de 60 millones de lecturas y traducciones a varios idiomas. “No sé cuántos (clics) exactamente porque hay varias traducciones que no controlo”, dice Pueyo y cuenta que entre los siguientes artículos -al principio uno cada dos semanas, ahora uno por mes- y posteos de Twitter lleva entre 80 y 90 millones de visitas. Lo contactaron gobiernos de varios países, aunque se negó a realizar asesoramientos profesionales (ver recuadro).

Del otro lado del teléfono, Pueyo responde con amabilidad y se nota que piensa cada respuesta. A veces hace un silencio o suspira. Casi tres meses después del primer contacto, acepta una entrevista con El País, aunque pone algunas limitaciones: por un tema de privacidad y seguridad no quiere revelar su edad ni dónde vive ahora. Sí cuenta que desde hace algunas pocas semanas trabaja para Estados Unidos en forma remota: “Estábamos en California, que ahora mismo es el fin del mundo, entre que el coronavirus no está nada controlado, las escuelas cerradas, lejos de la familia y encima hubo muchos incendios en el verano pasado y no se podía salir de la casa”.

de madrid a california

El día entero para estudiar la pandemia

Durante el primer medio año de pandemia, Tomás Pueyo le dedicó el día entero al tema, entre entrevistas, lectura, análisis de datos y un rato para escribir. Por eso, dice que debería “hacerle un monumento” a su mujer Patricia, con quien tiene cuatro hijos y eso que el último nació en plena pandemia. De madre francesa y padre español, Pueyo nació en Nantes (Francia) y estudió en el Liceo Francés en Madrid. Luego estudió ingeniería y en 2008 se fue a Estados Unidos, donde hizo un MBA en la universidad de Stanford en California.

Ya lleva una década en Silicon Valley. ¿Qué hace allí? “Lo principal es gestionar productos online”, responde. Trabajó en aplicaciones sociales, en videojuegos y en una empresa para invertir online. Ahora lleva dos años en una empresa de educación online, Course Hero, donde es vicepresidente de producto. En 2020 le permitieron dedicar buen parte de su tiempo al estudio de la pandemia.

—¿Cómo ve este momento peculiar de la pandemia, con el proceso de vacunación iniciado pero muchos países con situaciones muy difíciles y el virus en una nueva ola?

—Las próximas semanas pintan mal. Tenemos dos tendencias exponenciales que compiten ahora mismo. Por un lado las nuevas cepas, sobre todo la inglesa, que llegan a cada vez más países, crecen y se multiplican. Por el otro lado, las vacunas. Es una carrera por país. La gran pregunta es cuán rápido podrán desplegar la vacuna y cuánto podrán ralentizar las nuevas cepas para que la vacuna gane. Lamentablemente en muchos casos la cepa ganará y tendremos una nueva ola. En el Reino Unido e Irlanda, por ejemplo, perdieron la carrera. La cepa creció muy rápido, está en todas partes y por ende tendrán muchos muertos, posiblemente más que en la primera ola. Luego, el extremo opuesto es Israel, que está vacunando a una velocidad increíble y, aunque tiene una segunda ola, es probable que su vacuna vaya rápido como para que la mortalidad no suba demasiado.

—¿Hoy sigue aplicando el martillo y la danza o ya quedó viejo?

—Era una herramienta adecuada para el momento. Nadie tenía idea de lo que estaba pasando en ningún país. Aplicar el martillo permitía reducir los casos, reducir la presión en el sistema hospitalario y aprender más sobre el virus para poder tomar las medidas necesarias para mantener un número bajo de casos. Medidas baratas, no de cierre de la economía. Esa metodología sigue valiendo, ha sido útil desde entonces. El problema es que muchos países no aprendieron a danzar. O bien porque el martillo tuvo tanto éxito y pensaron que ya le habían ganado a la epidemia, o casos como Argentina donde el martillo nunca empezó a funcionar.

—¿Y qué países sí lo hicieron bien?

(Empieza a nombrar en forma lenta, como si fuera buscando en sus archivos mentales) Probablemente los mejores son Japón, Taiwán, Tailandia, Vietnam, Mongolia, Hong Kong, Australia, Nueva Zelanda, Islandia...

