Nathaly Marcus (55) lleva más de tres décadas desarrollando una carrera que combina consulta clínica, formación y divulgación. Una de las características de su trabajo es la forma en que traduce conceptos de salud en imágenes sencillas. Para explicar su enfoque, suele recurrir a la metáfora de un árbol: las ramas corresponden al hígado, los riñones o el corazón, mientras que el tronco y la raíz reúnen todo aquello que en su opinión, sostiene el organismo. En este lugar ubica la alimentación, el movimiento, las emociones, los vínculos, la espiritualidad y la forma en que cada persona vive.
Licenciada en Nutrición y Ciencia de los Alimentos por la Universidad Iberoamericana, cuenta con formación y certificaciones posteriores en medicina funcional, neurología funcional, medicina antienvejecimiento, hormonas y medicina regenerativa. Es fundadora y directora general de Bienesta Medical Center y del Instituto de Salud Funcional Mente-Cuerpo (ISFMC), centro de formación con más de diez mil alumnos y treinta profesores internacionales.
Marcus se dedica también a la divulgación. En ese sentido, escribió tres libros: Secretos para mantenerte sano y delgado, El método de las 3 R y Sano, salvaje y sabio, publicado en 2026 en Uruguay, por Grijalbo. En esta última publicación, propone una combinación de ciencia, experiencia personal y prácticas asociadas a la llamada “incomodidad inteligente”, con énfasis en longevidad, equilibrio hormonal y reconexión con ritmos y comportamientos que considera ancestrales. El próximo 29 de octubre se presentará en Montevideo como parte de la gira de Mentes Expertas, para hablar precisamente de longevidad, epigenética y salud integrativa. En conversación con PAULA, recorre su trayectoria desde el principio, cuando el nacimiento de sus hijas prematuras la llevó a buscar respuestas fuera del camino que había imaginado.
–¿Cómo fue ese pasaje de la nutrición tradicional a la medicina funcional?
–Tuve gemelas prematuras, nacieron con un kilo, y al ver su proceso –tuvieron más de un año de bajo tono muscular, tortícolis congénita, convulsiones y un sistema inmunológico bajo– decidí ir a buscar ayuda. Tuve la oportunidad de ir a San Diego, California, con una osteópata y médica integrativa que me dio suplementos, una dieta antiinflamatoria, ejercicios con masajes y neuro- estimulación. Al ver los cambios en mis hijas, ver cómo dejaron de enfermarse, crecieron mejor, y empezaron a recuperar su tono, entendí la importancia de la alimentación en la neuroplasticidad, el crecimiento y el neurodesarrollo. Decidí entonces estudiar medicina funcional en Phoenix, Arizona, y traer este enfoque a México.
–Tras 30 años de trabajo, ¿qué es lo que más orgullo le da haber decidido ese cambio?
–Entender que la nutrición es información, que lo que comes importa y que lo que estudias puede cambiar vidas. Cuando estudias nutrición crees que vas a hacer adelgazar a la gente y ese es el objetivo, pero después te das cuenta de que es mucho más. Yo quería ser doctora y no pude. Sin embargo, siento que hago la medicina desde la prevención, la medicina personalizada y una nutrición más integrativa. No es solamente una dieta. Es trabajar con la microbiota, el cerebro, los procesos inflamatorios, la energía y las hormonas. Además, tengo una maestría en psicología transpersonal y otras herramientas que hoy incorporo a mi trabajo.
–¿Qué significa trabajar sobre la raíz de un problema de salud?
–Uso mucho la imagen del árbol. La medicina trabaja con las ramas: el hígado, el riñón, el corazón. Cada uno tiene su especialista. Pero muchas veces nadie ve la raíz. El tronco y la raíz tienen que ver con qué metes a tu cuerpo, tus emociones, tus valores, tu movimiento, tu espiritualidad y tus vínculos. Todo eso nutre al árbol. No estamos rotos, estamos desconectados. Tenemos que volver a escuchar qué nos está diciendo el cuerpo.
–En ese enfoque aparece también la epigenética, ¿hasta dónde puede modificar una persona lo que heredó?
–Hay una interacción entre genética y epigenética. Tú tienes un gen, pero el estilo de vida es lo que hace que ese gen se exprese o se apague. No se cambia la genética, pero sí la epigenética. Por ejemplo, puedes tener una carga genética para un determinado problema, pero si modificas tu alimentación, tu microbiota, tu actividad física y otros hábitos, puedes influir sobre la expresión de esos genes. Para mí, la genética es la carga, y el estilo de vida es lo que puede activar o no determinadas posibilidades.
–¿Qué lugar ocupa entonces la prevención?
–Es fundamental. El problema es que esperamos tener un síntoma o una enfermedad para empezar a ocuparnos de nuestra salud. Lo que deberíamos hacer es revisar nuestras deficiencias, nuestra historia clínica, nuestros antecedentes y nuestras necesidades. Cada etapa de la vida requiere atención diferente. No podemos generalizar.
–¿Qué hábitos son realmente fundamentales?
