En las últimas semanas, distintos voceros de izquierda han eludido la discusión de ideas, echando mano a descalificaciones pueriles.
Cuando la senadora Blanca Rodríguez se pronunció a favor de censurar los “discursos de odio”, generó una obvia reacción tanto a nivel político como periodístico. De inmediato el Frente Amplio salió en defensa de la legisladora, pero no argumentando a favor de sus dichos, sino cambiando el eje del debate. Denunció una supuesta “violencia política basada en género” y la victimizó por su condición de mujer: “es parte de las prácticas estructurales de violencia machista para amedrentar y silenciar a las mujeres que asumen el compromiso de ocupar lugares de representación política” (sic).
Días más tarde, la Dra. Magdalena Broquetas formuló erróneas declaraciones sobre apoyos y rechazos de los distintos partidos a la pasada dictadura militar. Desde este espacio salimos a contestarle con información histórica obvia y harto conocida, lo que parece haber enojado a la Asociación de Profesores de Historia del Uruguay (APHU) que la respalda “ante los ataques personales y profesionales de público conocimiento” y protesta por “un nuevo ataque a la investigación y la enseñanza de la historia reciente”.
Pero sobre la discrepancia en concreto (la falsedad insultante de que la dictadura habría sido apoyada por blancos y colorados y combatida solo por el FA), nada dicen. Broquetas volvió a la carga edulcorando el apoyo del Frente Amplio a los comunicados militares 4 y 7 de febrero de 1973, con el viejo argumento de que se creía que había uniformados “peruanistas”. La respuesta del Dr. Ope Pasquet fue contundente: “El hecho de que hayan apoyado el golpe por motivos erróneos, no significa que no apoyaran el golpe, como lo hicieron. Si mato a Juan porque creo que lo voy a heredar, pero después resulta que el heredero es otro, yo igual respondo por el homicidio de Juan”.
La táctica actual de dirigentes y simpatizantes de la izquierda parece ser evadir la confrontación de las ideas en sí mismas, sobre todo cuando son conscientes de que no tienen razón y simplemente mintieron o tergiversaron los hechos. Eligen el camino fácil de la falacia ad hóminem: me cuestionan porque soy mujer, me critican porque no quieren hablar del pasado reciente.
Son dos perlas más de un collar a esta altura interminable: ayer el cuco era el “neoliberalismo”, hoy es la “ultraderecha”.
Siempre hay un mote salido de la galera para promover mensajes caricaturescos y populistas. Arrorrós para adormecer a los fanáticos, mientras el ciudadano de a pie mínimamente objetivo comprueba la verdad: que les irrita la libertad de expresión, que no les tiembla la mano en defender dictaduras, en tanto proclamen su misma adhesión ideológica.
Mientras en nuestro país se victimiza a dos inhábiles declarantes de izquierda, en España, la censura de ese palo se cobró una verdadera víctima.
A la escritora argentina Ariana Harwicz le fue retirada una invitación a participar de un Festival internacional en Granada, por la presión de la “Red Universitaria por Palestina” que opera en esa ciudad española. El pecado de la famosa autora de Matate, amor fue haberse declarado en contra del boicot cultural contra el estado de Israel.
Ese mismo boicot que impide a las delegaciones judías ser parte de eventos artísticos y deportivos en la España de Sánchez. El mismo boicot por el que publicaron en la red la nómina de empresas y comercios judíos de Barcelona, para que la gente los escrachara. El mismo que ha llevado a prestigiosos medios de comunicación a difundir conceptos como “la supuesta masacre del 7 de octubre” o “el magistrado que juzgará a Maduro tiene fama de imparcial, a pesar de ser judío”.
Por suerte la sociedad civil ha reaccionado: la Universidad de Granada deslindó responsabilidad de ese acto discriminatorio y la organización del Festival recibió una carta de respaldo a Harwicz firmada por más de 350 personalidades internacionales, entre las que están Fernando Savater, Óscar Tusquets, Santiago Roncagliolo y el exprimer ministro francés Manuel Valls.
Una ironía: entre los censores de la escritora argentina está su compatriota Rita Segato, famosa antropóloga y activista feminista conocida por sus estudios sobre género y críticas al patriarcado. Tiene suerte que, del lado de los demócratas, no la acusamos de machista por repudiar a una mujer. Quienes nos tomamos en serio el debate de ideas no abusamos de etiquetas ni eslóganes superfluos.