—¿Por qué?

—Tuvieron una comprensión fundamental de los sacrificios que había que hacer. Se dieron cuenta que, si dejas entrar casos, hagas lo que hagas al final vas a volver a tener brotes. Entonces, todos y cada uno de esos países tienen una barrera: la gente que entra debe seguir un proceso de análisis y de cuarentena. Desde algunos países directamente no puedes viajar y desde otros sí puedes, pero te hacen un test al llegar, te ponen en cuarentena y te hacen otro test al cabo de unos días. Y si los dos salen negativo, puedes pasar. Eso reduce enormemente la cantidad de casos que te llegan y te permite estar mucho más tranquilo. Lo segundo que es fundamental es el sistema de testeo, rastreo, contacto, aislamientos y cuarentenas. En muchos países occidentales, cuando se identifica un caso y se rastrean los contactos, no se aíslan, no se ponen en cuarentena. Eso es una locura. Si tú sabés que una persona está enferma o puede estarlo, es un deber social aislarlo para que no infecte a otro. Pero en los países occidentales se le pide a esa gente que se quede en casa, a veces ni eso, y luego no se asegura que efectivamente lo hagan.

—Pero los países que son una isla, como Nueva Zelanda o Islandia, claramente lo tienen más fácil...

—Seguro. Pero no todos son islas. Vietnam no lo es, Mongolia y Tailandia tampoco lo son.

—También habría que analizar las diferencias entre países más desarrollados y ricos y otros más pobres.

—Ese es un tema importante: la diferencia entre los países completamente desarrollados y los emergentes. Las soluciones son distintas porque el problema es distinto. Antes te decía que el martillo no funcionó en Argentina: o mejor dicho funcionó en casi todas partes pero en algunas zonas de Buenos Aires hubo brotes que no se pudieron controlar. ¿Qué pasaba ahí? Eran zonas pobres, lo cual significa que hay más gente que vive en cada casa y están forzados a salir más. Primero porque es posible que sus trabajos lo necesiten, pero también porque algunos no tienen ahorros y deben salir sí o sí. Si sales, te infectas. Y si vuelves, y hay mucha gente, infectas a los demás. Ese patrón ha pasado en muchas partes del mundo, desde reservas indias en Estados Unidos a Nairobi en Kenia o Singapur o India. Todas las zonas de alta densidad y más pobres han tenido más dificultad en parar la pandemia.

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Los pedidos de colaboración de diferentes gobiernos

"Cuando me han pedido que ayude, he ayudado todo lo que he podido físicamente. No dormía mucho. Pero no he querido cobrar por esto”, dice el ingeniero Tomás Pueyo, consultado por los contactos que tuvo de distintos gobiernos. Y dice que hubo países que usaron sus artículos como referencia: “Desde Alemania a Países Bajos, Finlandia, Japón, Singapur, Costa Rica, Perú, Argentina”. En otros casos tuvo conversaciones con políticos sobre el destino de la pandemia: Estados Unidos, Costa Rica, Francia, España, Argentina y Perú.

—¿Ha seguido el caso uruguayo? Es bastante peculiar: quizás la primera ola ocurre ahora y no en marzo.

—Sí. Entre junio y julio yo me preguntaba por qué Argentina no había sabido controlarlo y Uruguay sí. Al final creo que el principal factor fue la densidad poblacional de Buenos Aires. Uruguay hizo varias cosas bien: el país entero apostó por barbijos casi desde el comienzo, hay unidad nacional para hacer lo correcto por el país, mucha gente que pudo se quedó en casa... Esos son ejemplos de buena gestión. Luego está la parte de suerte y en eso influye la densidad poblacional.

—Aquí hubo un llamado fuerte del gobierno a quedarse en la casa, sin ser una cuarentena obligatoria. Pero, en los hechos, durante el primer mes y medio los efectos fueron similares a las cuarentenas obligatorias de otros países, debido a la decisión de mucha gente de no salir, seguramente por el temor a lo que veían por la televisión. Luego el gobierno fue habilitando sectores y hasta octubre-noviembre estaba la situación controlada. Con la llegada de la primavera y una natural relajación general, los casos empezaron a subir.

