Al norte de Italia, en Emilia Romagna -una de las veinte regiones que conforman la República-, se encuentra la provincia de Ferrara, conocida por ser una joya del Renacimiento Italiano, con su centro histórico declarado Patrimonio de la Humanidad por UNESCO. Diseñada a finales del siglo XV bajo un plan urbanístico innovador, fue gobernada por la familia de los Este. Allí destacan el Castello Estense, medioeval; el Palazzo dei Diamanti, renacentista; y la Catedral románica, con su fachada en tres niveles y el campanario de mármol.
Lo interesante es que a mitad de camino, entre Ferrara y los valles de Comacchio, uno de los refugios de aves más importantes de Europa, llama la atención, Tresigallo, un pueblo utópico e ideal que los amantes de la arquitectura no pueden dejar de visitar. Es como entrar en la máquina del tiempo, y de repente sentir que uno fue abducido a un paisaje que hoy se mantiene cuidadosamente intacto, perfecto, fiel a conceptos que en su reestructura guiaron la mano del hombre, y que vale la pena atesorarlo tal cual, por su valor patrimonial como el mayor ejemplo del racionalismo italiano.
Los primeros registros que refieren a esta localidad se remontan al medioevo, cuando se la reconocía con el nombre de Trisicallium, (1189). Pasaron siglos, hasta que en tiempos más cercanos llegó a ser una pequeña aldea agrícola y rural, con apenas 900 habitantes. De entonces todo cambió, solo queda como recordatorio, el Palazzo Pio (siglo XVI).
Algo de historia
La gran transformación se dio entre 1927 y 1939, gracias a Edmondo Rossoni (1884-1965), hijo de una familia trabajadora del lugar. Tras una vida intensa, propia de una personalidad emprendedora y tenaz, Rossoni fue determinante en la reconversión de la villa. Ya en su juventud fue un líder revolucionario de tintes socialistas, que luego se convirtió en un diligente político fascista (1922-1945), capaz de escalar posiciones de gran influencia. Aunque en sus inicios llegó a ser apresado por sus actividades políticas, logró viajar a Estados Unidos, donde tomó contacto con gente de la IWW (Industrial Workers of the World). A comienzos de la Primera Guerra Mundial retornó a Italia y se unió al servicio militar. Dispuesto a unir socialismo con nacionalismo, adhirió al movimiento de Il Duce (1922). Ejerció entonces una actividad política intensa, y jugó destacado rol en el desarrollo del Estado fascista. Su programa de Corporativismo integral llevó a la transformación de Italia en un Estado fascista sindicalizado. Sobrevinieron años de luchas y traiciones. Rossoni pasó a ocuparse de otras áreas de la administración Mussolini, y fue entre 1935-1939, que en su calidad de Ministro de Agricultura y Forestación, ordenó el planeamiento y la total reconstrucción de Tresigallo, obra que representa la materialización arquitectónica de su utopía política; un modelo donde los propietarios de las tierras y los trabajadores cooperaran en el mismo espacio.
Su deseo, crear un centro agroindustrial moderno que ofreciera servicios avanzados para la época: escuela, acueducto, teatro, campos deportivos, baños públicos, fábricas, y demás. Podría haber convocado a las más destacadas figuras del arte y la arquitectura de la época para concretarlo; sin embargo decantó por reunir un equipo con las más jóvenes promesas. Para ello confió en la capacidad de Carlo Frighi (1903- 1975), ingeniero civil, especializado en planeamiento urbano, también nativo del lugar, a quien apoyó en sus estudios y esperó a que culminara la carrera.
Juventud activa & capaz
Si bien el rol y la participación de Frighi fue de gran influencia, -vale anotar que no solo estuvo presente en el trazado de la nueva promesa, sino también en varias construcciones- Rossoni siguió incorporando a otros jóvenes profesionales y artistas encargados de tareas concretas. Así, el ingeniero Baroni, con solo 30 años, fue contratado para experimentar por primera vez, un uso diferente del fibrocemento. También llamó al arquitecto paisajista Pietro Porcinai, de 26 años, para que proyectara el jardín de uno de los edificios, la Villa Barillare. Lo mismo hizo con Cechino Guerra, de 26, para que practicara algunos tallados innovadores en mármol. Y contactó al escultor Enzo Enci, con 34 años, para que fuera él quien diseñara la escultura del Angello, que todavía luce en el cementerio. Todos ellos contribuyeron a darle una nueva identidad al “Pueblo de Italia” soñado.
Manos a la obra
Mientras que el urbanismo convencional responde al crecimiento orgánico de las ciudades, Tresigallo obedece a un plano íntegramente dibujado sobre una mesa; un proyecto artístico conceptual, que también llaman “metafísica construida”. A lo largo de las obras, Frighi demostró su respeto por el tramado existente y su disposición a experimentar nuevas formas y estilos, dejando su marca en trabajos magistrales.
