El triunfo de Lula fija un escenario regional con tensiones a la vez que expectante, ya que el año que viene quien definirá su presidencia será Argentina. ¿Cómo incide este freno impuesto por Brasil a la ola derechista en Sudamérica?
En primer lugar, importa tener claro que la coyuntura interna para Lula no será sencilla. En el Parlamento, la mayoría no está ni cerca del lado del Partido de los Trabajadores, por lo que cualquier gobernabilidad precisará acuerdos con los partidos de derecha. Ocurre igual con relación a los principales gobiernos de Estados federados que son de signo opuesto al de Lula. En materia económica y financiera, el presidente deberá aplicar un plan de austeridad, así sea gradualista, para dar señales claras de que bajará su déficit fiscal, ese que tan cerca está del 10% y que tan insoportable es para el equilibrio financiero del Brasil.
No hay certeza de que un Lula que está llamado a terminar su mandato con 85 años en 2031, tenga la fuerza como para lograr todo esto, por lo que es muy probable que los años venideros vean a la democracia brasileña muy tensionada. Y es un escenario que quizá también comparta su par del Mercosur, Argentina, con la coyuntura que ella tiene por delante. En efecto, entramos en estas semanas en la recta final del último año de gobierno de Milei con el horizonte de enfrentar la elección presidencial, que seguramente lo tendrá como protagonista buscando la reelección para completar un período más hasta el 10 de diciembre de 2031.
El triunfo de Lula representó un golpe para el oficialismo argentino. Milei había viajado a Brasil a apoyar la candidatura de Bolsonaro. Pero, además, había un extendido convencimiento de que la ola azul, como se la llama, es decir la acumulación de elecciones favorables a candidatos no izquierdistas, también llegaría al poderoso vecino sudamericano, máxime cuando los resultados de la primeva vuelta habían dejado instaladas buenas bases de mayorías derechistas en el Congreso brasileño. Con la reelección de Lula queda claro que no hay olas automáticas; que las mayorías locales y parlamentarias no implican triunfos presidenciales del mismo signo; y que el voto popular puede preferir opciones del todo repelentes al gusto de los libertarios.
Son todas enseñanzas para un oficialismo argentino que no las tiene todas consigo para la reelección de Milei. Por un lado, están los resultados económicos que no satisfacen a la clase media. Ciertamente, Milei salvó a su país del caos financiero, económico y social más grave de su historia. Pero el fuerte crecimiento no llega, la inflación no termina de bajar tan rápido como lo prometido, y el poder de compra y las posibilidades de trabajo no crecen como se espera sobre todo en las grandes aglomeraciones urbanas que son, claro está, las que terminan decidiendo a los triunfadores de las elecciones.
Por otro lado, Argentina y Brasil tienen en común un protagonismo izquierdista destacado: incluso en 2023, por ejemplo, que fue el triunfo de Milei, no debe olvidarse que la candidatura de Massa quedó a sólo 3,22% de ganar en primera vuelta. Con un peronismo siempre fuerte y que sea capaz de unirse tras una fórmula que reúna satisfactoriamente a sus distintas corrientes, es claro que la contienda de 2027 será muy difícil para el oficialismo argentino. Entre los libertarios de Buenos Aires más de uno habrá pensado ya que lo de Lula no es simplemente una anécdota, sino que es realmente un aviso serio de lo que puede ocurrir el año que viene si no se toman medidas, desde ya, para enderezar mejor el barco.
Es cierto que un año es una eternidad en política, y más en el vertiginoso mundo argentino. Pero también es cierto que la molestia con algunas actitudes del presidente Milei se han ido extendiendo incluso entre sus más fieles aliados. En este sentido, la voz preocupada de un actor tan importante como Bullrich, que fue fundamental en 2023 para apuntalar el triunfo de Milei en el balotaje, es una señal muy fuerte. La necesidad de contemplar las visiones críticas de algunos gobernadores se transforma entonces en imperiosa, si es que el oficialismo realmente quiere agrandar sus bases políticas pensando en la próxima cita electoral. Porque un mileísmo dividido enfrentando a un peronismo unido tiene, desde ya, un resultado cantado favorable a los amigos de Lula en Argentina para 2027.
El triunfo de Lula puede ser “el susto que despierte al borracho” para el oficialismo argentino, o el inicio de una ola roja a instalarse en la Casa Rosada.