—A mí lo que me sorprende es que lo están sufriendo en verano, que es lo más raro. Pasaron el invierno, lo más duro, sin medidas demasiado agresivas y ahora les pasa esto. ¿Qué pudo haber pasado? Lo que tú dices es razonable: si te confías y no tienes otras medidas para controlarlo, al final tendrás un brote. Ese tiempo no se usó para desarrollar un buen sistema de testeo, rastreo, contacto, aislamientos y cuarentenas, así como una buena barrera con Brasil. Si esos dos factores se hubieran hecho bien, probablemente hubieran evitado esta ola. Pero, como funcionó bien la gestión en la primera parte el año, se pensó que no hacía falta. Y pasó lo que suele pasar: cuando nos confiamos, hay una ola.

—¿Cuán vital es, a su juicio, el sistema de testeo, rastreo y cuarentenas?

—El testeo, rastreo y contactos no es más que información. Eso dice quién está o puede estar infectado. Si luego no haces algo con esa información, no sirve para nada. La acción es el aislamiento y cuarentena. Hay que asegurarse que pase eso y ahí es realmente cuando se reduce la intensidad.

—El gobierno uruguayo aseguraba tener un buen sistema de rastreo.

—Lo que la mayoría de los países hizo razonablemente bien es el testeo, porque es fácil. El rastreo y contactos es mucho más difícil: ¿cómo lo mides? Hay que identificar en menos de 24 horas al 90% de los casos y luego identificar y contactar a al menos el 90% de sus contactos. De ellos, debes poner en cuarentena a al menos el 90%. Y lo que ninguno ha hecho bien, o muy pocos lo han hecho, es el aislamiento y cuarentena. En España y Francia, por ejemplo, durante los martillos pusieron más de un millón de multas y el gobierno lo publicitaba porque quería que la gente se mantuviera en casa. ¿Cuántas multas han publicitado sobre las rupturas de aislamientos y cuarentenas? Ninguna. Los pocos países que sí lo están haciendo, lo publican. Dicen: “Tal persona tendrá una multa de 10.000 dólares e irá a la cárcel por seis meses”. Imagino que Uruguay no habla de esas cifras.

Tapabocas en la calle.
Tapabocas a la venta en la calle

—Aquí el control de la cuarentena consiste en una llamada telefónica, a veces diaria, de un médico. Pero no es un control policial.

—Y la llamada del médico supongo es al móvil, por lo que la persona puede estar en cualquier sitio. ¿Qué hacen en Taiwán, por ejemplo? Tienen tu celular y rastrean la localización en la que estás. Si sales unos metros de tu casa, salta una alerta y te llaman a los dos minutos. Pero no solo eso: si tu móvil se queda parado durante demasiado tiempo, también te van a llamar porque es posible que lo hayas dejado en casa. Y debes responder enseguida: si no lo haces, a los 10 minutos tienes a la Policía en tu hogar. Si no estás allí, te meterán una sanción importante. Ese es un sistema que funciona realmente. Una llamada por teléfono no sirve.

—Algunos dirán que ese es un sistema autoritario que viola las libertades de las personas.

—Ese es un debate de valores, que no se ha tenido de la forma suficientemente correcta. Los países podían tener salud, economía y libertad a cambio de dejar algo de su privacidad. Y una privacidad limitada. Corea del Sur tiene una ley que indica que, si una persona cae infectada, esa información va al gobierno, que puede saber dónde ha estado las últimas dos semanas y qué otras personas han estado alrededor. Ese pequeño límite en la privacidad ha permitido que el país esté abierto todo el tiempo, muy pocos muertos, muy pocos casos y libertad de pasearse y hacer lo que quiera. Pero el sacrificio que hicimos todos en los países occidentales es que, por esa cuestión de la privacidad, hay millones de muertos, las economías completamente destruidas y nuestra libertad coartada. Y todo por una privacidad que es virtual porque todos estos datos de los que te hablo se pueden comprar en el mercado privado. O sea, por una información que ya es accesible hemos sacrificado salud, economía y libertad. No tiene lógica.