El trazado de la nueva ciudad se apoya en dos ejes: el horizontal, que conecta la espiritualidad (la Iglesia) con el ocio juvenil (la antigua Casa Balilla); y el vertical que une la vida cívica, con la productiva. Tal el primer paso que marcó el pasaje de villorrio a urbe moderna, disparándose su población a nueve mil habitantes, antes de que la Segunda Guerra Mundial frenara los planes.
En la actualidad, el número de habitantes ronda los cuatro mil. Al punto que desde 2019 dejó de ser el antiguo municipio, para formar parte del municipio unificado de Tresignana.
Lo que sí mantiene Tresigallo hoy, es su carácter de ciudad utópica e ideal. Sus calles amplias, la perspectiva de sus construcciones, la armonía del conjunto, el cuidado por mantener la esencia y la calma, lo convierten en visita obligada de quienes disfrutan del turismo lento, en su mayoría arquitectos, fotógrafos y amantes del urbanismo y las obras de tiempos pasados.
y fue construida por Giuseppe Terragni. Se trata de un medio cubo en planta cuadrada. En 1945 fue sede del Partido Nacional Fascista.
A lo largo de los siglos, sufrió modificaciones. Su aspecto actual obedece a una renovación de la estructura románica en favor de líneas modernas.
La ciudad metafísica
A principios del siglo XX, en Italia nació un movimiento artístico que buscaba representar lo que está más allá de la realidad física y de las apariencias cotidianas. El artista Giorgio de Chirico (1988-78) fue el creador e ícono absoluto de la Scuola Metafísica Italiana. Su influencia se percibe en sus pinturas de las plazas solitarias, desiertas y bañadas por una luz irreal que juega con las sombras. Estatuas clásicas y edificios de líneas marcadas, comparten escenas con volúmenes macizos y formas que aportan a un orden estático. De Chirico no pretende imitar a la naturaleza en sus telas, sino provocar desconcierto, asombro y reflexión profunda, sobre el aparente sinsentido de la existencia. Los pórticos con arcadas larguísimas son recurrentes, y funcionan como umbrales hacia lo desconocido. Algunos elementos de la arquitectura clásica pueden verse dialogando con símbolos de la modernidad industrial, como trenes, chimeneas, guantes de goma, o frutas. Todo aparenta que no hay actividad humana, sino aislamiento y quietud. Escenas que en muchos casos recuerdan a Tresigallo, con sus edificios en variados colores pastel, con torres y pórticos de mármol, líneas bien marcadas, cuerpos geométricos, y arcos que se repiten hasta el horizonte. De alguna manera, las pinturas de De Chirico sirvieron de nexo a la filosofía fascista, ya que el régimen solía utilizar como propaganda a la vanguardia artística. El nombre de Ciudad metafísica con que también se alude a Tresigallo, se inspira en el asombroso parecido con muchos de sus cuadros.
Puntos de encuentro
El racionalismo es una corriente filosófica que sostiene que la razón humana es la principal fuente, fundamento y criterio de verdad del conocimiento, por encima de la experiencia sensorial. La metafísica es la rama de la filosofía que estudia la naturaleza de la realidad, el ser, Dios, el alma, y el universo.
En la historia de la arquitectura el racionalismo y la metafísica representan dos posturas intelectuales y estéticas profundamente distintas, aunque son fascinantes los puntos de cruce, especialmente en el contexto de la Italia entreguerras (1920-30). Mientras el racionalismo se enfoca en la lógica constructiva y la función, la arquitectura metafísica busca evocar misterio, silencio, y atemporalidad del pensamiento. A diferencia de otros países, en la Italia de los años 30’ bajo el régimen fascista, el racionalismo y la metafísica se fusionaron en un estilo híbrido único, logrando combinar la pureza geométrica moderna con la monumentalidad poética y el misticismo clásico.
La Arquitectura metafísica no busca la eficiencia técnica sino conmover el espíritu a través de la melancolía, el vacío y el enigma. Los principios clave son el uso de la simetría rígida, las columnatas y arcadas repetitivas, la descontextualización de los elementos clásicos, y una fuerte presencia de la perspectiva y el claroscuro. Los espacios metafísicos a menudo se sienten desiertos, monumentales y suspendidos en el tiempo. La máxima es capturar lo que está más allá de lo físico, transformando el espacio urbano en un escenario onírico, o un sueño lúcido.
Tresigallo hoy se convirtió en un museo al aire libre, único en su estilo, donde destacan no solo las formas geométricas y sus simetrías esenciales, sino también la paz que allí se respira.