Mariana Di Giacomo

Cuidar el pasado

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De niña, Mariana Di Giacomo miraba las revistas de dinosaurios que le llevaba su abuela y se quedaba fascinada con las ilustraciones. Además de la dimensión de aquellas criaturas, le atraían sus formas, sus expresiones y el hecho de que hubieran existido millones de años antes. Esa curiosidad infantil encontró una profesión. Hoy Mariana es paleontóloga y conservadora de Colecciones de Historia Natural en el Yale Peabody Museum, en Estados Unidos, donde trabaja con fósiles, especímenes y objetos que integran una colección de más de 14 millones de piezas.

Su tarea consiste, en buena medida, en evitar que el paso del tiempo, la luz, la humedad, las plagas o una manipulación inadecuada, borren información. También interviene las piezas que necesitan tratamiento, ya sea para estabilizarlas, investigarlas o devolverles una apariencia apropiada para una exhibición. “Las intervenciones que hago sobre las piezas son tanto para mejorar su estética para mostrarlas, como para asegurar su estabilidad para su guarda o investigación. Limpio muchas cosas todo el tiempo, entonces hago el chiste que tengo un doctorado en limpieza, porque el término ‘limpiar’ no solamente consiste en remover lo que no tiene que estar, sino entender la superficie a ser tratada, su estabilidad, su composición química y física, la adhesión de la suciedad, la composición de la suciedad, y la posible importancia de eso que está sobre la superficie como evidencia de uso de una pieza y no realmente suciedad”.

Su labor se extiende a la docencia en conservación, el apoyo a la investigación museística, el voluntariado académico y la revisión de textos científicos.

La formación de Mariana comenzó en Uruguay, donde estudió biología y paleontología en la Universidad de la República. De sus primeros años como universitaria conserva, entre otras cosas, una educación científica sólida y una capacidad que reconoce como profundamente formativa: “hacer mucho con menos”. Citó como ejemplos cuando formó parte del equipo de Arroyo del Vizcaíno, liderado por Richard Fariña (paleontólogo uruguayo y encargado de la colección homónima), junto a quienes aprendió a empezar de cero, a manejar recursos y a reconocer cuando los planes no salen como se espera.

En Estados Unidos encontró nuevas herramientas y mentoras, como Vicki Cassman y Catharine Hawks. Ellas le enseñaron a madurar en esta carrera y a usar la empatía y la diplomacia, siempre. “Cuando llegué a Estados Unidos tenía 28 años; entonces había mucho que aprender acerca de la modalidad de trabajo y de cómo se relacionan las personas profesionalmente. También me enseñaron a ser estratégica para conseguir las cosas que necesito, teniendo un plan a largo plazo”.

Su relación con la conservación se concretó durante una pasantía en el Museo de La Plata, en Argentina. Allí trabajó sobre una mandíbula: limpió dientes, consolidó partes frágiles y se ocupó de su estabilidad. Era una tarea sencilla, pero para ella significó un descubrimiento. Entendió que lo que le atraía de los fósiles no era solo estudiarlos, sino preguntarse por qué se rompían, cómo reaccionaban los materiales y cómo podían preservarse. Esa sensibilidad ya la tenía de niña, porque recuerda que cuidaba sus juguetes con particular atención: “Nunca le lavé el pelo a las muñecas porque sabía que no iba a ser lo mismo después de mojado”. Lo que entonces parecía un juego se convirtió, primero, en una forma de mirar el mundo, y más tarde, en su profesión.

En setiembre, viajó a Sudáfrica a participar del congreso anual de la Sociedad para la Preservación de las Colecciones de Historia Natural. Fue la primera vez que se celebró en ese continente. Allí, junto a lo académico vivió una experiencia que la conectó de nuevo con su niña interior. “Fue una experiencia difícil de poner en palabras. Ver a los animales en su hábitat, observar sus interacciones, es una ventana a su intimidad que no se puede tener de otra manera. Te das cuenta de que el mundo es enorme y espectacular, de que formás parte de un ecosistema y de que tenés un papel en él. Puede que a muchas personas les suene ridículo, pero al trabajar en un museo de historia natural, ves a todos estos animales en pieles o taxidermias, inmóviles, sin expresión. Verlos vivos es algo que nunca olvidaré y que llevaré conmigo en mi trabajo”.

Hoy, a partir de contactos con colegas en Argentina y Uruguay impulsa un proyecto de colaboración con el Yale Peabody Museum, el Museo Bernardino Rivadavia, el Museo de La Plata y la Colección Arroyo del Vizcaíno en Uruguay. La iniciativa busca compartir prácticas, talleres y conocimientos sobre conservación, y convertir esa experiencia en una publicación en español y en inglés que pueda servir a otras instituciones.

Más en www.marianadigiacomo.com

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