–Movimiento y ejercicio, manejo del estrés y descanso son pilares de la salud. Ningún suplemento sustituye a los hábitos. Ningún medicamento puede sustituirlos. También aportan la hidratación, el movimiento cotidiano y encontrar formas de regular el sistema nervioso. Puede ser meditar, agradecer, respirar, caminar en la naturaleza, hacer ejercicio o ir a terapia. Lo importante es conectar con las emociones y entender qué te está pasando.
–¿Y qué cambia según la edad?
–Primero hay que saber qué necesita cada persona. Hoy, mucha gente se auto-prescribe suplementos, hace dietas o sigue recomendaciones de influencers, sin hacerse estudios. Hay personas que pueden necesitar determinados nutrientes por una situación específica, y otras que no. Por eso hay que mirar la historia de cada uno. No estamos en una dieta: estamos en un estilo de vida.
–También habla de respetar los ritmos naturales, ¿cómo se relaciona eso con las estaciones del año y con la vida cotidiana?
–Nosotros también somos naturaleza, y cambiamos a lo largo del año. Tenemos que volver a mirar nuestros ritmos circadianos, la luz y la oscuridad, los horarios en los que comemos y dormimos. Hoy nos despertamos con pantallas, pasamos muchas horas bajo luz artificial y muchas veces comemos en horarios en los que deberíamos estar descansando.
–¿Qué pasa con la piel? Muchas personas sienten que problemas como eczemas, psoriasis o alergias empeoran cuando están estresadas. ¿Esto tiene sentido?
–La piel es un órgano expuesto y tiene su propia microbiota. Hay una interacción entre piel y microbiota intestinal. Desde mi enfoque, cuando hay inflamación, estrés, cambios hormonales o alteraciones digestivas, eso puede manifestarse en la piel. Por eso no me gusta mirar solamente la piel. También hay que preguntarse cómo está durmiendo esa persona, cómo está su digestión, cuánto estrés tiene y qué está sucediendo en su organismo.
–Muchas personas dicen sentirse agotadas aunque los análisis no expliquen por qué. ¿Qué les diría?
–Puede haber muchas razones: falta de hierro, problemas de tiroides, alteraciones hormonales o lo que yo veo mucho en consulta, que es el burnout y el agotamiento asociado a la exigencia. Vivimos en una especie de matriz de logros: tienes que rendir, ser perfecto, trabajar, ser buena madre, ser buena pareja, estar bien físicamente. Y no respetamos el sueño, el descanso ni nuestros límites. El cuerpo tiene una capacidad de adaptación. Cuando vivimos permanentemente bajo estrés, esa capacidad se puede ver afectada. La pregunta es qué estamos exigiendo de nosotros mismos.
–En su último libro habla de la incomodidad, ¿por qué debería ser saludable salir de la zona de confort?
–Estamos demasiado acostumbrados a la comodidad. Nuestros antepasados vivían períodos de esfuerzo, escasez, cambios climáticos y también descanso. Nuestro cuerpo evolucionó en esas condiciones. Creo que algunas formas de incomodidad pueden ayudarnos a desarrollar resiliencia. En Sano, salvaje y sabio hablo justamente de recuperar esa relación con lo que nos desafía y nosobliga a adaptarnos.
–¿Estamos demasiado obsesionados con encontrar soluciones rápidas?
–Sí. La gente quiere la magia. Quiere algo que le dé energía sin tener que hacer cambios en su vida. Y no estamos dispuestos a salir de la zona de confort. Los resultados están hablando. Dormimos tres o cuatro horas, vivimos conectados al teléfono, queremos rendir permanentemente y después nos preguntamos por qué estamos cansados.
–Cuando habla de longevidad, también destaca la importancia de los vínculos. ¿Qué papel tienen en una vida saludable y larga, la familia y los amigos?
–Somos seres psicosociales. Un estudio longitudinal de Harvard sobre desarrollo adulto, que lleva décadas siguiendo a distintas generaciones, ha puesto el foco en la importancia de las relaciones y las redes de apoyo para una vida saludable. Para mí eso es un parteaguas. No es solamente qué comes, cuánto te mueves o qué suplemento tomas. Es quién te sostiene, con quién te conectas, cuál es tu tribu. Las poblaciones longevas tienen vínculos, comunidad y rituales compartidos. Tenemos que recuperar eso.
–Acaba de cumplir 55 años, ¿cómo intenta aplicar en su propia vida todo lo que predica?
–Me cuido muchísimo. Todos los días me levanto y agradezco. Trato de meditar, escribo por las noches, hago ejercicio y busco equilibrar el trabajo, mis hijas y mi pareja. Tengo mis “no negociables”. Creo que toda persona debería tener los suyos. No es fácil. Es una lucha diaria por el equilibrio, por respetarme y por no perderme en lo que el mundo espera de mí.
–¿Qué le gustaría que una persona se llevara de su charla en Montevideo?
–No quiero dar una charla de nutrición para que alguien simplemente reciba información. Quiero que salga transformado, que se conecte consigo mismo, que se quiera, que se sienta suficiente. Cuando estoy frente a un público estoy muy conectada con lo que está sucediendo. Observo sus reacciones, si están atentos, si algo no les llega, si necesitan otra cosa. Intento encontrar la manera de llegar a cada persona. Porque, finalmente, de eso se trata: de volver a la humanidad, a la conexión y a una forma más consciente de vivir.