La iniciativa no tiene precedentes en Latinoamérica. Organizada por la Semana de la Alta Costura Argentina (SAC) y el Museo Frida Kahlo de México, la muestra Viva Frida, que va hasta marzo de 2027, cuenta con la dirección de Elina Costantini, y engloba una curaduría de efectos personales de la artista, que se presenta en el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires, en Palermo, con el objetivo de ofrecer una comprensión a la vez íntima y amplia que abarque todas las dimensiones de la artista.
Comisariada por la doctora Circe Henestrosa, quien además de ser curadora y diseñadora, es reconocida por su investigación y exhibiciones en torno a la vida y al guardarropa de Frida Kahlo (México, 1907-1954); esta puesta demandó tres años de trabajo conjunto para su preparación, que contó con la colaboración de la historiadora del arte, Gannit Ankori.
Es que Viva Frida se articula a partir de un enfoque que sitúa la vestimenta y la auto-representación en el centro de la práctica artística y vital de la mexicana. Así, más de 365 piezas originales, entre prendas, accesorios, aparatos ortopédicos, fotografías, cartas y material de archivo, permiten comprender que la artista construyó su imagen como un lenguaje de expresión en el que convergieron identidad, política, género y discapacidad.
Más aún, la exhibición indaga en cómo las elecciones de indumentaria de Kahlo no fueron meramente estéticas, sino profundamente intencionadas. Su adopción de la vestimenta tehuana, arraigada en la cultura matriarcal de la etnia zapoteca en el Istmo de Tehuantepec, Oaxaca, funcionó como una declaración política y también como un medio de construcción identitaria. Al mismo tiempo, su indumentaria le permitió negociar y en ocasiones ocultar el impacto físico de sus condiciones médicas, transformando el vestido en armadura y lenguaje.
Cabe recordar que la vida de Magdalena Frida Carmen Kahlo y Calderón, nacida en Coyoacán, Ciudad de México, estuvo signada por la pérdida y el dolor. La tercera hija del fotógrafo Guillermo Kahlo y Matilde Calderón, creció en el contexto de la Revolución mexicana (1910–1920), y sus aspiraciones estaban puestas en el estudio de la Medicina. Sin embargo, un grave accidente cuando el ómnibus en el que viajaba fue embestido por un tranvía, marcaría profundamente su vida, dejándole secuelas físicas permanentes. Sometida a numerosas intervenciones, comenzó a pintar en 1925, durante su larga convalecencia. Lo curioso es que más allá de un breve paso por el taller de grabado e imprenta de un amigo de su padre, Fernando Fernández Domínguez, donde aprendió a dibujar copiando grabados del pintor sueco Anders Zorn; la joven no había demostrado interés especial por la pintura.
A los 22 años se casó con el muralista Diego Rivera, con quien sostuvo una tormentosa relación y viajó entre México y Estados Unidos. En 1938 presentó su primera exposición individual en la prestigiosa Galería Julien Levy de Nueva York. Ese bautismo de fuego, impulsado en parte por el poeta surrealista francés, André Breton, le valió un éxito rotundo de críticas y ventas. Al año siguiente, viajó a Francia para participar en la exposición colectiva Mexique en París. Allí captó la atención de genios como Pablo Picasso y Marcel Duchamp. Durante ese viaje, el gobierno francés adquirió su pintura El marco (c. 1938), convirtiéndola en la primera artista mexicana del siglo XX en ingresar a una colección nacional de la República Francesa.
Aunque en vida gozó del respeto del círculo intelectual y artístico, su figura siempre estuvo en parte eclipsada por la fama de Rivera, el marido. Su redescubrimiento y transformación en icono global, feminista y cultural, ocurrió décadas después de su muerte, a finales de los años 70’, gracias a la revisión de historiadores del arte y movimientos sociales.
Eso explica también que la exhibición en el MALBA sitúe a la artista azteca dentro de contextos culturales e históricos más amplios, que se logran en parte, gracias a elementos redescubiertos en 2004 en la Casa Azul, su residencia histórica y refugio; hoy devenida en museo dedicado a su universo.
Al ofrecer un retrato íntimo y lleno de matices, Viva Frida propone una relectura de la artista, no solo como pintora, sino como una creadora que entendió profundamente el poder de la auto-construcción. A través del cruce entre arte, vestimenta, e identidad, es posible ampliar nuestra comprensión de cómo la narrativa personal, el patrimonio cultural y la experiencia encarnada, se articulan en lo material y también en lo visual.