Nicolás Vikonis (41) es un gran atajador. Lo fue ante la pelota cuando era arquero y lo es ahora con su otra profesión, en la que ataja emociones de quienes se inician en el deporte y aconseja cómo acomodar las barreras de la mente. Desde una perspectiva multidisciplinaria, trabaja para el Mazatlán de México, equipo donde jugó tres años, el mismo que tiempo después recurrió a él como psicólogo y en el que la ansiedad toca la puerta, porque en junio va a desaparecer. Sobre la salud mental en el alto rendimiento, el manejar la exposición, las redes sociales y su primera jubilación habla en esta entrevista con Ovación.
—¿Por qué psicólogo? ¿Qué te llevó a estudiar eso mientras te formabas como jugador?
—En esa etapa de la adolescencia, de tener tantas preguntas y tratar de entendernos a nosotros y al mundo que nos rodea, me encontré en el liceo una profesora de filosofía que también era psicóloga y me dieron ganas de incursionar. Disfruté mucho la carrera, más allá de que me llevó bastante sacrificio porque convivía con ser jugador y no era como hoy que existe la virtualidad. Durante los años como futbolista hablé tanto sobre el día en que ya no lo fuera y poder poner en práctica esos conocimientos, que es muy lindo, es lo que estoy disfrutando hoy.
—¿Cuánto te sirvió esta profesión para determinadas situaciones complicadas que te tocó atravesar?
—Muchísimo. Gran parte de la posibilidad de hacer una carrera larga y salvable, y me atrevo a ponerme como caso exitoso, porque cumplí un montón de los sueños que tenía, tiene que ver con la capacidad de tener la parte mental trabajada, de tener una fortaleza que te permita sostener ese carrusel de emociones y pensamientos que se te pueden ir generando a lo largo del recorrido en la carrera.
—¿Ya tenías en mente este camino para el retiro?
—Lo tenía claro desde el momento en que me recibí, en el 2011, cuando todavía jugaba en Uruguay. Trabajé allá, más orientado a la clínica, y se me dio la oportunidad, también el gusto personal, de salir a jugar afuera y ver qué tal se podía desarrollar el sueño que tenía, que afortunadamente se dio. Y ya en el final, que fue bastante premeditado, fui a Uruguay (Liverpool) a terminar esos meses porque me quería dar el gusto de hacerlo allá y tenía claro que el cierre estaba dado. Trabajé bastante el tema del retiro y tenía claro que me iba a radicar acá en México por cuestiones familiares. Se dio que el equipo me abrió las puertas y me invitó a hacer esta experiencia que por ahí pensaba que se podía dar, capaz no tan rápido, pero llevo casi un año y ha sido súper valiosa la experiencia de poder poner el cuerpo, el estar en ese uno a uno con los jugadores y dentro de un grupo es precioso.
—De la manera en que lo decís parece que no te costó la transición.
—Es un proceso fuerte, porque hay una gran parte de tu identidad que está conectada con ese ser jugador, entonces hay que encontrar una motivación y un sentido cuando pasas a otros roles. En esa jubilación tan prematura que tiene el futbolista, la posibilidad del desarrollo de los planes alternativos fue algo que me cuestioné desde que arranqué con el sueño de ser futbolista. Desde ahí fue que se fue construyendo. Siento que mi proceso de retiro fue muy saludable y muy cálido. Estoy disfrutando el nuevo rol.
—¿Cómo es tu trabajo día a día en Mazatlán?
—Armamos un área de rendimiento mental, que involucra lo que es el bienestar psicológico, poniéndole el foco a que el rendimiento mental y la gestión de emociones que demanda el fútbol a nivel profesional. Es lo prioritario, pero sin olvidarnos que a este deporte los juegan personas, que atraviesan situaciones. Buscando una coordinación permanente con el cuerpo técnico, más que nada con el DT, habilitando un enfoque más psicológico, de la preparación mental que complemente lo que es su liderazgo y cómo se optimiza esa comunicación con el plantel. También trabajamos en relación a los cuerpos médicos para todo lo que es la prevención y la rehabilitación en los procesos de lesiones. Trabajo con la gerencia deportiva desde una perspectiva multidisciplinaria con las áreas de nutrición, preparación física, etc.