—Volvamos a Uruguay. Si tuviera enfrente al presidente Luis Lacalle Pou, ¿qué le diría? ¿Sería aconsejable ir a un confinamiento más estricto, a un martillo, por algunas semanas?

—Para parar la pandemia con la nueva variante —que seguro llegará a Uruguay—, el porcentaje de la población que debe ser inmune es de entre 70 y 80%. Si las dosis empiezan a llegar a fines de febrero como se dijo (la entrevista se realizó antes del anuncio de ayer), tardarán meses en alcanzar un porcentaje tan alto vacunado. Pero no hace faltar vacunar a todo el mundo para tener buena prevención: si vacunas a los mayores de 50 años reduces el riesgo en forma enorme. El problema de Uruguay es que al menos hasta fines del invierno es improbable que tenga a la suficiente gente vacunada. Entonces en realidad hay dos caminos: mantener todo lo que se pueda la libertad de movimiento y correr todo lo que se pueda con la vacuna, esperando que vaya lo suficientemente rápido. Si pudieran hacer eso, fenomenal. Si pueden conseguir seis millones de dosis en cuatro meses, sería muy bueno.

—Como Israel, que pretende vacunar a toda la población de acá a marzo...

—Pero para eso falta buena logística. Ese es un camino. El otro es: no se sabe cuándo estaremos vacunados y es posible que haya una ola antes de eso, hagamos lo correcto. El martillo y la danza. Pero hay que hacerlo bien. Hay que reducir la movilidad en las zonas donde hay muchos casos, ayudar a la población mientras tanto y montar bien esos otros sistemas de los que estamos hablando: mejores barreras, mejor testeo, rastreo, contactos y cuarentena. Y Uruguay tiene la suerte de tener una densidad urbana baja. Pero, si vas a aplicar un martillo, tienes que tener un plan para aprender a danzar. Lo que la mayoría de los países han hecho es aplicar un martillo, soltarlo, aplicarlo otra vez... Eso es lo peor: no tienes economía ni salud ni nada. Se muere la gente, la economía se va al garete y ni siquiera logras parar la epidemia.

La frontera abierta con Brasil
"Siempre tendrás nuevas semillas de epidemia"
Controles fronterizos en Rivera por la pandemia del coronavirus. Foto: Mateo Vázquez

Es obvio: uno de los problemas que ha tenido Uruguay para contener el avance del virus es la frontera con Brasil. El ingeniero francoespañol Tomás Pueyo lo confirma, dice que ese ingrediente complicó las cosas y agrega: “Si tienes una frontera permeable, siempre tendrás casos que te entran. Sobre todo si tu vecino es Brasil, que no tiene ningún cuidado con la pandemia. Eso significa que no vas a poder reabrir la economía perfectamente porque siempre tendrás nuevas semillas de epidemia entrando. Debes tener muchísimo más cuidado a lo largo de la pandemia y tu sistema de testeo, rastreo, contacto, aislamientos y cuarentenas debe ser mucho mejor”.

Después Pueyo pone el ejemplo de Alemania, un país que tuvo relativo éxito en su estrategia, al menos en comparación a sus vecinos. “Alemania es un buen ejemplo porque tenía una gestión razonablemente buena de la pandemia y se puede ver que entre setiembre y noviembre, mientras los casos subían en toda la Unión Europea, era un país distinto. Ahí crecieron mucho menos”, dice el experto.

Y luego explica que los alemanes no fueron todo lo agresivos que debían ser y ahí fallaron. “No cerraron las fronteras como debían haberlo hecho. En la Unión Europea un problema es que se siente que la apertura de fronteras es un valor fundamental y no se cierran: ese es un error gravísimo en pandemia. Si tú haces todo perfecto pero mantienes fronteras abiertas con países que no lo hacen perfecto, al final te vas a volver a infectar. Si estás más conectado a otros países es más complicado aislarte”, indica.

Y recuerda que entre marzo y mayo de 2020 muchos países de Europa cerraron sus fronteras en forma completa, incluso impidiendo los movimientos de un municipio a otro. “Entonces, es perfectamente factible (cerrar fronteras), lo que no ha habido es ganas políticas de hacerlo”, indica Pueyo.

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