—¿Sentís que te validan más por haber sido jugador?
—Lo que te valida es el conocimiento, que el jugador sienta que el trabajo en la parte mental lo ayuda a rendir mejor y a estar más cerca de sus objetivos. Por ahí se me facilita esa cercanía y esa empatía.
— ¿A medida que iban pasando los años te pasaba que eras una especie de consejero de tus compañeros?
—A veces se daba, pero siempre intenté tener muy claro el tema del rol que tenía de ser jugador. Cuando ya era titulado y demás se dio por momentos el diálogo con compañeros de ciertas situaciones y meterle como esa mirada psicológica, jamás creyendo en cumplir ese rol, sino buscando como ese empuje.
—¿Percibís diferencia en cómo se trata la salud mental en México respecto a Uruguay? ¿Allá es mayor el tabú?
—Creo que sí, que en el sur estamos un poco más abiertos. En la generalidad tenemos una visión más depurada, también la era de globalización y que permanentemente ves que grandes figuras del deporte y demás hablan de cómo los ayudó el tema del trabajo en la parte mental va eliminando tabú.
—¿Cómo se maneja esa mega exposición y las críticas?
—Cada vez hay más exigencia en el crecimiento de lo que es la industria y el negocio del fútbol: la cantidad de partidos, el tiempo de poder sostener toda esa gestión del estrés, todo lo que hoy involucra lo que es el fútbol profesional, porque no es solo la parte buena y de que si tienen contratos de x retribución material, etc., sino que poder sostener eso y más allá de que sea una pasión y que sea la vocación desde niños, tiene un costo psíquico, como el de cualquier profesión, pero cuando vos tenés el nivel de exposición que da el fútbol sumado a las redes sociales, sin duda que genera un estrés muy alto.
—Tenemos un caso reciente como la licencia de salud mental de Ronald Araujo en Barcelona.
—Hoy se habla mucho del síndrome de burnout y esa sensación del “no puedo más”. Probablemente la situación que le tocó atravesar a Ronald, desde el respeto por no tener una información precisa ni sus sensaciones y sus pensamientos, creo que viene un poco por la necesidad de esa desconexión, el poder conectar más con una parte, en este caso más espiritual, y volver a tener sensaciones más saludables y más placenteras con respecto al desarrollo de su profesión. El alto rendimiento implica deber ser y tener que siempre rendir y siempre estar bien porque tienen que responder a ese imaginario. Y a veces pasa que no. La visibilidad que le dio el club me pareció muy positivo, porque no había nada que esconder, sino ver a una persona necesitando un momento de desconexión. La valentía de exponer su vivencia me pareció un mensaje increíble de parte de Ronald. Porque tranquilamente podría haber transitado eso y decir estoy lesionado y manejarlo internamente.
—¿Cómo traban en el club la gestión de estas opiniones ajenas?
—Me gusta trabajar mucho con los jugadores lo que está en control y lo que no: en el control está cómo gestionar las emociones, su actitud para el entrenamiento, los cuidados de diferentes tipos... ¿Qué no está en tu control? Las decisiones del DT, emociones o conductas que tengan sus compañeros, ni hablar las redes sociales y la opinión de un otro. Trato de trabajar con ellos a qué le das validez o no, y, sobre todo, cómo no dejar dominarse por el externo. Lo aterrizo a lo que nos pasa hoy con el club, el Mazatlán acaba de ser vendido al Atlante FC. Es un momento de inestabilidad general a nivel del club y eso se traduce a situaciones propias de ansiedad. Trato de ayudarlos a que se centren en lo que está en su control y hacer foco en el presente. Ese está siendo el desafío de este momento. Hay que tratar de estar en el hoy y hacerlo mejor hoy, porque mañana no sabés.
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